“El Edipo imaginario”

Una farsa divertida.
Foto: Christa Cowrie

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Tratar con irreverencia y descaro el tan referido “complejo de Edipo” resulta ser una forma acertada del dramaturgo Alberto Castillo, que convierte un problema profundo de la psicología humana en una farsa divertida en teatro.

El Edipo imaginario, estrenada en 1993 en el Centro Universitario de Teatro bajo la dirección de José Ramón Enríquez –y que en su momento provocó gran entusiasmo y controversia–, vuelve ahora al Teatro Julio Prieto (antes Xola) con reparto de actores de televisión. Alberto Castillo celebra así 20 años de su quehacer como dramaturgo, pero con una producción basada más en criterios comerciales. De ahí el subtítulo de Embarázame y vete.

Al director Rodolfo Portal de la Cruz le faltó en esta puesta en escena imaginación, inteligencia y conocimientos teatrales y estéticos. Una farsa convertida en comedia ligera que arranca unas cuantas carcajadas, cuando el original las provocaba sin reparo.

Alberto Castillo plantea sin pudor los deseos ocultos y la realidad evidente de una relación típicamente mexicana entre madre e hijo. Ella busca a un hombre, no para quererlo, sino para que le dé un hijo al cual amar, dominar y realizar sus deseos de pareja, donde ella sea la única y la todopoderosa.

Él encuentra en ella a una madre con la que puede jugar a ser un hijo que la desea, con la cual se acuesta y consuma el incesto. Los objetivos de los personajes se contraponen, ya que él quiere ser el hijo y no darle un hijo, y es así como se plantea el conflicto principal. El compañero de trabajo de ella hace berrinches y pataletas, rebelándose a ser reemplazado por un hijo, su propio hijo.

La situación que plantea Alberto Castillo invita a extrapolar los sentimientos y las acciones de los personajes. Ahondar en la ridiculización de la situación pero al mismo tiempo en la verdad de sus sentimientos. En la obra se habla sin recato de ese querer ser un hijo cachondo con su madre y de ser una mujer enamorada del hijo de sus entrañas. Pero en esta escenificación queda apenas dibujada la problemática y esa contraposición entre realidad y ficción, entre verdad e imaginación. El director describe el texto, no lo interpreta, minimiza la profundidad que puede tener una farsa, y la tibieza en la propuesta hace que se vuelva reiterativa.

Yolanda Ventura y Alberto Torres, los protagonistas, cumplen con su papel y transmiten naturalidad dentro de la farsa. Lupita Sandoval, que interpreta a un tercer personaje –la tía alcahueta–, cae en el estereotipo e intenta caracterizar a una anciana con peluca que no deja de moverse ni un instante con un caminar fingido. Pareciera que ella misma se dirige, impidiéndole indagar otras formas de representar el papel que le corresponde. Más asemeja un personaje de teatro de revista que una tía, no sirvienta, extravagante, y no tonta, que con ritos y creencias ayuda a su sobrina a embarazarse. Pero al público le gusta y se ríe con ganas de sus ocurrencias.

El director Rodolfo Portal de la Cruz no se preocupó por una escenografía y una iluminación –diseñada por Miguel Tavera– que apoye la creación de atmósferas, concentre las acciones y permita el disfrute visual.

La obra El Edipo imaginario de Alberto Castillo es una obra de teatro arriesgada que habla sin recato de la relación madre e hijo. Es una provocación que puede generar reacciones diferentes, pues es fácil la identificación del público con los personajes de esta realidad extrapolada, fársica, divertida y con un original tratamiento.