El otoño de nuestra indignación

DF. Exigen investigar desaparición de normalistas en Iguala, Guerrero.
Foto: Miguel Dimayuga

Breviario de lo que nos viene sucediendo

Ahí sigue la pinta en la base de una de las fuentes de Paseo de la Reforma: “Pienso, luego me desaparecen”. Fue escrita con una perfecta letra plateada el 8 de octubre de 2014 y, dos semanas después, sigue ahí. Hoy –miércoles 22– asistimos a la marcha de las indignaciones –“Protesta Global Todos Somos Ayotzinapa”–, a la que rasca el aire para asir un futuro de agitaciones nacionales e internacionales cuyo desenlace es esperanzado: “Que se vayan todos”. Un sitio ideal sin políticos, sin mediadores corruptos; sólo la gente representada por sí misma. Y aquí, vaya que hay mucha gente, marchando en silencio, indignada, llorosa, iracunda. Llenan el Zócalo de la capital de México, como no se había visto en anteriores movilizaciones: Guardería ABC, Reforma Energética, Cadena Humana contra la Ley de Telecomunicaciones, los maestros contra la Educativa. Algo ha cambiado. Pero, ¿qué es? Es el ánimo.

La frase cartesiana –“Pienso, luego…”– ha venido construyéndose en estos días en los que la educación y la cultura parecen ser el último reducto de lo tocado por las “reformas estructurales” o, como dice un cartel, de la “Reforma del Establo”. Son, por supuesto, los universitarios, los estudiantes del Politécnico que no habían salido a las calles en masa prácticamente desde aquel julio de 1968. Pero lo son, también, los maestros y alumnos de las normales rurales como Ayotzinapa. Una vez más se ven los rostros la ciudad universitaria y el patio rural. El signo está frente al Palacio Nacional: los mesabancos de madera cruda, vacíos, donde ya sólo se sientan las fotocopias de los rostros de los ausentes.

La historia se cuenta en desbandada: a un movimiento de las escuelas del Politécnico contra una reforma aparentemente administrativa que significa su fin como fuente de educación científica y tecnológica, se le une una desesperación por los desaparecidos –43– de una normal legendaria, en Ayotzinapa, Guerrero. Normales rurales formadas por el cardenismo para abastecer de letras a las comunidades agrarias e indígenas. Un Politécnico, también formado por el cardenismo para abastecer de científicos a la industria nacional. Los dos en riesgo de desaparición. Se asume que el delito es pensar.

Las fuentes de la indignación

Llego a Acapulco el 19 de septiembre. Se trata de un seminario sobre José Revueltas organizado por la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG). Se habla de las protestas en el Instituto Politécnico Nacional –leo algunas consignas entre las risas de los estudiantes sudorosos en las sillas del Fuerte de San Diego: “Más IPN, menos EPN”, “Mejor no estudio y me vuelvo presidente”, “Somos los nietos de los que no pudiste matar. Hijos de quienes no pudiste callar. Alumnos de los que no pudiste comprar”– que redundaron en un paro y el intento mediático del secretario de Gobernación, Osorio Chong, de calmarlas con un calculado “lo que pidan”. Inmersa en un proceso de reforma, la UAG ya no es la “universidad-pueblo” de los años setenta, sino que discute los límites de su propia autonomía y si el voto de los alumnos debe pesar tanto como el de los profesores. Van –me dicen los estudiantes– como el Politécnico, hacia un Congreso Universitario: “No queremos que nos suceda lo que en la UNAM en 1990. Ellos fueron solos y empataron con las autoridades. Nosotros queremos ir con los politécnicos de México”. Sin embargo, Acapulco está colapsado, no por la agitación estudiantil, sino por lo que ahora se percibe como su contrario: el alcalde Luis Walton Aburto acarrea tantos camiones para tener público en su informe de gobierno que no deja calle transitable. Mientras transcurre ese virtual secuestro de las autoridades del puerto decido hacer tiempo en La Granja, el restorán favorito de Carlos Montemayor, el autor de Guerra en el Paraíso. En medio de la modorra calurosa de Acapulco, de pronto, un comando de encapuchados –pasamontañas, ropa de camuflaje y rifles de asalto AR-15– irrumpe en el lugar. Miran a las familias desayunando con sus hijos, nos escrutan sin dejar de apuntarnos. De pronto, uno de los soldados-narcos –uno qué va a saber a estas alturas– saca del jardín a un cachorro de león. Lo mantiene entre sus brazos haciendo que su rifle de asalto se bambolee distraídamente entre apuntar al piso y a mi café de la mañana. Lo que me sorprende no es la aparición de un león en pleno restorán –los niños dicen: “Mira al gatito”– sino que los comensales no se alarmen de la presencia de un comando.

Ha pasado un poco más de un mes de esto mientras camino por la marcha de la “Protesta Global Todos Somos Ayotzinapa” en la Ciudad de México. Supongo que ya en este recuerdo tan fresco estaban dadas las cartas de lo que sería la desaparición de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos Alanís: la prepotencia de los gobernantes preocupados sólo por su imagen, los cálculos electoreros y el acarreo; la aparente normalidad con la que se convive con gente armada; la idea de que los encapuchados dirigen un negocio irrebatible que va del gobierno a la heroína y de regreso; la suposición del país de la prepotencia impune: ustedes, aguántense. La respuesta civil, espontánea, irritada, recicla la frase de los argentinos durante la crisis de 2001: “Que se vayan todos”.

Desde la primera marcha en la Ciudad de México por Ayotzinapa – miércoles 8– el ánimo de resignación va apretando los puños: “Cuando se lee poco, se dispara mucho”; “¿A quién recurro cuando es la policía la que nos mata?”; “No los conocí, pero son mis hermanos”; “Las escuelas no forman guerrilleros. La desigualdad, sí”.

Pensar y desaparecer parecen sinónimos. Se equipara la existencia de los estudiantes pobres, radicales –hay que decirlo: el polvo no deja más alternativas–, con su ausencia.

Mientras transito por los contingentes de normalistas, universitarios de todas las persuasiones –unamitas, uacemitas, uamitas, polis: la pertenencia escolar como posible patriotismo–, las “goyas” y los “huelums”, pienso, a riesgo de desaparecer, que este México ya no es el de la resignación rulfiana. Ya no es el de “diles que no me maten” sino el de la consigna de Rosario Ibarra de Piedra en los años ochenta del siglo pasado: “Vivos los llevaron. Vivos los queremos”. Por eso el silencio, el luto, las veladoras no impregnan esta marcha de cientos, miles, hacia el Zócalo. Es la urgencia de vivir, de defenderse, de propinar el puñetazo épico a sabiendas de la superioridad del adversario. Tenemos al enemigo, el que nos quiere desaparecer, asesinar, quemar vivos con diésel –según el dicho del padre Solalinde, en una perfecta metáfora de la nueva “administración de la abundancia” petrolera– acobardado en sus oficinas. Inmóvil, el presidente Peña y sus secretarios, esquivos los dirigentes del PRD –esa franquicia que lo mismo puede decirse “de izquierda” que “realista”– y sus líderes municipales narcotraficantes no alcanzan a mirar el nivel de nuestra indignación. No la entienden porque provienen del México “del que se enoja, pierde”, de la resignación y el aguante como prueba de hombría. El dolor como símbolo nacional va mermando hoy en esta marcha por los desaparecidos. Lo que priva es la irritación y la vehemencia. No aguantarse, como en esa versión priista de que ser mexicano es ser un intachable faquir: no gritar con el picante, tragarse el desamor y los desdenes, dejarse quemar por la autoridad y el tequila. Es un “ya basta”, menos retórico que en otras ocasiones. El ánimo ha cambiado.

Mientras camino por los contingentes saludando a los profesores de la Universidad Autónoma de Sinaloa, al rockero inextinguible Guillermo Briseño, a la inagotable periodista Carmen Aristegui, a Sara Schultz, la experta en arte contemporáneo en su bicicleta, recuerdo en flashazos un encuentro con los maestros de la Sección XXII en Oaxaca hace apenas unas semanas, el sábado 11. Quinientos profesores de primarias rurales en la escuela primaria Abraham Castellanos con sus techos de Eiffel –un sismo de 5.7 a la mitad de la charla nos hizo correr hacia los cimientos metálicos– y su inusitada combatividad. Me viene a la memoria el discurso de unos de sus maestros, con su camisa blanca almidonada, sus jeans, sus manos engarrotadas apretando un cuaderno de donde lee:

–La vía pacífica ya no es posible cuando el Estado es el que nos agrede.

Pienso en las autodefensas de Michoacán y Manuel Mireles en prisión. En la cruzada de Javier Sicilia, y los padres Vera y Solalinde. En Lydia Cacho. En los miles que desde la primavera hemos insistido en que la representación en México está muerta, que lo que dicen los partidos, el presidente, el Congreso, la televisión, las encuestas no es lo que realmente somos. El cambio de ánimo se operó en estos seis meses: en la lista de los verdugos, seguimos nosotros. Antes que desaparecer, vamos a defendernos. Recuerdo haberme acercado al profesor en el encuentro con la Sección XXII de la CNTE.

–¿Qué hacemos entonces, profe? –le pregunté absurdamente, como si alguien tuviera la respuesta que tiene que ser colectiva.

–No sé. A mí ya me jubilaron.

La herencia y el trauma

El viernes 17 apareció en Acapulco esta pancarta hecha por un estudiante: “Nos han quitado tanto que ya hasta nos quitaron el miedo”. A estos días de Ayotzinapa se les encuentra una memoria: son como el 2 de octubre de 1968 por la matanza de estudiantes ordenada por un poder que detenta el monopolio de la locura: la esposa del alcalde de Iguala, ovacionada por sus acarreados, peones del Cártel de los Beltrán Leyva, y su marido, José Luis Abarca, cuya oficina tenía espejos en vez de paredes para mirarse en ellos todo el tiempo. Son como la “guerra sucia” de los setenta por la consigna de que todo estudiante es sospechoso de subversión. Son el reverso de la izquierda de 1988, porque ahora es el PRD el involucrado en una represión en el mismo estado donde, hace 15 años, era la víctima del salinismo. Una herencia hecha de traumas, como la red de agujeros, se desmadeja entre las avenidas del país, seguros espejos de lo que sucede en el Zócalo de la capital, ese centro de centros, ese hueco de huecos.

Pero hoy, al recorrer las aceras, nada es igual a otros años. No es una fosa común. De la primavera disruptiva al otoño indignado hay un ánimo que viene de otros momentos. Por ejemplo del terremoto de 1985: si la autoridad se esconde, aquí estamos nosotros para hacerlo mejor, democráticamente y sin corruptelas. Sólo nosotros nos representamos. Por eso la insistencia de los estudiantes en desfilar con credenciales en mano: “Yo soy éste y tengo el mismo valor que aquél que aparece en la televisión”. Nadie que dijo representarnos cumplió con lo que se esperaba.

La crisis de representación alcanza así su fondo. Se lloran lágrimas de destierro a sabiendas que ese país que se nos ha ido es una herencia y no un trauma, y que sus gobernantes no serán ni siquiera un lamento. Me dirán que es la vida que nos llena de lazos que pocas veces conducen a algo, de esperanzas vanas, cochambres imperdonables, pero no.

A las afueras de los contingentes de esos estudiantes alegres del otoño una fila interminable de señoras levanta letreros hechos a mano. Uno de ellos recaba aplausos: “Estar vivo es subversivo. Mantengámonos así”.