Teatro: “Simón Bruma”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La obra de teatro de Simón Bruma del joven dramaturgo Martín López Brie, que se presenta actualmente en el Teatro el Milagro de lunes a miércoles, es una propuesta arriesgada que experimenta en su estructura y en la temática, y sugiere dos realidades paralelas funcionando simultáneamente.

La anécdota se desarrolla a partir de la muerte del padre de dos hermanos, de oficio taxidermista, del cual han heredado su taller y la investigación que llevaba a cabo. En ella utilizaba seres animales y humanos, por lo cual era cuestionado por los ecologistas. El padre había creado 11 bestias acompañadas por un cuaderno de seguimiento para cada uno, y en el momento de su muerte se encontraba desarrollando la duodécima. El misterio y el interés por esta última atrae a un tercer personaje que se hace pasar por amigo y colega de su padre y se involucra y trastoca la relación entre los hermanos y el padre muerto, ¿o asesinado?

La propuesta de Martín López Brie, que también dirige la puesta en escena, resulta atractiva al manejar dos planos de realidad como si fueran dos mundos paralelos donde no es un desdoblamiento de los personajes, sino son dos personas en la misma situación, abordando de manera diferente los problemas. Para esto, el autor visualiza dos espacios: uno arriba y otro abajo. Simón Bruma es el engrane entre estos dos universos y él sólo se maneja en el espacio superior, pues le aterra el sótano donde su padre realizaba los experimentos. El reto espacial que plantea la obra lo soluciona el director hábilmente, marcando las fronteras con líneas blancas. Los personajes no tienen que bajar o subir, sino simplemente ubicarse en la zona establecida como el taller y el sótano.

Simón Bruma está obnubilado por sus especulaciones y por los mapas que intenta desentrañar. Divaga, genera ideas y se abstrae en sus elucubraciones, que por momentos resultan excesivas y agotadoras para el espectador. La obra corre ágil y gira lo suficiente para mantener la tensión dramática, y a pesar de todo se cae a momentos, en particular a la mitad de la obra, para levantarse nuevamente victoriosa en la última parte. Un ojo externo que vincule al autor con el público hubiera sido útil para esta puesta en escena que a veces resulta demasiado críptica. Un director que lee y reinventa un texto ayuda también a aclarar cosas que para el autor parecen evidentes.

Sobresale la interpretación de Eduardo Castañeda, que dota a Simón Bruma de la locura y la naturalidad necesaria para saber quién es, donde su enigmático pensamiento rompe esquemas y lógicas para interpretar el universo impreso en esos fragmentados mapas.

La hermana que existe en el sótano, interpretada con matices y fuerza expresiva por Georgina Ságar, al igual que el supuesto colega del padre (Raymundo Elizondo), llevan la historia hacia la pasión y la posibilidad del amor. En el taller, el colega del padre (Antonio Araiza) y la hermana, actuada débilmente por Sofía Beatriz López –que por su rigidez y exterioridad no logra dar verdad a su personaje–, proponen una solución más medida e interesada a la historia de la obra.

Los personajes secundarios son interpretados por los mismos actores, y la vestuarista Andrea Novelo utiliza diferentes bolsas de plástico y gafas acuáticas para caracterizarlos. El efecto visual genera un extrañamiento eficaz para los propósitos de la obra. La imagen final que propone López Brie es sobresaliente; un trozo de seda bailando y creando figuras frente a nuestros ojos se vuelve un elemento hipnótico e imaginativo.

Simón Bruma es una obra en la que el grupo Teatro de Quimeras se sumerge con valor, logrando crear un mundo que invita al espectador a armar como un rompecabezas y a formularse preguntas.