Teatro: “Más pequeños que el Guggenheim”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- No es fácil encontrar una obra de teatro con la que uno pueda reírse a carcajadas, y una de ellas es Más pequeños que el Guggenheim, escrita y dirigida por Alejandro Ricaño (Xalapa, 1983).

Compartimos el camino de cuatro personajes que se lanzan a hacer una obra de teatro con pocos elementos y encontrarse con un sinfín de dificultades que resuelven de formas insospechadas. Son jóvenes desesperanzados a quienes su vitalidad los hace seguir adelante. Antihéroes con los que el espectador puede identificarse y compartir la frustración de enfrentarse con la pared “institucional” que obstaculiza llevar a cabo cualquier proyecto artístico.

La crítica es contundente tanto para los funcionarios, las reglas y las mafias de la política cultural, como hacia los mismos personajes: un director, un dramaturgo, un empleado de supermercado y un albino.

A Más pequeños que el Guggenheim le otorgaron en 2008 el Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido de la Universidad Autónoma de Nuevo León; la obra fue publicada por ella y posteriormente llevada a escena por el propio autor.

Se ha presentado en diferentes partes de la República y en Miami, Estados Unidos, así como en ciudades de España y de Perú. Su eficacia para empatizar con el público se constata en las funciones de los martes en el Teatro del Centro Cultural Helénico. Se observa una necesidad de la gente de ver una obra de teatro para reírse, para pasar un buen rato y, durante la función, además de escuchar las risas constantes, también se oyen los suspiros cuando los espectadores se conmueven por la situación en que se encuentra uno u otro personaje.

La construcción dramática de la obra no es simple, ya que el autor rompe la linealidad del tiempo y combina el presente con momentos pasados que vivieron dos de los amigos en su viaje a Europa. Mantiene el misterio de las razones por las que se regresaron y del porqué de su separación. Diez años después el proyecto les permite reencontrarse y mostrarse uno frente al otro con los secretos guardados por tanto tiempo.

Los actores: Adrián Vázquez en el papel del director, Austin Morgan en el del autor, Hamlet Ramírez en el del cajero, y Miguel Corral en el del albino, interpretan con soltura a su personaje, se identifican con él, y el director impulsa sus características personales para impregnarlas en los personajes que interpretan. Son ellos y no son ellos. Ricaño, como director, elige el mínimo de recursos –una banca, una mesa y unas sillas– para imaginar infinidad de espacios. El trazo escénico es simple e incluye alguna que otra coreografía cantada, acercándose a la farsa, para que el público ría.

El lenguaje es fresco y los diálogos ágiles. Los personajes hablan entre ellos, pero también piensan en voz alta, narran acontecimientos y, simultáneamente, viven otro acontecimiento. Se van conociendo poco a poco a partir de su forma de actuar, de su actitud para resolver conflictos, de su capacidad de conmoverse o para querer salir adelante. Estos cuatro jóvenes se van conociendo y reconociendo entre ellos a lo largo de la obra, al mismo tiempo que el espectador lo hace, y esto provoca sorpresa y complicidad.

A pesar de la sencillez de la historia, nos encontramos al final con una realidad existencial a la que se tienen que enfrentar: somos tan pequeños en este mundo y no somos lo que hubiéramos querido ser.

Más pequeños que el Guggenheim es una historia que mezcla mentiras y verdades, dejando a los personajes al descubierto. Sin intención de profundizar en ellos mismos, llevan al espectador, entre risa risa, a la reflexión.