Teatro: “Spinnen”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- ¿De qué habla esa pareja sentada en un salón fumador que no logramos entender lo que dicen ni de lo que tratan ni por qué lo dicen? ¿Es nuestra incapacidad de comprensión o lo ilógico de los textos? ¿Son ellos o somos nosotros? Apenas atisbamos rasgos psicológicos de personajes conflictuados con su muy personal realidad. Hablan sin descanso, como si la palabra les diera existencia sin que necesariamente los conecte con el exterior.

Spinnen, de la autora suiza Sabine Wen-Ching Wang, se estrenó la semana pasada en el teatro El Granero del Centro Cultural del Bosque, con la compañía Conjuro Teatro, y es la obra que nos induce a observar lo que sucede en los momentos de descanso de un hospital psiquiátrico sin generar juicio alguno sobre sus habitantes. Su título, traducido literalmente al español como Arañas, nos hace referencia a la imagen de las “telarañas en la cabeza” que tanto a pacientes como a no pacientes atormentan.

Gracias al trabajo actoral de Mahalat Sánchez, Héctor Hugo Peña, Iazúa Larios y Duane Cochran, bajo la dirección de Dana Stella Aguilar, descubrimos a cuatro personajes muy bien delimitados a los que nosotros como espectadores no podemos acceder. Observamos seres herméticos, incomprensibles, cerrados pero claros en su comportamiento. Por eso es asombroso el concepto dramatúrgico de la autora, que logra desarrollar situaciones y personajes completos, arrobados por sus emociones pero misteriosos para el que los observa. Qué increíble ser testigos de algo inaccesible, que poco a poco se nos va aclarando hasta llegar a distinguir, aunque no entender, a pacientes de un hospital psiquiátrico con tipos de comportamiento definido: una maniaco depresiva, un hombre que alucina, una joven que desea y otro que sólo un poco verbaliza.

La fuerza de los personajes hace que, dentro de ese hermetismo, vayamos acercándonos a ellos; empatizando, padeciendo su dolor y desesperación. Captamos la progresión dramática de la obra hasta llegar al caos, a la derrota contagiosa, a la huida y al sumirse en su abismo personal. Después de un largo y difícil desarrollo en la estancia de fumar, nos sentimos observando, con inquietud e interés, a estos personajes entrañables.

La fuerza de los personajes se debe, además de una sólida dramaturgia, a la forma profunda en que la puesta en escena aborda los personajes. La directora Dana Stella Aguilar acepta el reto de trabajar con “trastornados mentales” sin caricaturizar o recurrir a obvios caminos. Los actores se inmiscuyen y conectan con la emocionalidad del personaje para que el público la perciba nítidamente. Proyectan seres agridulces que provocan la risa, el desasosiego y la desesperación de la incomunicación.

El espacio escénico diseñado e iluminado por Víctor Padilla consigue la ambigüedad de la estancia. En un principio podría ser un hospital, una casa de huéspedes o un hotelucho cualquiera. Participa en la ambientación un quinto personaje interpretado por Martha Moreyra, que no habla, pero cuyas melodías de su violín crean atmósferas para propiciar distintos estados de ánimo.

Dana Stella Aguilar se observa como una sólida directora comprometida con la problemática –complicada de abordar por los riesgos del esquematismo– y sale victoriosa en esta obra que no deja de ser difícil pero que es totalmente atractiva y conmovedora.