Una leyenda viva en la zona muerta

Para muchas y tal vez para la mayoría de las personas que la tarde del sábado 5 comenzaron a llegar al estadio Omnilife para asistir al primero de los tres conciertos que Paul McCartney presentó en México, esa era la primera ocasión que se paraban en ese punto del área metropolitana tapatía, cuyo nombre no podría ser más preciso: El Bajío.
Es una hondonada que, a lo largo y ancho de varios centenares de hectáreas, se extiende entre el bosque de La Primavera, el Periférico y la carretera a Nogales. Esa zona ha sido noticia desde el momento en que el ayuntamiento de Zapopan autorizó su urbanización, aun cuando lo aconsejable era conservarla como área natural protegida, debido a que ahí se infiltra el agua de lluvia que escurre de La Primavera, recargando los mantos freáticos que corren por subsuelo de la ciudad y alimentan manantiales como los de Los Colomos.
Desde dos puntos, sendas caravanas de automóviles bajan lentamente hacia las inmediaciones del nuevo estadio de las Chivas, al que algo parece faltarle o sobrarle para ser agraciado. Tal vez ese algo sean los canales que bajan por el talud recubierto de césped, en la parte media de la construcción. Tampoco lo favorecen los lunares amarillos del pasto quemado del talud, lo que se podría deber a un mantenimiento inadecuado y a lo difícil que resulta irrigar de manera eficiente una superficie que, con una inclinación de 50 grados, es más vertical que horizontal. En alusión a la cancha sintética, uno de los asistentes al concierto, tocado con un sombrero a lo Frank Sinatra, comenta: “No cabe duda de que Jorge Vergara es un alrevesado, pues en vez de haber puesto el pasto natural en la cancha, donde se necesita, se le ocurrió colgarlo afuera del estadio”.
Para nadie pasa inadvertida otra construcción de la zona: la que al fondo de El Bajío se levanta como un elefante blanco. Es la Villa Panamericana, una de las pifias mayores del gobierno de Emilio González Márquez, construida a tontas y a locas y en el sitio menos adecuado. Tan pronto se clausuraron los Juegos Parapanamericanos, hace seis meses, ese paquidermo de hormigón, cuyo diseño primario nada debe a la belleza, ha permanecido cerrado por contaminar el subsuelo y por violar otras normas ambientales. Pero deshabitada y todo, con la improductiva “inversión” estatal que rondó los mil millones de pesos y con una serie de resoluciones oficiales adversas que hasta ahora han impedido la comercialización de los miles de departamentos que conforman el conjunto, la Villa Panamericana ahí está, como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo, viendo los incendios que en el intervalo de unos pocos meses se han sucedido en el bosque de La Primavera y viendo pasar también a las más de 30 mil personas que la tarde del sábado 5 de mayo acuden al concierto de la gira On the run de Paul McCartney.
Magic and mistery night

Poco antes de la primera despedida en falso, Paul McCartney hace una pausa para responder a la eufórica concurrencia que llena la cancha y las tribunas del estadio Omnilife y que casi desde el principio lo ovaciona: “¡Paul! ¡Paul! ¡Paul!”. En el mismo español macarrónico pero inteligible con que había saludado al público a las 9:30 de la noche (“¡Hola, Guanatos!”), trayendo a colación lo significativo que esa fecha es para los mexicanos (“¡Viva el 5 de mayo!”), se dirige a los asistentes con un: “Gracias, señoras y señores, chavas y chavos, niñas y niños”.
Esa remarcada diferenciación generacional no es una simple cortesía retórica, sino algo que corresponde a la verdad, pues el rango de edades va de personas que ya no se cuecen al primer hervor (setentones, o casi, como el propio McCartney) hasta escolares de primaria, pasando por adolescentes, jóvenes y ya no tan jóvenes. Sólo un clásico como él, uno de los dos sobrevivientes de Los Beatles, con su voz entera y un asombroso fuelle vital, es capaz de conseguir tal cosa.
La mayoría de las canciones interpretadas hasta ese momento (11:35 de la noche) con el eficaz acompañamiento de cuatro excelentes músicos (entre ellos un joven, robusto e histriónico baterista que, según Paco Barreda, es sobrino de Johnny Laboriel) había sido coreada por un público que desde antes de que comenzara el concierto estuvo haciendo la ola. Ya había interpretado cerca de una veintena de canciones de Los Beatles, entre las cuales fue campechaneando algunos temas de The Wings (la agrupación que formó en los años setenta) y algunas de sus composiciones más recientes.
Ya había homenajeado también “a mi amigo John” (de quien cantó One day on the life y Gave peace a chance) y a George Harrison, cuyo clásico de clásicos (Something, la única canción de Los Beatles que Frank Sinatra incluyó en su repertorio) igualmente salió a relucir; ya había comenzado a fallar, de manera intermitente, una de las dos pantallas de alta definición colocadas a los costados del escenario; ya había llamado la atención sobre la esplendorosa luna llena, justo en el momento en que “el ojo de la noche” (Lope de Vega dixit) despuntaba sobre el techo del estadio, y cuyo perigeo (50 mil kilómetros más cerca de lo habitual a la Tierra, según los enterados) tenía lugar precisamente en esa fecha; también había sorprendido gratamente a la concurrencia con la súbita aparición en el escenario del Mariachi Evolución, del cual fue más notorio su traje color guinda que el casi inaudible fondo musical que el conjunto pudo hacer a Obladi, oblada.
Faltaban, sin embargo, todavía otros momentos memorables con McCartney: su segunda despedida en falso, antes de la definitiva; su entrada galopante al escenario, ondeando una bandera mexicana; su enésimo cambio de instrumento (guitarra eléctrica, guitarra acústica, su característico bajo Vox, la guitarra Gibson que conserva desde la época de Los Beatles, piano, ukulele, otra vez la guitarra del principio…); la compostura de la pantalla que había estado presentando fallas; su anuncio de que ya era hora de poner fin a un concierto que se acercaba a las tres horas (“¡No!”, fue la respuesta tajante del público) y su emotiva interpretación de Yesterday, a la que Leonard Bernstein seleccionó como “la canción más hermosa del siglo XX” y ese voto fue determinante para que dicho tema fuera incluido entre las muestras de la creatividad humana que lleva la sonda espacial Voyager 2, la cual a principios de 1990 salió del sistema solar y desde entonces hace un viaje mágico y misterioso, que en unos 193 mil años la tendrá pasando cerca de la estrella Ross 248.
Pasada la 1:00 de la mañana, el hilo de automóviles todavía sube, a vuelta de rueda, para tomar el Periférico. Atrás, a un desnivel de unos 60 o 70 metros, va quedando en la penumbra El Bajío, cuya urbanización fue dictada por la codicia, la insensatez y la corrupción. Y como adelanto del desarrollismo depredador por venir, ahí están ya, la Villa Panamericana, la Ciudad Judicial y el Omnilife. Este último no ha logrado los niveles de asistencia del estadio Jalisco, con excepciones como la de ese 5 de mayo, cuando sir Paul McCartney, un clásico de nuestro tiempo, cantó en Guanatos ante más de 30 mil almas, y durante tres horas memorables le dio vida a una zona muerta.