Cine surcoreano en la Cineteca

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Identidad, cultura y política, como recita el título del libro de Lee Hyangjin, son los componentes esenciales del cine coreano; mismos de toda cinematografía añadiría algún crítico. Pero la carga de ansiedad que manifiestan los excesos de pasión, acción y violencia que se ven en tantas de las películas coreanas, mejores y peores, distingue por completo a éstas de la china o japonesas, sus principales rivales.

El reto para el cinéfilo fascinado por la trilogía de la venganza de Park Chan-wook, o por Dirección desconocida de Kim Ki-duk, por mencionar a dos de los realizadores coreanos más conocidos en nuestro país, consiste en entender que el embeleso proviene de la manera de trastocar los géneros que Hollywood domina. La venganza se libera del código moral, el vengador resulta más violento y cruel que el propio villano; éste pudo ser sólo víctima de las circunstancias (Buscando a Mister Vengeance); o la víctima nunca recibe justicia y, cuidado, porque le puede ir peor. Un sacerdote (Sed) con vocación de sacrificio, camino a la santidad, puede convertirse en vampiro.

Malo cuando las cosas empiezan a salir bien, porque de ahí el público puede esperar los peores  horrores  a  la  vuelta  de la esquina; una despedida de amor en un glamoroso centro comercial quizá desemboque en un derrumbe, con gente aplastada y destrozada. O dos amantes entablan una competencia de cirugías plásticas hasta que les es imposible reconocerse entre sí.

La desarticulación de géneros en el cine coreano, principalmente ese que empieza a realizarse hacia el final de los noventa, no es afectación ni rebeldía contra los cánones –como ocurre con el cine occidental–; además de captar al público que Hollywood intenta siempre robarse, las nuevas generaciones de directores coreanos viven la angustia de cómo expresar una realidad social y política que desborda a su cultura. Ellos, junto con la crítica y el público, hablan de realismo.

Por muy novedosa, arriesgada o poco congruente que parezca la propuesta del género, comedias donde muere el héroe, cintas de horror sin ton ni son, asesinos convertidos en víctimas, el cinéfilo tiene que entender que la verdadera especulación artística de los directores se centra en las técnicas narrativas y en experimentos cinéticos y estilísticos, movimiento de cuerpos, manejo de colores, coreografía de acciones, flujos visuales de tráfico, danzas de persecuciones de automóviles, juegos sexuales.

La retrospectiva que ofrece esta vez la Cineteca Nacional no se concentra en la vanguardia coreana, pero llena un hueco para el público de la capital y de otras ciudades en que se presenta; reúne un par de animaciones, Green Days y Lo que no es un romance; Sueño dulce, una producción clásica de la década de los treinta, de las pocas que pueden verse en Mexico; o dos estupendas comedias del director Lee Joon-ik escritas por su guionista Choi Seok-hwan, La vida feliz (2007) y El rey y el bufón (2005), historia de época de una pareja de cómicos, la obsesión de un rey por uno de ellos, todo con un subtexto gay poco común en un país de tendencia homofóbica; incluye además, Happy End (1999), piedra de toque del cine que se desarrollaría en Corea del Sur a partir del 2000.