Ludopatía creciente

“El juego lo traemos en la sangre”. Así define un viejo conocedor de los casinos la afición, que raya en la ludopatía, de los habitantes de Monterrey y de su zona conurbada por los juegos de azar. En un recorrido que los reporteros de Proceso realizaron por varios de estos establecimientos pudieron comprobar la magnitud de esta patología: mujeres que se olvidan de pasar por sus hijos a la escuela o se juegan el gasto, jóvenes que pierden las colegiaturas, hombres que se quedan sin propiedades, mujeres que se prostituyen por unas cuantas fichas…

MONTERREY, NL.- Son las siete de la tarde. Saúl llega temprano al casino, ubica su maquinita, se instala y al instante sus dedos, como imán, se pegan a los botones que empieza a oprimir con destreza. Comienza el juego y al cabo de 20 horas, extenuado y con mil pesos menos en la bolsa, se retira a su casa. Al tercer día regresa. Desde hace cinco años hace lo mismo y tiene como norma no perder más de mil pesos. Hasta ahora lo ha conseguido.

De los 57 casinos que hay en Monterrey, a Saúl le gusta ir al Hollywood y al Revolución. En estos lugares se siente como en su casa: le dan de cenar, bebe buen café y junto con otras 15 personas pasa la noche en vela obsesionado con las maquinitas.

–¿Y quién es el dueño del Hollywood? –se le pregunta.

Levanta los hombros con desdén. Dice que el propietario es lo que menos le interesa; para él lo importante es encontrar la maquinita de la suerte.

“El virus, la bacteria del juego, lo traemos en la sangre desde hace un siglo”, dice un hombre alto y fornido que en sus mejores épocas se dedicó a “cobrar piso” entre los dueños de estos establecimientos.

Habla con los reporteros con la condición de que no se revele su nombre y mucho menos para quién trabajaba. Dice que su jefe se retiró cuando le dio cáncer y se fue a la Ciudad de México:

“A todos nos dejó en libertad de asociarnos con los nuevos. Luego trabajé muchos años para Rogelio Garza, El Diablo, pero cuando murió puse mi propio negocio.”

Explica, a su manera, cómo surgió el gusto por los casinos en Monterrey:

En los albores del siglo XX, cuando el general Bernardo Reyes ocupó la gubernatura provisional de Nuevo León, emitió una ley en contra del consumo del pulque para favorecer la fabricación de la cerveza. Muy pronto las ganancias inundaron a Monterrey y mucha gente no sabía en qué gastar su dinero. Por aquellos años sólo había un burdel, el Lamberry, que sirvió para diversificar la diversión. Se instaló entonces la primera casa de juegos.

A partir de ese momento, añade, se establecieron muchas más que fueron controladas por gente del gobierno. En las décadas de los sesenta, setenta y ochenta las casas de juego estuvieron en manos de Manuel Pulido; sin embargo, todo cambió cuando llegaron los table dance exclusivos propiedad de Rogelio Garza, cuyo error, dice, fue incursionar en los casinos cuando puso el Revolución.

Sostiene que en tiempos más recientes uno de los presidentes municipales de Monterrey se puso al frente de los tables y de las casas de apuesta, y distribuyó el negocio entre los Jalopoulos, la mafia rusa, Rogelio Garza y Juan José Rojas Cardona. Según la fuente, ellos o sus familias son los dueños de todos los casinos que existen en la ciudad, pero los únicos que tienen permiso de Gobernación para montar esos establecimientos son Rojas y la familia Garza.

 

Tiempo detenido

 

La entrevista con el excobrador de piso se realiza luego de que los reporteros visitaron el casino Hollywood, en donde no hay un solo reloj en la pared y al entrar parece que el tiempo se detiene.

Antes de ingresar a este casino al cliente se le toma una fotografía y se le pide su credencial de elector para escanearla. Nadie protesta por esas medidas.

De regular tamaño, el Hollywood cuenta con unas 600 maquinitas que enloquecen a señoras, hombres de mediana edad y jóvenes. Hay cuatro cajas en las que se puede recargar una tarjeta que de inicio cuesta 100 pesos.

Enfrente de las cajas hay una pequeña sala VIP con dos mesas para jugar black jack o 21, como también se le conoce. En cada una hay un croupier que se encarga de dirigir las partidas y pagar a los ganadores. Mujeres de entre 35 y 45 años son las jugadoras más asiduas. Casi todas son guapas y con gran adicción al cigarrillo. Sólo en esta sala se puede observar el gusto por el whisky.

Cada 15 minutos se escucha una voz juvenil que anuncia premios como autos, puntos y abonos. Quienes asisten por la noche no pagan estacionamiento. Ninguna vigilancia se observa en los alrededores ni en la entrada del casino. Por el contrario, en su interior hay un hervidero de vigilantes y meseras que se pasean sin cesar por los pasillos.

–¿Por qué no tienen vigilancia estando la ciudad tan asolada por el crimen organizado? –se le pregunta a la misma fuente.

–Lo que pasa es que el Hollywood es de la mafia rusa y nadie se mete con ellos. Tienen un pacto de no agresión con Rojas.

El Hollywood es uno de los establecimientos que la diputada perrredista Lisbeth Coronado denunció el pasado 3 de mayo ante la Procuraduría General de la República por operar sin permiso. Sin embargo, en su recorrido los reporteros comprobaron que la operadora de este casino es Entretenimiento de México. Con esta razón social la Secretaría de Gobernación le otorgó a Rojas en 2005 la licencia de funcionamiento. Este operador está autorizado para instalar 100 casinos pero hasta ahora tan sólo ha montado 30, sobre todo en Cancún y Nuevo León.

Aparentemente lo anterior constituye una mecánica que significa absorber, mediante casas que sí tienen licencia, a las que no la tienen.

Según el excobrador de piso, Rojas también maneja el Hollywood, propiedad de la mafia rusa.

 

Dinero “caliente”

 

Entre 2004 y 2007, asegura el excobrador de piso, Rojas fundó 29 empresas dedicadas al entretenimiento; asimismo, dice, posee dos inmobiliarias, una compañía de taxis aéreos y tres de comunicación, una de las cuales se llama Tango Publicidad y Medios.

Además del Bella Vista, Rojas es dueño del casino Las Palmas de Monterrey; de Las Palmas en Escobedo, y del Sportzone en San Pedro Garza García, recientemente clausurado por el presidente municipal Mauricio Fernández.

El Zar de los Casinos, como llaman a Rojas en Monterrey, no sólo mantiene buenas relaciones con los presidentes municipales de las zonas conurbadas. Se lleva muy bien con el cardenal Norberto Rivera Carrera, quien el 25 de febrero de 2008 bendijo con una rosa blanca, a modo de hisopo, su nuevo restaurante, el 40 West, en la lujosa torre Dataflux del municipio de San Pedro.

En esta localidad también adquirió tres departamentos para vivir junto con su familia. Los inmuebles se ubican en la misma torre en donde llegaron a residir los Beltrán Leyva.

El excobrador de piso cuenta a los reporteros que cuando uno de sus jefes abandonó el negocio por su enfermedad, Rojas se percató del gran poder que tenía sobre los demás. Como controlaba la Dirección de Alcoholes en Monterrey, refiere, emprendió una serie de clausuras de casinos y table dance de su principal competidor, Rogelio Garza, El Diablo.

El 10 de noviembre de 2007, Rojas sufrió un atentado del que salió vivo. “En ese momento –dice la fuente– se pensó que Rogelio había sido el que lo había mandado matar, pero no fue así”.

Dos años después, el 26 de junio de 2009, Rogelio Garza no corrió con la misma suerte: lo ejecutó un comando.

“En ese momento también se dijo que el responsable había sido Rojas, El Zar de los Casinos, pero tampoco fue cierto. A Ambos los atacaron Los Zetas, que son los dueños de la plaza y quienes ahora cobran piso en los casinos.”

Y más aún, sostiene que los enfrentamientos recientes y los ataques a los casinos son obra de Los Zetas y de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, “quien quiere apoderarse de la plaza”.

A la muerte de Rogelio Garza, asegura la fuente, el permiso para la operación de casinos se lo apropiaron sus familiares, con la razón social El Palacio de los Números. Cuentan con autorización para instalar 36 centros de apuestas y a la fecha sólo operan 23, entre ellos el Casino Revolución.

Ubicado en una hectárea de terreno, el Revolución es el más grande de Monterrey. Tiene más de mil maquinitas y cuatro cajeros automáticos de Banorte, Santander, Banamex y Banregio, en los que siempre hay fila.

Siempre a reventar, el casino Revolución es para gente de alto nivel socioeconómico; cuenta con restaurantes, cajas en los pisos primero y segundo, y pasillos de maquinitas en donde los obsesivos jugadores no requieren ir a la caja para recargar su credencial con chip. A su lugar acuden de manera constante jóvenes que traen consigo una terminal para recargas de 100 pesos, 500 pesos o más. En esta operación no se expide ningún recibo; es dinero que entra libre, sin control alguno.

En las mesas de juego hay mujeres jóvenes, guapas y sonrientes que saludan con familiaridad a los clientes. La croupier nunca toca los billetes de 500, que en menos de tres minutos los clientes cambian por fichas. Ella jala el billete con un brazo de plástico y lo ubica en una ranura de la mesa; frente a cada mesa de black jack o en la ruleta hay un vigilante “para que las croupier no se roben nada”, comenta uno de ellos.

Y al fondo están los dados; la tirada es de 100 pesos y la apuesta va aumentando.

Entre los problemas que han generado los casinos en Nuevo León está el disparo de la ludopatía y el incremento de otros delitos, sostiene la doctora en informática Patricia Cerda, investigadora de la Universidad Autónoma de Nuevo León que realiza un estudio sobre los efectos de los centros de apuestas en Monterrey, Apodaca y Escobedo.

“Existe la hipótesis de que donde se instalan los casinos se afecta el tejido social, se modifican las relaciones familiares. Y se relacionan con otros delitos: por ejemplo, hemos visto que personas que eran clientes de determinados casinos luego aparecen implicados en delitos como fraude, secuestro y robo. Además se abandonan las relaciones familiares, se establece la idea de la ganancia fácil”, comenta la investigadora.

No son pocos los que se juegan la colegiatura o la despensa de la casa, y hay mujeres que hasta se olvidan de pasar por sus hijos a la escuela; otras se prostituyen a cambio de más fichas. Unos más pierden sus negocios, sus herencias, o endosan propiedades a los prestamistas que rondan por ahí. Esto lo afirman integrantes de las agrupaciones Jugadores Anónimos Grupo Primer Paso y Centro de Apoyo psicoterapéutico, que se dedican a tratar la ludopatía o enfermedad del juego.

 

Clausuras

 

En los casinos circula poco el alcohol. “Aquí no hay borrachos. La gente toma más bien café. Incluso se comen los sobres de café de manera directa; eso lo he visto sobre todo en la gente que pasa aquí las noches”, relata uno de los vigilantes.

Rogelio Garza fundó dos peculiares restaurantes con mujeres acompañantes. Los dos se llaman La Costilla. En estos establecimientos se cruzaban apuestas de póker y black jack de hasta 100 mil dólares. “Las apuestas eran tan elevadas que incluso la cadena Sport vino a grabar un programa”, cuenta un inspector de la Secretaría de Gobernación que pidió el anonimato.

Prohibidas las apuestas, los inspectores de Nuevo León realizaron una redada en ambos establecimientos. Elementos de la Agencia Federal de Investigación llegaron por sorpresa el 18 de septiembre de 2009 y sorprendieron in fraganti a los apostadores, quienes fueron detenidos junto con algunas mujeres que los acompañaban.

Desde entonces, el área de apuestas de uno de los restaurantes La Costilla está clausurada; sin embargo, los restaurantes siguen en funcionamiento. Entrar en ellos es como recorrer las calles de Monterrey a las nueve de la noche, hora en que el miedo se empieza a sentir, las cortinas de los establecimientos a bajar y las calles a vaciarse. Sólo en el Barrio Antiguo los llamados halcones vigilan las esquinas.

Pese a la inseguridad y los constantes enfrentamientos en las calles, la gente de Monterrey y de su zona conurbada se atreve a salir sólo para trasladarse a uno de sus 57 casinos favoritos, en donde la luz, amabilidad y seguridad la hacen sentir como en casa.