“Jazmín azul” de Woody Allen

Imagen de la película.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Su peculiar sentido del humor, plagado de aforismos freudianos y existencialistas, le ha ganado admiradores por todas partes; si se mira bien, a este intelectual que lleva medio siglo pitorreándose de todo, a duras penas se le ve sonreír. Es que en el fondo, Woody Allen es un artista sombrío y un guionista implacable con sus personajes. Jazmín azul (Blue Jazmine; E.U., 2013) es su película más despiadada.

Jazmín (Cate Blanchett) vuela de Nueva York a refugiarse con su hermana (Sally Hawkins); arruinada económicamente luego de vivir en la opulencia y el glamour de Manhattan, el marido, Hal (Alec Baldwin), financiero con mucha afinidad con el timador Madoff, se suicidó en la cárcel donde purgaba una condena por fraudes millonarios. Jazmín se llamaba Jannette, ahora se sostiene a base de alcohol y antidepresivos; con dificultad acepta trabajar como recepcionista, su ilusión es convertirse en diseñadora, su fantasía es regresar a estudiar antropología; antes tiene que aprender computación.

La verdad es que Jazmín, emocional y mentalmente, es una mujer fracturada, incapaz de encarar la realidad; una reina que viaja en primera clase con maletas Vuitton, desprecia a su hermana, a las relaciones de pareja y a la vida que ésta lleva. Woody Allen cuenta la historia de manera simple, intercala flashbacks de la vida de lujo y de la relación con Hal; la personalidad de Jazmín es ya demasiado sinuosa para complejidades narrativas; la cinematografía del vasco Javier Aguirresarobe aprovecha la claridad californiana para mantenerla a régimen de luz.

Jazmín es una tipa insoportable, todo en ella irrita; en el pasado, la manera de hacerse de la vista gorda para no ver las infidelidades del marido, o sobre todo, la proveniencia de su riqueza, los costosos regalos; en el presente, la manera de explotar a su hermana y la obcecación por reconstruirse sobre más mentiras. Lo más exasperante, sin embargo, es la vulnerabilidad que escapa de la mirada de pantera acorralada y gestos de impotencia en la actuación magistral de Cate Blanchett; el público no puede dejar de compadecerla, y de admirarla.

En la primera parte, Jazmín parece la versión moderna de Blanche Dubois, Woody Allen jugando con los temas de Un tranvía llamado deseo; luego nunca aparece algún Kowalski, capaz de someterla y brutalizarla, la amenaza de parodia se desvanece a medida que Jazmín impone su propia manera de ser y de no ser, su propio estilo de caminar al borde del abismo. No es que el fantasma de la heroína de Tennessee Williams deje de habitarla, Cate Blanchett ha representado este papel (dirigida ni más ni menos que por Liv Ullmann); para Woody Allen, Elia Kazan y Vivian Leigh son parte de la inspiración de esta cinta, pero en la era del prozac y los ansiolíticos, Blanche no escapa tan fácilmente de la realidad.

Por más que digan sus detractores, el casi octogenario Woody Allen sigue sorprendiendo; Blue Jazmine es el blues de un músico, lo más aproximado a una tragedia para un guionista, y su película más crítica hacia una sociedad obsesionada por el dinero y las apariencias.