El delirio de 1914 (*)

El teniente Sturm, de Ernst Jünger.

A finales de 1914, apenas declarada la movilización en Alemania, Ernst Jünger se presentó como voluntario en el ejército de su país, preparado para el combate en las trincheras. Tenía sólo 19 años y quería conocer in situ el fragor de la batalla. No lo invadía, como a muchos compatriotas suyos, el delirio colectivo ni el patriotismo del himno y la bandera. Buscaba –como lo escribió en sus Diarios de la Primera Guerra Mundial– una experiencia límite. Terminado el conflicto, Jünger publicó en 1923 una novela singular: El teniente Sturm, recién traducida al español por Tusquets en su colección Andanzas. Con autorización de la editorial, Proceso ofrece unos fragmentos de esta emblemática obra.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Sturm estaba hoy de mal humor. Se debía sin duda a la primera y triste impresión del día. Había tenido que envolver el cuerpo del muerto en una lona de tienda de campaña y dar orden de llevarlo al pueblo por los ramales de aproximación. Luego había dado una vuelta por su sector de trinchera y había seguido el desarrollo de los trabajos de fortificación.

Le repugnaba todo lo técnico y, sin embargo, la construcción de la trinchera, que convertía un insignificante trozo de naturaleza en una compleja instalación de combate, había ido fascinándole cada vez más. Lo atribuía a la influencia de la guerra, que llevaba toda actividad por derroteros más simples. En aquel ambiente uno se volvía más concreto. Precisamente por eso, las horas que se podían dedicar al dominio del espíritu devenían un sutil deleite, potenciado por aquel contraste extremo.

Quizás era también lo claro y preciso de esas instalaciones militares lo que tanto le impresionaba. Recordó que en una avenida a orillas del río de su ciudad natal, en el norte de Alemania, a menudo se quedaba contemplando largo tiempo una antiquísima torre en cuya formidable obra de sillería, desprovista de ventanas, sólo se recortaban delgadas aspilleras.

Esa torre se alzaba como un gesto amenazador sobre un laberinto de frontones; sólo ella sobresalía, como unidad firme e inalterable, por entre el rígido mar de estilos cambiantes. Sólo el combate producía esos fenómenos. Cuando Sturm caminaba por las noches en torno a los bloques de los traveses y detrás de cada uno de ellos veía figura armada montando solitaria guardia, entonces tenía la misma sensación: gigantesco y fabuloso.

***

(…) Cuando el sol hubo disipado la niebla, Sturm se había arrastrado por delante de la línea de combate a través de los ramales ciegos abandonados y, en su antigua posición que él llamaba “tiradero”, se había puesto al acecho con el fusil de mira telescópica. El ramal ciego ya sólo consistía en una depresión del terreno, plana y endurecida por el sol, que serpenteaba a través de los prados devastados. Cuando la tierra de nadie vibraba en la cálida luz del mediodía, se concentraba en esa hondonada un anestesiante perfume de tierra recalentada y de etérea esencia de flores. La flora del país había experimentado una extraña transformación desde que la hoz ya no pasaba por ella. Sturm había observado detenidamente cómo algunas plantas que hasta entonces habían subsistido a duras penas entre las ruinas y al borde de los caminos, se habían ido apoderando poco a poco de las amplias superficies en las que, aquí y allá, las máquinas cosechadoras seguían corroyéndose, como especies animales extinguidas. Ahora planeaba sobre los campos un olor distinto, más vivo y agreste.

Y también el mundo animal experimentaba esa transformación. Así, la cogujada común había desaparecido totalmente desde que los caminos sólo se distinguían en el paisaje como largas cintas pobladas de cardos. En cambio la alondra común se había multiplicado de un modo increíble. Cuando la aurora trazaba la primera línea plateada en el extremo oriental del horizonte, sus trinos cubrían la campiña como una única melodía…

(…) Todo eso lo había hecho el hombre. Su alma sufría una transformación, y el paisaje adoptaba una nueva apariencia. Porque todo se debía a la actuación humana, pero el efecto era a veces tan inmenso que el hombre ya no se reconocía en él. Y con todo, aquellas noches del páramo, envueltas por las sacudidas de los fogonazos e iluminadas por el brillo incierto de los proyectiles luminosos, eran un fiel reflejo de su alma.

Cuando estaba apostado en su tiradero, Sturm reconocía que también él se había convertido en un ser diferente. Porque el hombre que, apostado detrás de un abrojo, miraba fijamente por el visor del fusil, al acecho de su presa, no era el mismo que, apenas dos años atrás, se movía con toda normalidad por el laberinto de las calles y conocía como la palma de su mano hasta la última faceta de la gran urbe. Y, sin embargo, ¿qué fue lo que en aquel entonces le ocurrió a él, al hombre de libros y de cafés literarios, al intelectual? ¿Qué le había hecho alistarse en el Ejército, enfrascado como estaba en la tesis doctoral? Había sido ya la guerra, que él llevaba en la sangre como todo auténtico hijo de su tiempo, mucho antes de lanzarse, cual bestia furiosa, al escenario de los hechos reales. Porque el intelecto había traspasado sus propios límites y hacía equilibrios, cual paradójico funambulista, entre contradicciones irreconciliables. Un tiempo aún y se estrellaría en el precipicio de una carcajada demente. Y he aquí que, sin duda, ese péndulo misterioso que oscilaba en todo lo que tenía vida, esa inconcebible razón universal, osciló hacia el lado contrario y, golpeando con puño violento, generando una inmensa explosión, trató de abrir en el inamovible muro de sillería una brecha que llevara a nuevas vías. Y una generación, una ola en el mar, lo calificó de absurdo, porque fue la causa de su hundimiento.

***

Como quiera que fuere, la vida de los sentidos era hoy más intensa. Eso lo expresaba ya el ritmo de la respiración cuando se estaba al acecho frente al enemigo. No se era entonces sino músculos en tensión, ojos y oídos. ¿Quién habría ni soñado con esas sensaciones dos años atrás?

¿Cuál era la causa de todo eso? ¿Era la patria? Cierto, Sturm tampoco había podido sustraerse al delirio de 1914; sin embargo, sólo cuando su espíritu hizo abstracción de la idea de patria vislumbró la fuerza que le daba impulso con enorme ímpetu. Ahora, los hombres de todos aquellos pueblos hacía tiempo que le parecían como esos enamorados, cada uno de los cuales se desvive por una sola mujer, sin saber que todos ellos están obsesionados por un amor.

(…) Una nueva generación estaba creando una nueva concepción del mundo al vivir una experiencia procedente de tiem­pos remotos. Esa guerra era una nebulosa primigenia de posibilidades psíquicas, cargada de desarrollos; quien veía en su influencia solamente lo bárbaro y brutal, desgajaba un único atributo de un complejo gigantesco con la misma arbitrariedad ideológica que quien sólo veía en ella lo heroico y patriótico.

Tras ese entreacto, Sturm había regresado a la trinchera y, de camino a su abrigo, le decía a voces a todo repartidor· de rancho y a todo centinela que se cruzaba con él:

–Acabo de despachar a uno.

Se había fijado muy bien en los rostros y ninguno de ellos dejó de sonreír en señal de aprobación…

(…) Creo que será nuestra literatura la que refleje de nuevo ese anhelo de lo diverso: el artista huye de los tiempos heroicos.

–¿Esa es también, sin duda, la razón por la que apenas mencionas la guerra? –preguntó Hugershoff.

–Lo he intentado dos veces. Pero he notado que siento un rechazo contra todo lo que en ella va más allá de los puros hechos. Vivo demasiado dentro de ella para poder contemplarla como artista. Quizá me sea posible dentro de cinco años. Para observar se necesita distancia.

* Título de la redacción.

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El teniente Sturm, de Ernst Jünger (primeras páginas) by Revista Proceso