Cine: “Canícula”

Imagen de la película.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- “Los voladores siempre han existido; voladores hay muchos, pero los invocadores somos escasos”, expresa el maestro de la danza evocando el tiempo mítico de este arte ritual de Papantla considerado Patrimonio de la Humanidad. El documental de José Álvarez, Canícula (México, 2012), penetra por las arterias de la comunidad totonaca de Zopotal-Santa Cruz,Veracruz, y los mira celebrar sus ritos de vida, fertilidad y salud, que conjuran la sequía.

En paralelo a los preparativos del vuelo, a cargo de la congregación masculina, el documental sigue, paso a paso, el proceso completo de la fabricación de la cerámica a cargo de las mujeres. Recolectar arcillas, disolverlas con agua, tamizarlas, secarlas, amasarlas y darles forma, son acciones que aparentan la elaboración del pan, y que confirma el horno donde se turnan las masas, de tierra y de harina.

José Álvarez propone metáforas claras con imágenes y secuencias apoyadas en ritmos paralelos; formas de tortilla o de tlacoyos se asemejan a la cerámica; el barro también se come. En estas cadenas de lo crudo a lo cocido, la mujer da forma y alimenta. Las metáforas funcionan como ecuaciones cuando una mujer se mimetiza con la materia de la roca que acaricia y abraza mientras se baña en el manantial. En el agua del pozo o en los espejos que llevan los penachos de los voladores, los reflejos forman parte de este lenguaje.

Canícula demarca cultura y naturaleza, pero enseña vínculos y ligas ente una y otra; un concepto tan amplio como cultura se aprehende en la sencillez de lo doméstico; los animales de la casa pasean mientras se cocina o trabaja; pero la arcilla y los bulbos de orquídeas hay que traerlos de la selva. Refrigeradores y televisores ubican a la comunidad con la globalización, la catástrofe del tsunami se mezcla con los sonidos del medio ambiente, un hombre comenta que los chinos tienen más oficios que nosotros; todo porque él nomás es carpintero, campesino, constructor, danzante y volador.

La poética de la tierra y del agua se articula con la del aire y del fuego, elementos, éstos, asociados a la verticalidad y a lo masculino en la tradición alquímica. Los hombres de la comunidad están a cargo del arte de volar y de aplacar la hemorragia solar de los días de canícula. Los muchachos, ya perfectamente bien entrenados, y seguramente también asociados a un rito de pasaje de la infancia a la vida activa del adulto, se preparan a volar. El invocador comenta que cuando un volador se desprende anuncia su muerte.

Muerte ritual y renacimiento, personal y cósmico, ocurren en torno al eje del mundo, el poste sagrado; cuatro voladores, aparentados a las cuatro direcciones del espacio, giran hasta llegar a la tierra. El espectador de Canícula comparte el trance gracias a la actitud contemplativa que José Álvarez adopta desde el inicio y que le permite llegar al corazón de esta bella comunidad totonaca.