Aquellos fastuosos días de 1910

En 1910, Porfirio Díaz aprovechó las efemérides del Centenario de la Independencia para organizar unos singulares festejos, no sólo para deslumbrar al mundo, sino también para celebrar su octogésimo cumpleaños rodeado de políticos y diplomáticos de todo el mundo. Casa Vallarta montó Mercadotecnia patria. Los grandes festejos del Centenario de la Independencia, una exposición de incluye 400 piezas de la colección de Carlos Monsiváis, así como fotografías y timbres postales proporcionados por el sacerdote José Rosario Ramírez, que aluden a ese opulento homenaje.

Las más de 400 piezas de las colecciones de Carlos Monsiváis se trasladaron del museo El Estanquillo de la Ciudad de México a las instalaciones de Casa Vallarta, donde permanecerán hasta el 15 de enero de 2012.
Las fotografías, grabados, libros y objetos alusivos a los festejos organizados en 1910 por el gobierno de Porfirio Díaz para celebrar el Centenario de la Independencia de México, forman parte hoy de la exposición Mercadotecnia patria. Los grandes festejos del Centenario de la Independencia, inaugurada el lunes 12 por la noche
Durante el evento, coorganizado por la Universidad de Guadalajara (UdeG), a través de Cultura UdeG y la Galería del Centro Cultural Casa Vallarta y el museo El Estanquillo-Colecciones Carlos Monsiváis, el secretario de Vinculación y Difusión Cultural, Ángel Igor Lozada Rivera Melo, comentó:
“La exposición nos da un espejo para saber en qué momento y presente nos encontramos; para saber que tenemos un fundamento muy sólido plasmado en cada uno de los objetos cargados de historia y con una lectura muy especial de cómo se ha construido este México moderno y nuestro pensamiento; de cómo se ha construido esta sociedad que cruza por un momento crítico.”
Moisés Rosas, director de El Estanquillo, declaró: “Esta exposición se realizó a petición de Carlos Monsiváis por dos razones: la primera, que él veía en Porfirio Díaz al primer político que utilizó la mercadotecnia para hacerse una imagen pública; y en segundo término, para observar a lo largo de este recorrido museográfico cómo Porfirio Díaz intentó postularse como el sucesor de Miguel Hidalgo y Benito Juárez”.
Las piezas de Mercadotecnia patria, curada por Rafael Barajas El Fisgón y coordinada por Sac Nicté Couoh Magaña, son constancia de los fastos con que el dictador celebró también su cumpleaños número 80. Muestra de ello son las medallas, jarrones, cajas para cigarros, vasos y platos de cerámica con el retrato de Díaz.
Para la exposición del Estanquillo, donde se montó originalmente, Carlos Monsiváis escribió: “Durante tres décadas de armonía decretada y concentrada, esa entidad polifacética, la República Mexicana, conoció (formalmente) un solo estilo: el porfirismo. Don Porfirio Díaz, electo y vuelto a reelegir, caudillo y ‘Príncipe de la Paz’ (una síntesis de México) (un blow-up de nuestro proceso singular) le cedió su nombre a un periodo histórico y le infundió sus atributos de constancia y solemnidad.
“El porfirismo es nuestra idea firme (y fija) del pasado y de la tradición. La Revolución Mexicana destruyó un orden e hizo posible una nación, pero su proceso frustráneo, al legalizar el retroceso perpetuó un mito: el porfirismo como culminación de nuestra forma irreprochable de ser, el paraíso perdido donde desfila, elegante y austero, probo y confiado, un mundo cuya reconstrucción decidirá nuestra grandeza.”
Mercadotecnia patria, que hoy forma parte de las actividades que organiza Cultura UdeG da cuenta también de los brotes de descontento que había en ese momento, y de las constantes sátiras a que era sometida la figura de Porfirio Díaz, en periódicos como El Hijo del Ahuizote, donde se publicaban caricaturas y versos en los que se mofaban del dictador.
Díaz extendió las fiestas patrias del Centenario de la Independencia a las más importantes ciudades de la República. A Guadalajara llegó incluso el desfile de indígenas vestidos con taparrabos y luciendo penachos de plumas, mientras otro contingente lo formaban supuestos arcabuceros vestidos a la usanza de los conquistadores.
Las imágenes de esos desfiles se muestran hoy en postales y fotografías facilitadas por el sacerdote José Rosario Ramírez, coleccionista residente en Guadalajara, para la exposición que se encuentra en Casa Vallarta.
En los textos que ilustran la exposición se menciona que entre las actividades culturales organizadas por el porfirismo se hallaba una muestra de Arte Mexicano en la Escuela de Bellas Artes, en la que se exhibieron obra de Saturnino Herrán, Diego Rivera, Francisco Goitia, Alfredo Ramos Martínez, José Clemente Orozco, Roberto Montenegro y Gerardo Murillo Dr. Atl.
En un divertido texto que José Clemente Orozco escribió a Refugio Castillo en 1910 –que se incluye en el libro El joven Orozco. Cartas de amor a una niña, de Adriana Malvido, publicado en 2010–, le cuenta que en la escuela donde estudia pintura se celebrará una fiesta a la que asistirán ministros y embajadores de varios países para presenciar la recepción del regalo que haría el gobierno de Italia a México.
Se trataba de una escultura de Donatello. Orozco asegura que él y sus compañeros asistirían a los festejos “por curiosidad, porque nadie quiere al viejo sinvergüenza de don Porfirio, que es tan cobarde que desde hace varios días ha mandado policías secretos a ver si no le han puesto una chinampina”.
Días después, en otra carta, Orozco narra de manera jocosa y satírica cómo se desarrolló la fiesta y relata la forma en que llegaron los diplomáticos y ministros, como el de Italia, quien, dice tiene “cabeza de garbanzo”.
Al de Japón, Orozco lo describe como de “87 centímetros de estatura (nadie lo había visto hasta que se subió a una silla para saludar)”; del de Noruega, dice que tiene “unos bigotes tan largos y tan puntiagudos que con ellos les arañó la cara a todos los soldados que formaban la doble valla”.
Al director de la escuela lo identifica por ser “un barrigonzote que pesa 349.500 kilos (cuando lo maten dizque se van a surtir de manteca todas las tocinerías de México)”. Después narra que llegó un “señor muy risueño y tan saludador que les hizo caravanas hasta a los pilares del patio”: era el ministro de España.
Lo mero bueno, añade, fue cuando llegó el ministro de China. Iba “vestido con enaguas negras y una blusa negra toda bordada de seda y en la cabeza una especie de caja de cartón amarillo”. El embajador de Estados Unidos, cuenta Orozco, “no cesó de masticar su chicle”.
Para finalizar, narra el final tragicómico, cuando al chino se le atoró la falda y fue a dar contra el embajador estadunidense, quien escupió el chicle que fue a parar a los bigotes del ministro noruego; el gorro de cartón del ministro chino quedó aplastado porque el director se le paró encima.