Teatro: “Hay algo podrido en Dinamarca”

Hay algo podrido en Dinamarca en el Cenart.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el Centro Nacional de las Artes se utiliza la Plaza y sus alrededores para presentar una versión libre de Hamlet, donde los espectadores se convierten en parte de la Corte real y siguen a los personajes por diferentes espacios en los que sucede la historia.

Marisa Gómez, que dirige y hace una versión libre del Hamlet de Shakespeare, consigue un manejo atractivo de los espacios del Cenart y nos hace descubrir lugares poco conocidos o que por su uso adquieren otra visual, donde se disfruta la arquitectura y se comparte el drama del joven Hamlet y su codiciosa madre que ha llegado al trono en complicidad con el tío “traidor”.

La autora adapta la historia a la época contemporánea para ofrecer un híbrido isabelino con chispazos de coloquialismos y un trasfondo musical de The Beatles muy atractivo. El vestuario diseñado por Víctor Zavala son ropajes reales, pero con botas punketas, muñequeras de cuero, piercings y tatuajes.

En la fiesta del inicio de la obra, que sucede en la Plaza, el espectador, que es un invitado más, observa a veces y escucha siempre, las conversaciones. Puede ser el conflicto privado entre Polonio y su hijo, o las presentaciones de los nuevos reyes. Siempre se escuchan, ya que las voces de los actores usan micros sólo en esa escena y convergen en las bocinas centrales.

En los recorridos podemos asomarnos a una fila de pilares morados donde madre e hijo se encuentran, o cuando el mismo Hamlet, frente a un árbol ardiendo, vive la pesadilla de la aparición de su padre.

Marisa Gómez elige escenas clave, o escenifica sus preferidas, para contar esta tragedia. La escena final es una debacle de matanzas, como en el original, pero aquí con pistolas que, desgraciadamente, no emiten sonido alguno, volviendo la escena en una pantomima forzada.

El problema principal de esta propuesta teatral es la verosimilitud de las situaciones y de los personajes, ya que el énfasis está puesto en el espectáculo y se descuida el detalle interpretativo; la idea de una Ofelia sordomuda, por ejemplo, es un acierto, pero en su realización, los pases de ballet y su gestualidad exterior, nos aleja de su drama.

La autora y directora, junto con los actores, son hábiles para transitar fluidamente de un espacio escénico a otro; se guía a los espectadores con la música o los diálogos que suceden en otro lugar, diluyendo simultáneamente la escena en la que nos encontramos.

El lenguaje cotidiano de Hay algo podrido en Dinamarca se intercala con textos originales y el resultado, en ciertos momentos, es brillante por lo inmediato y lo actual en que se convierten las escenas shakespearianas. Tal es el caso del juego del “Ser o no ser”de Hamlet cantado, junto con sus amigos, con la música de Let it be de The Beatles, donde el juego de palabras resignifica la problemática del monólogo. Entre los actores de esta obra de teatro se encuentran Francisco Mena, Jorge Gustavo García, Héctor Hugo Peña, Laura Vega y Néstor Galván.

Es gratificante recorrer los exteriores arquitectónicos del Cenart a través de una versión moderna de un clásico de Shakespeare –aunque hemos visto muchos últimamente en la cartelera de nuestro país–, y caminar junto con los actores llenos de vitalidad para enriquecer nuestra experiencia teatral.