CINE: Timbuktú

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El realizador mauritano Abderrahmane Sissako se dio a conocer hace unos años con Bamako (2006), apasionado panfleto político producido por Danny Glover, que simulaba un juicio contra el Banco Mundial y el FMI en la capital Malí. Mucho ha ocurrido desde entonces, el país africano cayó en manos del extremismo islámico, que además de destruir santuarios y documentos milenarios se dedicó a ejecutar, torturar y mutilar a la población resistente a la observación fanática de la yihad.

Timbuktú (Tombouctou; Francia-Mauritania, 2014) es el lamento de Sissako por la población de Mali, su país de adopción; una voz contra la ceguera de los yihadistas, y un llamado al mundo occidental que no se detiene a mirar lo que está ocurriendo en África.

La mirada es amplia; a diferencia de ficciones y documentales de directores americanos y europeos, los nuevos fariseos son tan humanos como sus víctimas. Fumar, jugar futbol, tocar y escuchar música, cometer adulterio, son acciones sujetas a castigos que van desde azotes hasta pena de muerte por lapidación (un caso real dio origen a la historia de la película); los yihad son tan proclives como todos, se esconden para fumar su cigarrito, hablan de futbol o codician la mujer del prójimo.

La literalidad de la ley, que suena a letra muerta en un país tan colorido en usos culturales, diferentes lenguas y tradiciones musicales, provoca lances jocosos; los guardianes no saben cómo responder a la pescadera que se rehúsa a usar guantes para vender pescado y ofrece las manos para que se las corten; o la mujer Tuareg protestando que si no quieren ver su cabello que volteen hacia otro lado. La aplicación mecánica sobre lo vivo es la definición de Bergson sobre lo cómico.

Por desgracia, la ley absurda en manos de hombres banales y tontos es maquinaria de muerte; entretanto, la gente de Tombuctú se defiende con el sentido común y con la poesía; Zabou (Ketty Noel) es una negra majestuosa que arrastra el velo y se carcajea de los yihad; un grupo de adolescentes juega un partido de futbol con una pelota imaginaria, magnífica danza en homenaje a la libertad y al deporte; el canto de la cantante (Fatoumata Diawara) es el único consuelo al dolor mientras recibe cuarenta latigazos. Incluso de lado de los extremistas, un guardia danza una estupenda coreografía en una azotea.

En una tienda apartada en el desierto, vive un matrimonio de Tuaregs junto con su hija única y otro adoptado; pastores que por la noche cantan y tocan música. Apoyado en la cámara del talentoso fotógrafo tunecino Sofian El Fani (Vida de Adela), Sissako invita al espectador a penetrar este espacio de intimidad, amor y poesía, que evoca las Mil y una noches o la poesía de Omar Kayam.

El imán (Adel Cherif) de la escuela coránica, que reclama y confronta los abusos de los extremistas contra la gente pacífica, funciona como puente de salvación hacia el mensaje auténtico del Islam; el sabio resalta la fe, la compasión y la piedad de la religión que en algún tiempo fue sinónimo de tolerancia.