Cine: ‘El Gran Gatsby’

Imagen de la película.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Cualquier cineasta que meta la mano en este clásico de la literatura estadunidense se expone a quedar sepultado bajo la avalancha de críticas de especialistas y admiradores de la novela de F. Scott Fitzgerald; el australiano Baz Luhrmann creyó escudarse en la popularidad de El Gran Gatsby, presente, por décadas, en programas de escuela preparatoria o de literatura en inglés.

¿Quién no ha leído o escuchado hablar de la novela? Además, la fama de Leonardo DiCaprio y de Toby Maguire  (El Hombre Araña), junto con el uso anacrónico de música contemporánea en el contexto de los locos veinte, aseguraban la recuperación del capital en taquilla.

No es sorpresa que Luhrmann filmara en 3D; la lluvia de confeti, los corchos de champagne y los flujos y reflujos de luces de las fiestas del misterioso Jay Gatsby invadiendo la sala de proyección van a tono con su gusto por la grandilocuencia y el espectáculo; seguro que muy pronto se exhibirán Romeo+Julieta (1996) y Moulin Rouge (2001), parte de su trilogía de cortina roja, en versión 3-D.

En todo caso, la lectura que propone el director de El Gran Gatsby (The Great Gatsby; Australia-Estados Unidos, 2012) justifica la tendencia ilusionista de esta versión. Publicada en 1925, esta novela de Fitzgerald explora el sueño americano en un rango que va del encantamiento al desencanto, de la heroicidad de un joven que se atreve a creer en el amor a la futilidad de su hazaña. Puesto que Fitzgerald, sin proponérselo, dio voz a la llamada Generación Perdida de entreguerras, en el caso de Gatsby, esa que bailaba antes de la Gran Depresión de 1929, Luhrmann busca establecer paralelos con nuestra época de colapsos financieros y de culto a la celebridad.

Tampoco queda mal la lujosa mansión de Jay Gatsby, que ocupa la pantalla como el castillo de Disney, desde la tierra de la fantasía; el problema es que El Gran Gatsby no es una obra de teatro como Romeo y Julieta donde los giros van de lo espectacular a lo más espectacular; la segunda parte de la película se muestra incapaz para develar el fondo y la esencia de los personajes de Fitzgerald.

Por más gestos, sonrisas inocentes y fruncidas de seño que hace, DiCaprio no termina por encarnar a su personaje; y lo que duele como espectador no es el drama de Gatsby tratando de conquistar para siempre a su obscuro objeto del deseo, la egoísta y superficial Daisy (Carey Mulligan), sino los intentos de DiCaprio por convencer a su público; quizá por esto algunos celebran su actuación y ya lo mencionan para el Oscar, el sentimentalismo estadunidense es imprevisible. Aunque Tennessee Williams alabó, en su momento (1974) la versión que realizó Jack Clayton (Los inocentes) con Robert Redford y Mia Farrow, la crítica la sigue vituperando.

Lo más incómodo de esta versión es la presencia de Toby Maguire como Nick Carraway, primo de Daisy y narrador de la historia de Gatsby; Fitzgerald recurrió a la técnica de Conrad del testigo ocular (Marlow) para crear una distancia que permitiera la mezcla de sátira y emociones extremas en torno al conflicto entre prejuicios sociales y realidad de la condición humana. Con voz de estudiante de prepa, el ex Hombre Araña se mantiene boquiabierto con los ojos desorbitados, signo aparente de constante sorpresa de todo lo que ocurre a su alrededor.