Arte: “Ruptura-Apertura”

"Mineral con tesoros nocturnos", de Von Günten.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El 15 de octubre de 1968, a sólo unos días de la masacre estudiantil de Tlatelolco, se inauguró en el Centro Cultural Isidro Fabela, en la Ciudad de México, la primera edición del Salón Independiente (SI).

Relevante por haber sido la respuesta de un cuantioso número de artistas ante la discriminatoria y excluyente gestión gubernamental de las artes plásticas –pintura, escultura, grabado, dibujo y acuarela–, el SI fue también, en su tercera y última edición realizada en el Museo de Ciencias y Artes de la Universidad Nacional Autónoma de México, el detonante de las prácticas conceptuales en el Distrito Federal.

Constituido en una época en la que los artistas no temían a la confrontación con las instituciones, el Salón Independiente integró a creadores cuyos lenguajes diferían de las imposiciones del arte nacionalista postrevolucionario. Descontentos con las normas impuestas por el Instituto Nacional de Bellas Artes y el comité organizador del programa cultural de la XIX Olimpiada, se negaron a participar en la oficialista Exposición Solar y buscaron una sede alterna que no fuera ni institucional ni comercial.

Inaugurado en 1963 el ahora denominado Museo Casa del Risco era un centro cultural independiente ubicado en el centro de San Ángel. En el primer Salón participaron aproximadamente 45 artistas, muchos de ellos reconocidos como protagonistas de lo que la historiografía del arte ha denominado La Ruptura.

Para recordar los 45 años de la primera edición del SI, el museo presenta una seductora exposición, principalmente de pintura, que integra a 50 creadores vinculados con ese evento. Diseñada curatorialmente por Esther Echeverría con base en la tesis de que la ruptura generó una apertura a poéticas diferentes, la muestra denominada Ruptura-Apertura sorprende por la exquisita calidad de la mayoría de las piezas. Testigo presencial de los éxitos y confrontaciones que tuvieron estos artistas en los años cincuenta y sesenta –fue la pareja del pintor Enrique Echeverría y colaboró profesionalmente con las galerías Proteo y de Arte Mexicano–, la curadora prestó especial atención a la inclusión de creadores que han sido ignorados o poco valorados por la historiografía como Gastón González César, Gustavo Arias Murueta, Luis García Guerrero y Mariano Rivera Velázquez, de quien se exponen dos interesantes ensamblados de temática religiosa neobarroca realizados en 1962.

En lo que respecta a la narrativa curatorial, la muestra se inicia con obras realizadas por algunos participantes del primer SI como Leonora Carrington –de quien se muestra una espléndida y luminosa pintura en tonos azules–, Cordelia Urueta, Rivera Velázquez y Felipe Ehrenberg, quien también destaca con un medio compuesto de base pictórica y poética conceptual. Posteriormente, la presencia de extraordinarias obras de autores vinculados con La Ruptura como Vlady, Lilia Carrillo, Francisco Corzas, Gabriel Ramírez, Leonel Góngora, Luis Nishizawa, Rafael Coronel y Roger von Günten disimulan la disparidad de las épocas incluidas.

Demasiado complaciente con algunos invitados, la curadora aceptó integrar obras ochenteras y contemporáneas de Federico Silva, Raúl Herrera, Roberto Doniz, Vicente Rojo, Felguérez y Tomás Parra. Decisión lamentable que altera la riqueza de la temática curatorial y que podría ser el tema de otro proyecto.

Provenientes en su totalidad de colecciones particulares, las obras ilustran no sólo sobre la creación sino también sobre un tipo de coleccionistas mexicanos que, en los años sesenta, le apostó al arte de nuestro país.