Periplo masticado: “Golpe a golpe…”

ZURICH.- La cita con el eminente percusionista Jesús Guadarrama (1961) se concierta en la iglesia Fraumünster. La razón es clara: admirar tanto los vitrales creados por Marc Chagall como el imponente órgano con 5 mil 793 tubos, uno de los más grandes de Europa. Previo a la entrevista es necesario enunciar que el maestro Guadarrama es un mexicano excepcional en muchos sentidos. Es de aquellos contados individuos que jamás agachó la cabeza ante las injusticias y la mediocridad del medio artístico nacional y que, antes de claudicar en sus principios, optó por emigrar a este país, uno de los pocos donde al arte sonoro realmente se le valora en su justa dimensión.

–Antes de hablar de su brillante trayectoria como músico me gustaría que puntualizáramos algunos datos sobre el quehacer de un percusionista. Dígame qué instrumentos deben dominarse, y cuál fue el detonador de su vocación…

–En mi caso particular debo decir que me crié íntegramente en el Conservatorio Nacional de Música. Mi jardín de infancia fueron sus áreas verdes. Siendo mi padre bibliotecario de la institución y mi madre secretaria del director era natural que me llevaran desde la cuna y que creciera palpando desde sus interiores la hechura del oficio. Mi padre hubiera querido que me dedicara al violín, de hecho me compró un modelo pequeño para que me iniciara pronto y habló con uno de los profesores más reconocidos del momento para que me diera lecciones; avancé, no puedo negarlo, pero gradualmente me descubrí una pasión irrefrenable por el alma sonora de los objetos. Percutirlos, zarandearlos, paladear sus secretos íntimos era un placer que desplazaba la ardua labor de frotar las cuerdas del violín. Además, también caí en la cuenta de las distintas personalidades que se van forjando al cabo de las cientos de horas que requiere la práctica instrumental. Los pianistas y los organistas, en general, tienden a la introversión, los “cuerdistas”, los violinistas en específico, caen a menudo en la neurosis, viéndose a sí mismos como los reyes de la creación, igual que los cantantes; y los que tocan los instrumentos de aliento, por la naturaleza de su labor, viven del aire, les cuesta trabajo poner los pies en la tierra. En cambio, quienes nos dedicamos a la percusión tenemos a la mano una rica plétora de sonoridades con las que podemos cambiar de personalidad según lo demande la música. En nuestra formación estamos obligados a dominar los teclados, llámense marimba o xilófono y una gran cantidad de membranófonos e idiófonos.

–Veo que se ciñe usted a la denominación clásica que elaboraron Sachs y  Hornbostel a principios del siglo XX; nada más con fines divulgativos, déjeme aclarar que los idiófonos son aquellos que producen el sonido a través de la vibración del instrumento mismo, tales como las castañuelas y el triángulo, y que los membranófonos son esos que, como su nombre lo dice, resuenan merced al sacudimiento de una membrana; ahí aparecen en primer término los timbales. Con respecto a sus aseveraciones sobre las distintas personalidades que van moldeándose con los años de estudio, puedo certificar que, también en general, a los percusionistas se les percibe como a los más plenos con su trabajo. Gozan la música sin incurrir en tendinitis y desviaciones de columna y saben que su aportación al fenómeno acústico es, más allá de su fasto y lucimiento, de una hondura inmensa que, aunque no siempre se reconozca, no parece hacerles mella. Como si hubieran logrado aplacar su ego a fuerza de percutirlo. Se ha dicho banalmente que ustedes se encargan de los “efectos especiales”, pero cuando se conforma un gran tejido sonoro la percusión lo dota del elemento óseo. ¿Digo bien?

–Sí, por supuesto, los que nos encargamos de las secciones “percutivas” no sólo enriquecemos la paleta orquestal, sino que, pensando por ejemplo en los timbales que usted trae a colación, dotamos a las construcciones musicales de sus pilares y sus trabes. En cuanto al control de la egolatría debo darle razón, pues nos sabemos importantes pero no imprescindibles, y estamos obligados a saber trabajar en equipo sin perder la ocasión para ejercer, según los dictados de las partituras, un sano protagonismo.

–Hablemos ahora de su actividad en México y de su intempestiva salida al extranjero. ¿Es cierto que usted fue el percusionista más joven que ha tenido la Sinfónica Nacional? ¿Es verdad que un desencuentro con un afamado director de orquesta lo motivó a quemar sus naves para irse del país?

–Sí, gané aún siendo estudiante del Conservatorio, el concurso para una plaza de percusionista de la Sinfónica Nacional. Tenía yo 16 años. De ahí, de ese inesperado éxito, se desprendieron muchos puestos que me proyectaron hacia la realidad de la profesión. En mis veintes ya había alcanzado lo que me parecía que era la cúspide del oficio: tenía una plaza de tiempo completo en el Conservatorio, tocaba con la Sinfónica y colaboraba regularmente con las orquestas más prestigiosas. Fui requerido por la Filarmónica de la Ciudad de México, por la Orquesta de Minería  y  por  muchas  más. Había giras, de vez en cuando se hacían grabaciones, pero me dolía constatar cómo la corrupción y los abusos de poder también se trasminaban hacia la música. Muchas veces había que tocar bajo las órdenes de directores ineptos y arrogantes y el consuelo pírrico era ampararse en las bellezas de una  música que emanaba la mediocridad de sus hacedores. Con respecto a mi salida del país, vista en retrospectiva, me parece que cambió su estatus de amargura para volverse a mi favor. No es necesario dar nombres, baste decir que uno de estos advenedizos con más ínfulas que capacidades me quiso imponer a una protegida dentro de la sección de percusiones que estaba a mi mando y ya no estuve dispuesto a aceptarlo. Salí de México el 12 de octubre de 1992, con la idea de descubrir a mi vez el Viejo Mundo.

–¿Y por qué decidió afincarse en Suiza?

–Por una serie de coincidencias que no viene al caso narrar, pero sobre todo por la notable civilidad que aquí se disfruta. Poco antes de presentar mi candidatura para un puesto de catedrático presencié un hecho que me dejó atónito, acostumbrado como estaba a los manejos de la vida mexicana; gracias a él me convencí que éste era el lugar que anhelaba: caminaba yo frente al teatro KKL de Lucerna y vi cómo descendió de su limosina un alto ejecutivo, quedándose el vehículo estacionado en un lugar prohibido. Sin importar las quejas del chofer, una imperturbable mujer policía procedió a elaborar la multa. A eso se agrega que constitucionalmente el gobierno está obligado a sufragar en un 80% la educación musical de sus ciudadanos y que a los maestros de música se les otorgan los sueldos más altos del mundo. Piense usted que ganamos el doble de lo que percibe un catedrático del Conservatorio de París o de la Hochschule de Berlín. Y si queremos ahondar, déjeme decirle que en los contratos que elaboran las orquestas suizas para sus miembros, hay una cláusula maravillosa donde a éstos se les permite no tocar si no están de acuerdo con el desempeño de alguno de los directores.

–Usted es miembro regular de diversas agrupaciones como las famosas Tonhalle y Kammer Orchester1 de esta metrópoli y ha tocado con importantes orquestas alemanas como la Dresdner Symphoniker y la Kammerorchester de Berlín, mas la manera en que ganó su plaza como maestro de música es digna de un cuento. Por favor háganos el relato pues trastoca el concepto que los mexicanos tenemos de nosotros mismos…

–Con mucho gusto: cuando me enteré que la escuela Freienbach ponía a concurso una plaza para maestro de percusiones, tuve reticencias pensando que ni siquiera iban a considerarme por no hablar alemán, sin embargo una compañera me forzó a hacerlo. Había alrededor de 25 candidatos y yo era el único extracomunitario y moreno para acabarla de amolar. Con mímica hube de demostrar mis habilidades pedagógicas y para sorpresa de todos yo fui el elegido. Pero no termina ahí la aventura, sino que me jugué la última carta diciéndole al director que yo no aceptaría el empleo si no ponía a mi disposición un instrumental digno de la categoría del trabajo de primer mundo que se pretendía que realizara. Para eso había preparado una lista con los instrumentos que me harían falta ascendiendo su costo a 150 mil francos suizos. Salí de la oficina diciéndole que fuera él quien lo pensara… Sobra decir que mi compañera me tildó de loco y que casi me retira  el  saludo. A  la semana siguiente me llamaron para decirme que ya habían procedido con la compra de los instrumentos que yo había estipulado y que me esperaban con los brazos abiertos para que firmara el contrato.

–Como quien dijera, usted es el vivo ejemplo de cómo para labrase el destino a menudo es necesario golpearlo…

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1 Se aconseja la audición de varias obras grabadas por esta orquesta en donde la actuación del maestro Guadarrama es manifiesta.

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