La crueldad se aprende… la crueldad tiene reglas

CeroCeroCero, nuevo libro de Saviano.

El periodista y escritor Roberto Saviano vuelve a la palestra con otro libro demoledor de casi 500 páginas: CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo. Y así como en 2006 irritó a los mafiosos napolitanos con cinco historias criminales con Gomorra –que fue llevado al cine–, esta vez atisba el mundo de los cárteles mexicanos y colombianos, y describe cómo el “petróleo blanco” coloca a México en el centro del mundo. Proceso adelanta en exclusiva un fragmento del libro, que comenzará a circular en los próximos días bajo el sello de Anagrama.  

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Osiel (Cárdenas Guillén, el capo del Cártel del Golfo) es famoso porque no comete errores y no perdona a quien se equivoca. Pero hasta él acabaría cometiendo un error, y con las personas equivocadas. Corre el mes de noviembre de 1999 y un agente de la DEA, Joe DuBois, y uno del FBI, Daniel Fuentes, viajan a bordo de un Ford Bronco con matrícula diplomática; en el asiento posterior un informador del Cártel del Golfo duerme con la frente aplastada contra la ventanilla. El informador lleva a los dos agentes a dar una vuelta por las casas y los locales de los capos del Cártel del Golfo en Matamoros. Inspeccionan la zona en vano. No se despierta ni siquiera cuando el Ford Bronco frena en seco y del exterior llegan voces demasiado conocidas. “¡Ese hombre es nuestro, gringos!”. El coche de los agentes se ve rodeado por algunos vehículos de los que emergen una docena de miembros del cártel apuntándoles con sus AK-47 (…) El tiempo se congela, los actores en escena se desafían sin enseñar demasiado los músculos: un movimiento equivocado y lo que parece una negociación puede convertirse en una carnicería. Entonces el agente del FBI prueba suerte: “Si no nos dejas ir, el gobierno de Estados Unidos te perseguirá hasta la tumba”. Osiel cede, les grita a los gringos que ése es su territorio y que no pueden controlarlo y que no vuelvan a dejarse ver por aquella zona; luego ordena retroceder a los suyos. El agente del FBI y el de la DEA dan un suspiro de alivio.

Es el principio del fin. Las autoridades estadunidenses ofrecen una recompensa de 2 millones de dólares por la cabeza de Osiel, que se vuelve paranoico. Ve enemigos por todas partes, hasta sus colaboradores más fiables podrían ser madrinas, informadores. Tiene que aumentar la potencia de fuego y decide comprarse un ejército. No quiere cometer imprudencias y elige a soldados corruptos y desertores del cuerpo de élite del Ejército mexicano, el GAFE, Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales. Ironías del destino: el GAFE tenía la misión de dar caza a delincuentes como él. Los hombres del GAFE son tipos duros: se han forjado siguiendo el modelo de las fuerzas armadas estadunidenses y han sido adiestrados por especialistas en tácticas subversivas de Israel y Francia. Uno de esos Rambos mexicanos es el teniente Arturo Guzmán Decena. Con Osiel tiene algunos rasgos en común: es cínico, ambicioso y despiadado. Arturo, junto con otros 30 desertores, se apunta en la nómina de Osiel (…) Nace así el ejército privado de Osiel, bautizado como Los Zetas porque “Z” era el código utilizado por los soldados del GAFE para comunicarse entre sí por radio. El teniente Arturo Guzmán Decena se convierte en Z-1.

(…) El nivel de profesionalidad de los miembros de Los Zetas es altísimo y utilizan un moderno sistema de escuchas. Sus habilidades tecnológicas los hacen inexpugnables, puesto que utilizan señales de radio encriptadas y Skype en lugar de teléfonos normales.

En su seno rige una organización jerárquica muy estricta. Cada plaza tiene su propio jefe de plaza y su propio contable, el cual gestiona las finanzas de la célula criminal, que además de la droga explota varios nichos de la economía criminal: robos, extorsiones, secuestros (…) Según fuentes mexicanas y estadunidenses, dentro de Los Zetas existe una precisa división de papeles, cada uno de ellos con su nombre (…)

Es una organización piramidal y eficiente, que no tiene nada que envidiar a los exitosos modelos de las mafias italianas.

Quizás Ángel Miguel no conociera la historia de Osiel, pero desde luego no podía ignorar que las relaciones entre Los Zetas y los kaibiles habían sido muy estrechas. Los guatemaltecos habían adiestrado a los soldados del GAFE que después se convirtieron en Los Zetas. Luego, una vez independizados, Los Zetas empezaron a reclutar kaibiles, o sea, a quienes antaño habían sido sus maestros. Las competencias de los guatemaltecos son preciosísimas, pero hay una cosa que Los Zetas aprenden solos: guiñarle el ojo a la cámara. Basta con teclear en Youtube “Los Zetas Execution Video” y aparecerá una lista de videos colgados directamente por miembros del grupo. La crueldad funciona si se propaga como un contagio, de boca en boca, de persona a persona. Decapitaciones, ahogamientos y despellejamientos son su departamento de marketing; los videos de sus bestialidades, su gabinete de prensa (…) Además poseen una característica que les distingue de los otros cárteles: no tienen un territorio, una ubicación física, raíces geográficas. Es un ejército posmoderno que necesita producir ante todo una imagen que cree avanzadillas. El terror debe conquistar el país. Los muyahidines entendieron antes que ellos que las decapitaciones podían ser la marca de fábrica de las atrocidades, y Los Zetas no han tardado mucho en incorporar la misma técnica.

La red es su caja de resonancia preferida, pero Los Zetas no desdeñan los viejos métodos, como las pancartas que cuelgan en los pueblos y ciudades mexicanos: “Grupo Operativo Los Zetas te quiera a ti militar o exmilitar. Te ofrecemos buen sueldo, comida y atenciones a tu familia. Ya no sufras maltratos y no sufras hambre”. Las llamadas “narcomantas” prometen beneficios y dinero a los soldados que decidan alistarse en las filas de Los Zetas, transmiten mensajes directos a la población, se utilizan para intimidar a los enemigos y al gobierno. “Ni siquiera con el apoyo del gobierno de Estados Unidos lograrán detenernos, porque aquí mandan Los Zetas. El gobierno de Calderón tiene que acabar pactando con nosotros, porque si no lo hace nos veremos obligados a derrocarlo y a tomar el poder por la fuerza”.

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No hay límite a la brutalidad de Los Zetas: cadáveres balanceándose colgados de los puentes de las ciudades ante los ojos de los niños en pleno día; cuerpos decapitados y descuartizados hallados junto a los contenedores de basura o abandonados en las calles, a menudo con los pantalones bajados como una última humillación; “narcofosas” descubiertas en el campo con decenas de cadáveres amontonados unos sobres otros… Las ciudades se han convertido en escenarios de guerra y en todo México el código de conducta de la gente es sólo uno: la violencia.

Sí, la violencia. Siempre se vuelve a ella. Una palabra con sabor a instinto, a primitivo, y que Los Zetas –como los kaibiles– han sabido encauzar, en cambio, por la senda de la educación. Rosalío Reta ha sido alumno suyo. Nacido en Texas con el sueño de convertirse en Superman, Rosalío terminó a los 13 años en un campo de adiestramiento militar de Los Zetas situado en una hacienda en el estado de Tamaulipas. Al principio es como un juego.

–Tu superarma será el láser.

–Pero Superman no usa láser…

–No importa. Con el láser apuntas, disparas y delante se ­desaparecen todos.

Es así como le dan su primera pistola, y al cabo de seis meses de entrenamiento Rosalío está listo para la prueba de fidelidad: en una casa franca del cártel lo espera un hombre atado a una silla. Él no sabe nada de ese hombre, ha sido condenado por un motivo desconocido. Rosalío no hace preguntas, le entregan una pistola, una del calibre 38, idéntica a aquella con la que ha estado disparando durante seis meses a siluetas de cartón. No tiene que hacer más que apretar el gatillo. La descarga de adrenalina es una corriente eléctrica. Como Superman, Rosalío se siente invencible. Puede volar, puede parar las balas, puede ver a través de las paredes. Puede matar. “Creía que era Superman”, confesará tras ser detenido ante los jueces del Tribunal de Laredo, en Texas (…)

Cuando al cabo de cuatro años y 20 homicidios detienen a Rosalío, ante los agentes que lo interrogan no muestra nunca ni miedo ni arrepentimiento. Sólo una sombra atraviesa el rostro del muchacho, que ahora tiene 17 años, y es cuando habla de una misión que llevó a cabo en San Nicolás de los Garza. Erró el blanco y provocó una matanza, causando la muerte de cuatro personas e hiriendo a otras 25, ninguna de ellas vinculada al crimen organizado. “Fallé”, dice Rosalío, “y ahora ellos me lo harán pagar.” “Ellos” son sus antiguos instructores, Los Zetas.

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En 2002, Arturo Guzmán Decena, El Z-1, es asesinado en un restaurante de Matamoros. En su tumba se coloca una corona de flores con la inscripción: “siempre estarás en nuestro corazón. De tu familia: Los Zetas”. A su muerte le sucede Heriberto Lazcano Lazcano, llamado El Lazca: nacido el día de Navidad de 1974, también él procede de los cuerpos especiales del Ejército y las autoridades federales de México y Estados Unidos lo buscan por homicidio múltiple y tráfico de droga (…)

Bajo el liderazgo del Lazca, con el tiempo Los Zetas pasan de ser un mero brazo armando a tener papeles más decisivos en el Cártel del Golfo. Ahora Los Zetas se sienten fuertes: quieren ser independientes. En febrero de 2010, después de choques armados y asesinatos, el proceso concluye. Los Zetas, ahora ya un cártel aparte, toman partido contra sus anteriores “jefes”, el Cártel del Golfo, y se alían con los hermanos Beltrán Leyva y con los cárteles de Tijuana y Juárez. Independencia, poder y terror: éstos parecen ser los ingredientes fundamentales de Los Zetas, a quienes no obstante sería un error atribuir falta de ingenio y consistencia creativa. Precisamente el FBI considera a este cártel uno de los más avanzados tecnológicamente, capaz de blanquear cerca de 1 millón de dólares al mes durante dos años a través de cuentas del Bank of America.

El Lazca es un capo joven, pero ya se le considera un mito. Una leyenda. Perseguido y temido, ha triunfado en una empresa sobrehumana, casi divina: ha muerto y ha resucitado. En octubre de 2012 llega una denuncia anónima a la Marina militar mexicana. El Lazca está asistiendo en ese momento a un partido de beisbol en un estadio de Progreso, en el estado de Coahuila. Un regalo inesperado. En el cerco de las fuerzas del orden El Lazca pierde la vida. Es un triunfo. Después del Chapo, El Lazca es el narcotraficante más buscado. Un golpe increíble.

Unos días después un comando de Los Zetas roba el cuerpo de su jefe del depósito. Las pruebas de la ciencia con el cadáver todavía no se habían completado (…)

Son las dos de la tarde del 8 de junio de 2005 y un antiguo tipógrafo de 56 años, Alejandro Domínguez Coello, asume el cargo de jefe de la Policía Municipal de Nuevo Laredo. “No estoy atado a nadie”, declara, “mi único compromiso es con los ciudadanos.” Seis horas después, cuando está subiendo a su camioneta, un comando de zetas le descerraja 30 tiros con balas de gran calibre. El cadáver no se identifica de inmediato debido a que el rostro de Domínguez Coello ha quedado completamente desfigurado por los disparos.

El 29 de julio de 2009, a las cinco de la mañana, dos automóviles se detienen ante la vivienda del subcomandante de la Policía Intermunicipal de Veracruz-Boca del Río, Jesús Antonio Romero Vázquez: una decena de hombres pertenecientes a Los Zetas, armados con fusiles de asalto con lanzagranadas de 40 mm, irrumpen en la casa. Emplean menos de cinco minutos en matar a Romero Vázquez, a su mujer (también oficial de policía) y a su hijo de siete años. Luego le pegan fuego a la casa, matando a las otras tres hijas. La mayor tenía 15 años.

(…) Cuando matan a sus enemigos Los Zetas son sádicos, las venganzas son ejemplares: queman los cuerpos, los meten en barriles llenos de gasóleo, los desmiembran. En enero de 2008, en San Luis Potosí, durante una redada que lleva a la detención de Héctor Izar Castro, llamado El Teto, considerado el líder de la célula local de Los Zetas, se encuentran armas de todo tipo, 65 paquetes de cocaína, algunas estampas de Jesús Malverde, considerado el santo patrón de los narcos, y tres tablas de tortura con la letra “Z” en relieve, utilizadas para golpear a las víctimas y dejar impresa en su piel la marca de los agresores. Es más: para aterrorizar todavía más a sus rivales, a menudo les cortan los genitales a sus víctimas y se los meten en la boca o cuelgan en puentes los cadáveres sin cabeza (…) El desmembramiento de cadáveres se convierte en la sintaxis de Los Zetas. También hacen desaparecer los cuerpos en el interior de tumbas ya ocupadas, o bien se deshacen de los cadáveres enterrándolos en cementerios clandestinos construidos en sus bastiones o abandonándolos en fosas comunes. A menudo entierran a sus víctimas todavía vivas. O bien las disuelven en ácido.

Los Zetas son asesinos sanguinarios, y sin embargo tienen un rasgo en común con cualquier muchacho que viva a miles de kilómetros de distancia de ellos: una pasión llamada televisión, peligrosa educadora. Películas violentas y realities son sus referentes culturales, y estos últimos encontraron una espeluznante aplicación durante la segunda masacre de San Fernando, una aldea situada a 140 kilómetros de la frontera entre México y Estados Unidos, cuando Los Zetas detuvieron un buen número de autobuses que viajaban por la autopista 101, hicieron bajar a los pasajeros y los obligaron a luchar entre sí como gladiadores, armados de bastones y cuchillos, a los supervivientes se les garantizaba un sitio en Los Zetas. Los que sucumbieron fueron enterrados en fosas comunes. Como las descubiertas en San Fernando en la primavera de 2011, con 193 cuerpos que presentaban fuertes golpes en la cabeza.

Esta sádica carnicería se produjo unos meses después de la que se daría en llamar la primera masacre de San Fernando. Otros muertos inocentes, otras “narcofosas”. Es el 24 de agosto de 2010. Setenta y dos inmigrantes clandestinos, procedentes de Sudamérica y Centroamérica, intentan cruzar la frontera estadunidense en Tamaulipas. La historia ha llegado hasta nosotros gracias a un joven ilegal originario de Ecuador. Cuenta que a la altura de San Fernando él y sus compañeros son alcanzados por un grupo de mexicanos que se presentan como Los Zetas. Apiñan a los ilegales en una granja y empiezan a matarlos. Uno a uno. No han pagado el “peaje” por atravesar la frontera en su zona o, mucho más probablemente, no se han plegado a las exigencias de Los Zetas: que trabajen para ellos. Pero Los Zetas no aceptan negativas. Empiezan a disparar a los ilegales en la cabeza, sin piedad. El ecuatoriano resulta herido en el cuello y se hace el muerto, pero luego logra escapar y llega milagrosamente a un puesto de control del Ejército mexicano, siguiendo las indicaciones del inmigrante, los soldados llegan a la granja, donde inician un tiroteo con Los Zetas, al término del cual encuentran 72 cadáveres, 58 hombres y 14 mujeres. Amontonados unos sobres otros.

(…) La crueldad se aprende. La crueldad funciona. La crueldad tiene reglas. La crueldad marcha como un ejército de ocupación. Los Zetas y Ángel Miguel son las dos caras de la misma moneda. Ahora también lo sé.

Puedes leer un adelanto del libro aquí:

CeroCeroCero, de Roberto Saviano by Revista Proceso