La danza es vida

Más que una definición de su actividad artística, puede ser el lema del bailarín, coreógrafo y pintor Pablo Serna, un tamaulipeco que nació a la danza en Guadalajara y desde entonces se ha presentado en toda clase de escenarios. Con 38 años de trayectoria en esta disciplina, comparte con este semanario la forma en que conecta el ritmo corporal con el visual, pues también es un reconocido pintor.

Sin despojarse de su túnica y de la corona de ramas y hojas secas con las que posó para el fotógrafo, Pablo Serna lee un manuscrito: “Mi origen es de tiempos lejanos, y vengo del sueño de las piedras, de esas piedras ardientes en los meses de abril y de mayo; de ese vapor que asciende y desdibuja con su vaho el camino”.
El bailarín y pintor Pablo Serna es originario de Ocampo, Tamaulipas; estudió en la Normal de Ciudad Guzmán, de donde partió, ya titulado, a ejercer como profesor en una ranchería del municipio de Lagos de Moreno. Ahí, en la cabecera municipal, hizo estudios académicos de pintura en la escuela Leandro Guerra. Luego se trasladó a Guadalajara a continuar sus estudios de pintura, “porque fue lo que mi cuerpo me dijo que hiciera”, dice.
En la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara cursó la carrera de pintura, a la par que estudiaba danza contemporánea. Aclara que años antes se había iniciado en la danza por puro accidente. “Cuando estudiaba la Normal, a los 15 años, una de mis compañeras me dijo: ‘Estoy tomando clases de ballet muy bonitas; deberías de venir tú, que dibujas tan bien, para que veas cómo es’. Yo fui ahí y la maestra me dijo: ‘¿Tú a qué vienes aquí? ¿Vienes a ver?, vete; ¿vienes a bailar?, quédate’. Entonces yo, con la intención de ver, dije: vengo a bailar. Cuando se terminó la clase, me dijo: ‘Te espero aquí mañana’. Me dio las zapatillas y empecé a bailar, a tomar unas clases elementales, y cuando llegué a Guadalajara tomé clases de danza formalmente.”
Estudió primero con el maestro extranjero Jules Walton, luego con Onésimo González, posteriormente en la Academia del Ballet de Londres en Guadalajara con la maestra Luisa María Silvera; tiempo después ingresó en la Academia de la Danza Mexicana y luego se fue a Canadá para integrarse como bailarín huésped en una compañía de danza en Vancouver.
Con 38 años de trayectoria en la danza, Pablo Serna se ha presentado en los más variados escenarios, “desde cárceles hasta la calle, primarias, secundarias, preparatorias y universidades, en los mejores teatros y en los carentes de todo, en los pueblos y ranchos, y ante campesinos”, refiere.
En su preparación dancística ha probado diversas técnicas; por ejemplo, en ballet tomó técnica rusa y técnica inglesa, en jazz se entrenó con clásico, y en danza moderna y contemporánea tomó las técnicas Limón, Graham y Cunningham. “Después de eso –afirma–, mi cuerpo hizo una selección de lo que le correspondía para expresarse, de tal suerte que ahora yo hago danza experimental, fundiendo todas esas técnicas; pero sin apegarme a las técnicas, sino solamente con la conciencia que te deja el entrenamiento para saber hacer las cosas”.
Respecto de las enseñanzas que obtuvo con Onésimo González, a quien se le considera el pionero de la danza contemporánea en Guadalajara, Serna comenta que fueron importantes y determinadas, pero no definitivas. Su importancia y característica, dice Pablo, fue “su tracción para bailar, tenía una presencia fuerte y proyectaba muy bien; eso es lo que puedo decir que era importante para mí”.
Recuerda que González fue invitado a la Escuela de Artes Plásticas, donde se impartía la carrera de danza, por el escultor y coreógrafo Rafael Zamarripa. “Él (González) inició la danza contemporánea, y nosotros, sus alumnos, la iniciamos también”, dice. Eran los primeros años de la década de los setenta, cuando en Guadalajara “no había público para la danza, ni accesorios ni maquillaje ni ropa. No había nada. Hasta en eso fuimos pioneros”, recuerda.
También ha creado coreografías y dirigió grupos, como el de la Universidad de Guadalajara, del cual fue bailarín solista 10 años y al que guió durante otra década. Ahí, señala, “fui bailarín, coreógrafo, diseñador, utilero, iluminador, fotógrafo y demás cosas”.
Su estancia como bailarín huésped en Vancouver le dejó una importante experiencia, por el profesionalismo y las condiciones técnicas bien establecidas con que contaba. Allá tenían “lo que se requiere para un escenario, todo perfectamente bien organizado.”
Cuenta que una pareja canadiense que vino a vacacionar lo vieron bailar en el Teatro Degollado y le dijo que si le gustaría ir a trabajar a Canadá. Pablo creyó que sólo era una sugerencia o comentario, pero luego se enteró de que la hija de sus amigos tenía una compañía de danza en Vancouver. Poco tiempo después ella vino a dar una clase magistral y convocó a varios bailarines y bailarinas a una audición; Serna asistió, gustó su trabajo y lo invitaron formalmente a Canadá.
Ritmo natural

Aunque no recuerda el número de coreografías que ha creado, Serna sostiene que “cada vez que haces algo es una revelación y cada danza es la continuación del trabajo anterior, no en cuanto a la temática, sino que la cuestión corporal, anímica, intelectual y expresiva es siempre progresiva y continua”.
Comenta que cuando bailó exclusivamente danza contemporánea, utilizó música desde popular y étnica hasta clásica, barroca, romántica y new age. “Ahora ya no hago danza contemporánea como tal, sino experimental, y puedo usar ese mismo tipo de música, o la que el mismo cuerpo produce, o con algunos elementos mínimos que expresen lo que yo quiero; como es el caso de la última coreografía que monté, donde utilicé piedras para sonorizar”.
Serna se identifica con la naturaleza y la incorpora en cada coreografía que crea o interpreta. Ahí “está presente el ritmo en sus diferentes formas: en color, en contraste, en sonidos, en niveles, en alturas y texturas… Todo eso de alguna manera pasa digerido, y no sé cuál será el proceso, para que llegue a la necesidad expresiva que tengas, para hacer o decir cualquier cosa.
“También son cosas antiguas que están en el cuerpo, que están pugnando por salir, siempre están ahí, se vierten y revierten, se transforman, vuelven y recurren… es la esencia del ser humano para manifestarse.”
Entre los múltiples grupos que ha formado y en los que ha participado Serna destaca el grupo Trueque, con las bailarinas Lola Lince y Paloma Martínez. Uno de sus proyectos fue Máscaras y cicatrices, que realizaron en colaboración con el poeta Ricardo Yáñez para el taller de poesía escénica de la entonces Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG. Trueque desapareció luego de montar otros proyectos, pero Pablo y Paloma continuaron bailando juntos, hasta que incorporaron a Sandra Soto.
Además de impartir talleres, dictar conferencias, crear coreografías y dirigir montajes, Serna ha participado en proyectos colectivos como la ópera rock de José Fors Doctor Frankenstein, donde él fue el coreógrafo.
De todas formas, dice, “yo sigo actuando solo, para mí mismo. Usualmente salgo al campo a tomar mi clase de danza allá, cuando puedo, en la laguna o en los montes para tratar de imbuirme del espíritu de esos lugares; para que realmente lo primigenio de las cosas me llegue, toque el interior y se conecte con mi origen, con lo que realmente yo soy. Soy muchas vivencias que tengo y que reencuentro otra vez cuando estoy en el campo, y que son provocadoras para la creación”.
El año pasado el gobierno del estado premió la trayectoria artística de Serna, quien antes había recibido otro galardón del Colegio de Arquitectos de Jalisco y otro en su pueblo. Sin embargo, señala que para él no tiene mucha importancia ir por premios. “Creo en el trabajo y en que llegues realmente a compartir algo con alguien. Yo no digo que enseño, digo que comparto, que arribamos a algo que nos es común y que nos pertenece y por eso estamos ahí. Vamos a trabajar en conjunto para poder desarrollar eso que está ahí.”
Advierte que actualmente en Guadalajara “hay poca gente (de danza) con calidad y muchos grupos a los que yo les llamaría diletantes, que no son profesionales. No los estoy denostando, pero se requiere conocimiento, no nada más decir ‘quiero bailar’ y ya; para eso están las fiestas… Son contadas las personas que pueden tener calidad en la danza. Y sí hay gente con mucho talento, pero depende mucho de la sensibilidad y del concepto del arte de las personas. Aquí a veces se baila por estatus; hay circo, hay pretensión. La danza, como todo arte, es veracidad, es sinceridad.”
La pintura

Egresado también de la carrera de pintura en la Escuela de Artes Plásticas, Serna combina la danza con la creación de obra plástica. En ésta, señala, “más que representar la naturaleza, trato de expresar su esencia. Las flores, las frutas, los animales y la gente solamente son la excusa para trascender la forma y llegar a la sustancia de las cosas. Es pretencioso, pero eso es lo que quiero”.
Son artes que practica a la par: “De repente mi cuerpo me dice que pinte o que baile, y a mí me gusta mucho, en la pintura o el dibujo, el ritmo, y la danza es ritmo. Aunque la pintura es estática por las dos dimensiones, no lo está, porque el ritmo se sustenta y se sostiene mediante el color.”
Ante la observación de que en su obra pictórica no hay cuerpos humanos bailando, Pablo precisa: “Realmente cuerpos como tales –piernas y brazos– no los hay, pero eso está bailando, y de alguna manera la danza está presente, sin la lectura directa del código como se conoce. Sí hay la danza, pero no de la manera codificada o establecida que se pudiera esperar.”
Actualmente Serna trabaja una serie de cuadros donde desarrolla el tema del rojo por medio de sandías: “Quise usarlas porque las sandías son plenitud, abundancia, riqueza; son exultantes; y, cosa curiosa, quienes las venden también son así, son jocundos, tienen esa brillantez de la vida. Tomé las sandías como excusa porque son carnosas, suculentas, muy corpóreas, y cercanas al cuerpo humano; son mórbidas y sensuales”. l