Teatro: “El que dijo sí y el que dijo no”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Incitar a la reflexión entre los jóvenes a través del teatro resulta atractivo cuando se realiza por medio de una puesta en escena creativa y visualmente bien hecha, como la que está presentando en el Teatro Benito Juárez  la compañía Teatro sin Paredes.

El que dijo sí y el que dijo no expone un problema no resuelto, planteando la disyuntiva de sacrificar a un individuo por el  bien común o salvarlo aludiendo a principios éticos. La obra de teatro de Bertoldt Brecht está inspirada en la obra tradicional japonesa Taniko y muestra cómo una comunidad peligra por la propagación de un virus.

Por eso un maestro organiza una expedición para buscar el remedio, aunque no tiene la certeza de encontrarlo. A la expedición se suma un alumno suyo que, aunque muy joven, insiste en acompañarlo dado que su madre se encuentra contagiada y quiere salvarla. El maestro, conmovido, acepta y se suma a la travesía. En el camino el joven enferma y no puede seguir el viaje, pero por la distancia recorrida tampoco puede regresar al pueblo. La expedición decide llevarlo en andas, pero desiste por la imposibilidad de continuar de esa manera. El grupo se enfrenta entonces al dilema de dar marcha atrás y regresar al joven a su casa –comprometiendo la expedición– o abandonarlo y seguir adelante en busca del antídoto. Aquí es donde las luces de la sala se iluminan y se inicia la argumentación del público a favor o en contra de una u otra alternativa y se somete a votación. La obra termina con la versión por la que la mayoría de la audiencia se inclina.

El director de la obra, David Psalmon, ofrece un montaje con pocos elementos pero rico en soluciones escénicas. Con vestimentas típicas japonesas propone un coro que comenta o conduce la historia y la problemática, al igual que la expedición. La madre al inicio de la obra se encuentra en un espacio rodeada de gasas, donde se proyectan virus, células o líquidos internos. El paisaje recorrido por la comitiva se construye con un montículo rocoso y proyecciones montañosas coloreadas por el otoño. Ahí pareciera que nos encontramos gratamente con cuadros al estilo del dibujo japonés. Inyectan la imaginación del espectador colocando a los personajes detrás de la pantalla para que, como sombras, transiten por caminos peligrosos detenidos por una cuerda. Avanzan, se detienen, están a punto de caer, se recuperan, continúan y regresan al punto inicial. La belleza de las imágenes contrasta con el conflicto escabroso a tratar. La atmósfera anímica se refuerza con la música original y los arreglos de Daniel Hidalgo Valdés y Alexander Daniels, inspirada libremente en la ópera de Kurt Weill.

Las actuaciones de Sergio Ramos, Alejandro Morales y Beatriz Luna, entre otros, son energéticas y sinceras, aunque la madre se sienta un tanto declamativa.­

La anécdota es sencilla, básica, pero el problema que plantea no, por lo que los espectadores se ven involucrados y participan, comprometidos con el conflicto en el que se encuentran los personajes y sabiendo que su argumento y voto se reflejarán en la decisión que se tome. Este hecho a nivel particular implica a los espectadores en un ámbito macrosocial y constata la importancia de su participación cuando la obra termina de una u otra manera. Por eso la opción de la abstención resulta contraproducente, pues debilita el compromiso que el público adquiere.

El que dijo sí y el que dijo no es una obra útil para generar largas conversaciones al finalizar el espectáculo y continuarla en el salón de clases. Por su buena factura, motiva la asistencia al teatro y demuestra las múltiples posibilidades que tiene el hecho escénico en nuestro presente.