La obsesión de Stalin pasó por México

El libro de Juan Alberto Cedillo

En agosto de 1945, cuando Estados Unidos lanzó su primera bomba atómica contra Japón, Stalin quedó maravillado por el poder devastador del diabólico artefacto y quiso tener una réplica… y la obtuvo, aunque no tuvo éxito como los estadunidenses. Durante años, el agente soviético Leonidas Eitingon jugó un papel destacado en materia de espionaje científico como parte de una trama en la que tuvieron participación artistas, funcionarios y militares mexicanos. Esta singular historia es narrada en el libro Eitingon. Las operaciones secretas de Stalin en México, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial en su sello Debate, del cual se adelantan partes del capítulo seis.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- A mediados de septiembre de 1941 llegó al escritorio de Iósif Stalin un reporte de seis páginas proveniente de uno de los apóstoles de Cambridge, una minuta del gabinete del gobierno británico, que creaba un comité para analizar la posibilidad de desarrollar una bomba de uranio.

(…) Más tarde, llegaron al Departamento del Extranjero reportes desde Gran Bretaña, Estados Unidos, Escandinavia y Alemania sobre investigaciones para fabricar una “superbomba” con base en uranio enriquecido, y pese a que proliferaron, no perturbaron el escepticismo de Stalin en torno de tales proyectos, confiado en la superioridad intelectual de sus científicos sobre la ciencia que desarrollaban los investigadores capitalistas.

También circulaban los rumores sobre las “avanzadas” investigaciones que encabezaban Werner Karl Heisenberg y Otto Hahn para desarrollar una bomba atómica para la Alemania del Tercer Reich. Los informes previos, donde se hablaba de que los nazis ya trabajaban en una superarma secreta, ya habían producido reacciones de los científicos occidentales, quienes solicitaron a Albert Einstein que escribiera una carta al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, y le llamara la atención en ese sentido.

(…) Para principios de 1942, el dictador soviético recibió nuevos informes provenientes de su embajada en Washington, los cuales referían que Oppenheimer, un joven y brillante científico judío de la Universidad de California, se preparaba para concentrar en Berkeley a una pléyade de investigadores nucleares de la talla de Enrico Fermi, Leo Szilárd y Niels Bohr, en la que se encontraba también el Premio Nobel de física Albert Einstein.

(…) También recibió documentos donde se informaba que el gobierno estadunidense estaba destinando alrededor de 20% de su presupuesto militar para investigar y desarrollar el Proyecto Manhattan…

Desde que arrancaron las investigaciones, los mismos científicos que colaboraban en el Proyecto Manhattan filtraron a diplomáticos soviéticos informes cada vez más precisos sobre las características de la bomba de uranio, ante los cuales Stalin pasó del escepticismo a la obsesión por poseer esa superarma, lo que se convirtió en su máxima prioridad desde los primeros días de 1943. Durante el primer trimestre de ese año, firmó una serie de decretos que creaban organismos especiales para desarrollar energía atómica con propósitos militares. Al mando de Lavrenti Beria quedó un cluster industrial que en su momento intentaría fabricar dicha arma. Entonces se reformó el aparato de inteligencia. El comisario Beria decretó crear el Departamento S para concentrar la información del espionaje atómico que recolectaban el Departamento del Extranjero del NKGB y la Dirección de Inteligencia Militar (GRU).

Al frente del Departamento S estaba el general Pavel Sudoplatov, quien no obstante que carecía de conocimientos científicos relacionados con el tema –como la mayoría de los mortales de esa época–, era el oficial que había recibido la mayoría de los informes sobre la bomba de uranio de sus espías en el extranjero. Una de las primeras tareas del departamento fue capturar a los científicos alemanes que estaban trabajando en los proyectos atómicos. Con ese propósito se desarrolló la versión soviética de la Operación Alsos, emprendida por estadunidenses e ingleses en busca de apropiarse de los científicos e instalaciones nucleares nazis.

Para el 9 de diciembre de 1945 se integró formalmente, con funcionarios e investigadores, el Comité para el Problema Número Uno, que coordinaría todo el aparato militar y económico con una sola finalidad: poseer la bomba atómica. En consecuencia, se reorganizaron los laboratorios de la Academia de Ciencias de la URSS con la intención de replicar la reacción en cadena que se había logrado en la Universidad de Chicago.

(…) Los avances para desarrollar la bomba atómica fueron proporcionados a los espías de Moscú por personas vinculadas directamente con los tres personajes que encabezaban el Proyecto Manhattan: Robert Oppenheimer, Enrico Fermi y Leo Szilárd. Los científicos acordaron compartir sus investigaciones subrepticiamente con la URSS, primero, ante el temor de que la Alemania de Adolf Hitler se anticipara a desarrollar la bomba atómica; en segundo lugar, porque previeron que si una sola nación poseía superioridad nuclear, impondría su voluntad al resto del mundo, así que decidieron crear un “equilibrio del terror”.

Desde diciembre de 1941, Oppenheimer filtró los incipientes planes secretos al jefe de la rezidentura de San Francisco, Gregori Kheinfez, cuando coincidieron en actividades para recolectar fondos destinados a los refugiados de la Guerra Civil española.

Posteriormente, se resolvió que sería contactado por Elizabeth Zarubina, la nueva esposa del agente Vasily Zarubin –después de que Leonidas Eitingon le había arrebatado a Olga, cuando trabajaban juntos en Harbin, China–. Zarubin se desempeñaba ahora como jefe de la rezidentura en la embajada de Washington. Su esposa recibía informes orales sobre los avances del Proyecto Manhattan a través de la esposa de Robert Oppenheimer, Katherine.

Los servicios de inteligencia soviéticos designaron a Oppenheimer con el nombre clave de Star, mientras que Fermi fue codificado como Editor, en el entendido de que no eran sus agentes, sino, más bien, amigos de la Unión Soviética.

Por recomendaciones de los rusos, los jefes del proyecto ultrasecreto incluyeron a jóvenes científicos simpatizantes de los comunistas en las diversas instalaciones donde se desarrollaban las investigaciones, entre ellos al físico alemán nacionalizado británico Klaus Fuchs, quien sería el responsable de sacar los máximos secretos del laboratorio de Los Álamos.

La inteligencia soviética necesitaba decenas de nuevos espías para conseguir documentos, fotografías, detalles técnicos sobre las recientes instalaciones, las firmas que trabajaban para el Departamento de Defensa y las novedosas aleaciones de materiales que se estaban desarrollando para la fabricación de la nueva superbomba. Ante esto, Leonidas Eitingon propuso a su amigo Sudoplatov que echara mano de los desconocidos moles que había reclutado en Estados Unidos, España y la capital mexicana para que se convirtieran en los “correos” que llevarían los secretos a Moscú. Entre ellos se encontraban los destacados españoles Antonio Meiji, Margarita Nelken y el suizo Hans Meyer, los mexicanos Luis Arenal y la escritora Anita Brenner, quien en esa época radicaba en Nueva York. Destacaban también los funcionarios mexicanos Adolfo Oribe de Alba y el general brigadier del Ejército Mexicano Roberto Calvo Ramírez, jefe de la comandancia en la entonces Baja California Norte.

Algunos de ellos habían colaborado cruzando ilegalmente a agentes a través de la frontera (el mencionado mecanismo creado extraoficialmente por Eitingon) y otros se desempeñaron como “correos”.

En España se había hecho contacto con el judío Morris Cohen, excombatiente en las brigadas internacionales, quien junto con su esposa, Lona Cohen, Nicolás y María Fisher, y Katty Harry, se sumó al selecto círculo de espías atómicos que también realizaban continuos viajes desde México a Estados Unidos.

Otro círculo lo conformaron antiguos colabo­radores de la inteligencia rusa, entre los que sobresalía una pareja de comunistas de origen judío: Ethel Greenglass y Julius Rosenberg.­

Con esos grupos, el jefe de la rezidentura, Zarubin, un alto oficial también de origen judío llamado Semyon Semyonov y Eitingon crearon una estructura paralela que trabajaría al margen de su organización diplomática, ya que sus embajadas y consulados estaban férreamente vigilados por los servicios de inteligencia estadunidenses.

(…) El selecto grupo de agentes dedicados al espionaje atómico pronto identificó siete grandes centros de investigación y 27 científicos de muy alto nivel que trabajaban en el Proyecto Manhattan, en tanto que para mediados de junio de 1943, el Departamento S ya había recibido 286 publicaciones clasificadas sobre las investigaciones científicas acerca de la energía nuclear.

Los moles que Eitingon reclutó empezaron a rendir frutos. Uno de esos contactos era el principal asistente de Fermi en la Universidad de Chicago, Bruno Pontecorvo, científico de origen ruso, de cuyas manos los soviéticos recibieron información muy precisa sobre los trabajos en el reactor.

(…) Los reportes se transmitían encriptados a Moscú desde cuatro centros designados: el consulado soviético en San Francisco, las embajadas de Washington y México, así como la oficina de Nueva York. Los más relevantes, para que los soviéticos replicaran la bomba de uranio, provenían del científico Klaus Fuchs, hijo de un pastor luterano en cuya juventud cambió sus convicciones religiosas por el comunismo. Fuchs había huido del fascismo alemán para refugiarse en Inglaterra. Estudió física en la Universidad de Bristol y posteriormente se nacionalizó ciudadano británico.

Después de sus largas jornadas de trabajo en Los Álamos, el reservado Fuchs redactaba en su habitación los informes que preparaba para los rusos. Sin embargo, se enfermaba cada vez que tenía que entrevistarse con el agente designado para entregarlos. En ellos detallaba particularidades muy específicas sobre la bomba; describía que tenía un núcleo de plutonio sólido y especificaba el disparador de la explosión…

El hombre que fue designado por el servicio de inteligencia soviética para recoger los documentos era uno más de los moles, Harry Gold, un inocente químico nacido en Suiza, de familia rusa con orígenes judíos, que trabajaba como asistente de laboratorio en una compañía procesadora de azúcar de Pensilvania y solicitaba permiso cada ocasión que tenía que viajar a Nuevo México.

Gold se entrevistó en varias ocasiones con Fuchs, primero en Filadelfia, para informar sobre las nuevas instalaciones de Los Álamos. Harry intentó ofrecerle un sobre con mil 500 dólares, pero el científico lo rechazó con molestia. Días después se volvieron a encontrar en Boston, donde se entregaron los primeros documentos con información clasificada que pormenorizaba el método para hacer detonar la bomba atómica: precisaba la masa crítica relativa del plutonio en comparación del uranio 235 y daba detalles para su fabricación, como las dimensiones exteriores de los componentes.

(…) Los reportes que recibían algunos de los moles deberían entregarlos en Nueva York, en el barrio de Brooklyn. Para el intercambio, el espionaje soviético diseñó un estricto protocolo: en el caso de Harry Gold, debería llevarlos bajo el brazo, envueltos en el ejemplar de cierto periódico, el mismo que portaría el agente soviético que los recibiría. Primero se aproximaban pausadamente, en previsión de que el encuentro eventualmente se interrumpiría en cualquier momento, caso ante el cual cada quien seguiría por su lado. Después del encuentro, se saludaban brevemente, caminaban juntos un par de calles y en un determinado momento intercambiaban los diarios para luego separarse y seguir por caminos distintos.

Los encuentros se repitieron en diversas ocasiones. Los sobres envueltos en periódico se transferían a Moscú. Cuando se entregaban a los científicos, causaban conmoción, ya que consideraban su contenido “particularmente excelente y muy valioso”.

La red de moles reclutados por Eitingon también se concentraba en conseguir todas las puntualizaciones sobre la fabricación de un reactor de grafito que se realizaba en las instalacionesY10 y Y12 del Oak Ridge National Laboratory. Los científicos incrustados por los soviéticos proporcionaban a los espías nucleares datos sobre la forma de separar electromagnéticamente dos isótopos de uranio y producir así el material para fabricar la bomba atómica. Los correos seleccionados por Eitingon trasladaban los reportes a México, para que se expidieran a Moscú desde la embajada soviética ubicada en el Distrito Federal.

La embajada mexicana mantenía continuos reportes al Departamento S sobre las entregas de los documentos, señalando en clave “entregas de regalos”, nuevas “operaciones quirúrgicas”.

La rezidentura del Distrito Federal detallaba los pagos para “las delegaciones”: se destinaban entre 75 y 200 dólares por mes para que cada “correo” pagara por una casa segura, combustible, comidas y todo cuanto requiriera para su misión.

También reportaban que OKH, el nombre clave de Adolfo Oribe de Alba, había entregado visas para que los moles Nicolás y María Fisher, identificados en pareja como Cheta, viajaran a Tiro (Nueva York) e hicieran la entrega a Michael W. Burd, alias Bass, el propietario en Nueva York de la Midland Export Corporation.

Los informes a Moscú aclaraban que Burd utilizó sus contactos en Washington para conseguir visas de tránsito para los Fisher­ y que pudieran recorrer varios puntos del país. Burd le pagó alrededor de 600 dólares a David Niles, un asesor de los presidentes Roosevelt y Truman, para obtener los permisos.

El dinero entre el Distrito Federal y Nueva York corría eficientemente para el Proyecto Enormous. Leonidas no padeció, como ocurrió en la Operación Gnomo, los retrasos de fondos. Los dólares destinados a financiar a los agentes que salían del Distrito Federal para cruzar a Estados Unidos se acrecentaban cada vez más. Se mandaban a una cuenta de Oribe de Alba. Los grandes montos llegaron a poner en jaque al funcionario, ya que en una ocasión le transfirieron 8 mil 248 dólares, equivalentes a 40 mil pesos, en ese entonces una fortuna. Lombardo Toledano tuvo que intervenir para prohibir que se sacara de un solo retiro tal cantidad de dinero, ya que “una suma así atraería de inmediato la atención hacia Oribe”, argumentó.­

(…)

Para los primeros días de junio de 1945, se informó a Moscú que en menos de dos semanas se realizaría el primer ensayo de la bomba atómica, precisamente en un campo de tiro llamado Alamogordo, ubicado a 200 millas al sur de Los Álamos. El experimento se realizó con éxito el 16 de junio de ese año.

(…) El 6 de agosto, un bombardero del ejército estadunidense arrojó la primera bomba atómica, bautizada como Little Boy, contra Hiroshima. La superarma mató al instante a alrededor de 140 mil japoneses. Tres días después se lanzó una bomba de implosión de plutonio, Fat Man, sobre Nagasaki, con lo que murieron alrededor de 40 mil personas al instante. Japón se rindió días más tarde, el 14 de agosto.

El mariscal Stalin quedó fascinado con el poder destructor de la bomba y demandó a sus equipos que redoblaran los esfuerzos para obtenerla. A finales de ese año, ya se habían reunido los materiales necesarios para replicar un reactor. Sin embargo, el dictador soviético corroboró que la supuesta superioridad intelectual de la Academia de Ciencias de la URSS sobre la ciencia capitalista no era más que propaganda política de su partido. Para noviembre, el primer reactor ruso quedó edificado, aunque no fue posible generar la reacción en cadena; sí, en cambio, con el manejo de material radioactivo, el primer accidente nuclear de la historia.

(…) El experimentado Leonidas Eitingon fue ascendido a general y sumó otra presea a su larga carrera, que hacía olvidar su fracaso en el atentado del excanciller alemán Von Papen o el fallido plan para rescatar a Mercader. Su reciente éxito se sumaba a sus logros, donde destacaba el asesinato de Trotsky…