Teatro: “Un chingo de lana” en el FMX

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El Festival de México en el Centro Histórico, que aunque no ocurrió en esa zona de la ciudad sino en sedes ubicadas en diferentes puntos del Distrito Federal, ofreció una  programación teatral raquítica tanto en calidad como en cantidad. Se priorizó la música, como suele suceder en los festivales internacionales mexicanos, trayendo atractivos grupos y cantantes de aquí y de otras partes del mundo, pero se ignoraron los espectáculos teatrales representativos extranjeros.

Dentro de las artes escénicas, además de un par de grupos danzcísticos, se presentó una producción alemana-mexicana bajo el título Un chingo de lana, un experimento del grupo mexicano Lagartijas tiradas al sol, y cuatro obras de Ximena Escalante llevadas a escena por la compañía teatral francesa LesTrois-Huit/NTH8.

La propuesta escénica Un chingo de lana, llevada a cabo por el joven director alemán Antú Romero Nunes, con actores mexicanos y alemanes y un par de luchadores profesionales, es apenas un ejercicio escénico que no logra la solidez ni de un performance ni de una obra teatral y tampoco de una propuesta multidisciplinaria. Llena de ideas sueltas y de juegos del teatro dentro del teatro, se apoya en la novela de Roberto Piglia Plata quemada, de la que apenas se recoge la anécdota del robo a un banco para cuestionar el valor del dinero.

La obra inicia con la explicación del director, que no se caracteriza por ser un buen actor y tener presencia escénica, explicando el tipo de teatro que él ha decidido hacer y la historia que le ocurrió a una mujer que perdió una pierna y por la cual pide la ayuda de la concurrencia para juntar dinero y mandárselo a ella. Durante quince minutos nos sometemos a la dinámica para conjuntar el dinero de fila en fila y luego sentir el riesgo, apenas insinuado, de que la bolsa de tela en donde está todo lo recolectado pueda quemarse en el fuego que emana de un bote. El director invita a un actor alemán para que  cuente  el robo del banco que él vivió, y la traducción la va haciendo él mismo desde una butaca sin ninguna intención de interpretación. Los actores mexicanos, que participaron en el taller de improvisación para elaborar la obra, deambulan en el espacio como se hace al iniciar un ejercicio teatral y desarrollan, en diferentes momentos del espectáculo, los personajes encontrados: acciones, monólogos, rutinas o escenas sin intención estética ni organización escénica. El policía cínico y violento, típico en nuestro país, aparece vestido como detective de los cuarenta,  el robo al banco y el refugio y búsqueda de los asaltantes se va mostrando caóticamente donde la nieve termina por caracterizar el lugar.

Un chingo de lana, cooproducción de la Cátedra Ingman Bergman del Instituto Goethe y Teatro UNAM, finaliza invitando a los espectadores a subir al escenario donde se ha colocado un ring, para que sea el público que presencie una lucha libre entre los enmascarados Tinieblas Jr. y Marabunta Jr. Qué buena idea, dirían unos, y muchos otros pensarían, ¡qué folclor! o ¡qué lugar común! El resultado final es una mezcla de ocurrencias que no llegan a atrapar a los asistentes, que son casi obligados a hacer lo que el director les sugiere.

La propuesta escenográfica de Matthias Koch es eficaz y divertida, al tener una mampara de extremo a extremo del escenario que se va rompiendo cuando irrumpen los personajes.

Es una lástima que dentro de un Festival Internacional se presenten ejercicios escénicos cuyo valor tiene que ver más con el proceso creativo que con el resultado. Una propuesta que conjunta creativos mexicanos podría ser llamativa, siempre y cuando la calidad del resultado sea el objetivo principal de la iniciativa. Lo cual no sucede en Un chingo de lana.