“Buenos muchachos”

Eran jóvenes de entre 20 y 31 años. Provenían de familias oriundas de países árabes. Crecieron en barrios de Francia y Bélgica y supuestamente se habían integrado a sus sociedades. Algunos tuvieron problemas con la justicia por delitos menores; otros en apariencia eran trabajadores, tranquilos, amables y hasta tímidos. Sus parientes y amigos no se explican cómo se radicalizaron al punto de militar en el Estado Islámico y cometer los atroces atentados del viernes 13 en París… Y sin embargo, los servicios de inteligencia les seguían los pasos a casi todos.

PARÍS.- Espectacular fue el operativo lanzado la madrugada del miércoles 18 para capturar o “neutralizar” a Abdelhamid Abaaoud, considerado por los servicios de inteligencia franceses como el cerebro y coordinador de los atentados que enlutaron esta capital la noche del viernes 13 al sábado 14.

Dicho operativo, que movilizó a los cuerpos de élite de la policía nacional apoyados por el ejército, estremeció el centro de Saint Denis, en las afueras de París. Informaciones y testimonios señalaban la presencia del terrorista en un edificio en el número 8 de la calle Corbillon.

Durante siete horas, 110 integrantes de las fuerzas especiales asaltaron un departamento ubicado en el tercer piso de ese inmueble. Los terroristas se defendieron con armamento pesado y granadas. Los policías replicaron disparando 5 mil balas, enfatizó Francois Molins, fiscal de París, la noche del miércoles 18.

En su discurso, difundido por las estaciones de radio y los canales de televisión de Francia, el funcionario mencionó que hubo dos muertos: una mujer kamikaze, fallecida al activar su cinturón con explosivos, y un hombre “tan acribillado que resulta difícil identificarlo”. Molins no descartó la presencia de otro muerto entre los escombros del departamento derruido durante el asalto y precisó que Abdelhamid Abaaoud no estaba entre las ocho personas detenidas.

A las 13:30 horas del jueves 19, el fiscal parisino anunció oficialmente la muerte de Abaaoud, un belga de origen marroquí, de 28 años, objeto de una orden de detención internacional emitida por las autoridades de Bélgica a principios de este año.

Abaaoud nació y creció en Molenbeek Saint-Jean, una comuna pobre de Bruselas. Su padre dejó Marruecos a fines de los setenta en busca de un mejor porvenir en Bélgica. Durante años trabajó como minero y logró juntar dinero para poner dos tiendas de ropa. Según contó en una entrevista publicada en enero pasado en el diario flamenco Het Laatste Nieuws, su idea era administrar una y confiar la segunda a su hijo.

“Teníamos una vida cómoda, inclusive una vida fantástica. Abdelhamid nunca fue un niño difícil y se había convertido en un buen comerciante. Pero de repente se fue para Siria. Todos los días me pregunto qué fue lo que lo llevó a radicalizarse. No tengo respuesta”, enfatizó.

Pero ese padre al que la vida de su hijo “cubre de vergüenza” no mencionó en la entrevista el pasado delictivo de Abdelhamid: fue encarcelado junto con Salah Abdeslam en 2010 por haber cometido robos a mano armada. Abdeslam es uno de los terroristas que recorrió en auto las calles de los distritos 10 y 11 de París, acribillando a clientes de cafés y restaurantes el viernes 13.

Al salir de la cárcel, Abaaoud trabajó en la tienda de ropa familiar hasta principios de 2013… y se esfumó.

Reapareció pronto en videos publicados en su página de Facebook vanagloriándose de combatir en Siria. Unas imágenes provocaron escándalo en Bélgica: lo muestran risueño manejando una camioneta que jala cadáveres mutilados.

Abaaoud destacó rápidamente como eficiente reclutador de yihadistas francófonos. Logró inclusive sacar a su hermano Younés, de 14 años, del hogar familiar para llevárselo a Siria, convirtiéndolo en “el yihadista más joven del Estado Islámico (EI)”. Su padre jura que jamás le perdonará ese “crimen”.

Según los servicios de inteligencia belgas, Abaaoud se encontraba en Bélgica cuando se perpetraron los atentados contra la revista Charlie Hebdo y el supermercado kosher de Vincennes los pasados 9 y 11 de enero, y se aprestaba a lanzar un ataque terrorista en Bruselas. El 16 de enero fuerzas especiales intervinieron en la ciudad de Verviers, a 125 kilómetros de la capital belga, y desmantelaron la célula terrorista antes de que entrara en acción. Dos yihadistas murieron en el operativo. Abaaoud escapó.

En julio pasado la justicia belga lo condenó, en ausencia, a 20 años de cárcel por conspiración terrorista.

Un “blanco fácil”

El nombre de Abdelhamid Abaaoud surge también en varias investigaciones sobre otros atentados cometidos o frustrados en Francia y Bélgica. Se comprobaron sus lazos con Mehdi Nemmouche, terrorista franco-argelino que asesinó a cuatro personas en el Museo Judío de Bruselas el 24 de mayo de 2014. Nemmouche y Abaaoud combatieron juntos en el mismo grupo yihadista en Siria.

Al parecer, Abaaoud también tuvo relaciones con Sid Ahmed Ghlam, terrorista argelino radicado en Francia y detenido el pasado 19 de abril cuando se aprestaba a cometer atentados contra dos iglesias de Villejuif, 10 kilómetros al sur de París.

Y por si fuera poco, Ayub al Khazzani, terrorista marroquí que intentó cometer un atentado en el tren Thalys que el pasado 21 de agosto viajaba de Ámsterdam a París, había pasado una temporada en Bélgica antes de intentar este ataque. Los servicios de inteligencia belgas y franceses establecieron que Khazzani estuvo en contacto con un grupo yihadista ligado a Abaaoud.

El martes 17 el matutino Le Parisien, que tuvo acceso a documentos de los servicios de inteligencia, reveló que el pasado 11 de agosto investigadores de la Dirección General de la Seguridad Interior detuvieron a Reda Hame, un yihadista francés, cuando regresaba de Siria. Durante su interrogatorio, Hame confesó que había pasado seis días en un campo de entrenamiento en la ciudad siria de Rakka y que Abaaoud le había pedido “escoger un blanco fácil, como una sala de concierto”, para cometer un atentado y matar al mayor número posible de gente.

Hame aseguró que Abaaoud le entregó una memoria USB con un software de encriptación y 2 mil euros en efectivo, y le aconsejó viajar a París vía Praga para pasar inadvertido.

Durante el interrogatorio, Hame precisó que Abaaoud ocupaba un puesto importante en EMNI (la seguridad interior del Estado Islámico) y se encargaba de enviar espías y combatientes francófonos a Europa. También advirtió sobre la preparación de nuevos atentados en Francia. Y enfatizó: “Todo lo que les puedo decir es que se van a dar pronto. Siria es como una fábrica en la que se buscan afanosamente todas las maneras de golpear a Francia y a Europa”.

Al tiempo que perseguían al coordinador de los atentados del viernes 13 y reconstruían minuciosamente los hechos, los servicios de inteligencia galos se lanzaron a la búsqueda de las redes de apoyo logístico de los terroristas y multiplicaron esfuerzos para identificar a todos los miembros de los tres comandos que atacaron París. Identificaron a cinco de ellos, pero hasta el jueves 19 aún les faltaba descubrir la identidad de por lo menos cuatro yihadistas más.

Desde Siria el EI lanzó la orden de desatar otra vez su poder de fuego contra París. Los terroristas planearon sus operativos en su feudo belga de Molenbeek-Saint-Jean y llevaron a cabo los últimos preparativos de sus atentados en viviendas alquiladas en Bobigny y Alfortville, en la periferia de la capital, y en el departamento de Saint Denis.

No se sabe aún si fue en Bobigny o Alfortville donde los yihadistas se coordinaron con quien fabricó los chalecos explosivos y que probablemente fue el mismo Abaaoud. Para producir los explosivos utilizaron peróxido de acetona, un producto básico, volátil, conocido en los medios del terrorismo islámico como “la madre de Satán”. Seis de ellos los activaron en la misma noche del 13 al 14 de noviembre. Tres se inmolaron cerca del estadio de Francia de Saint Denis, uno en un café del bulevar Voltaire, en el este de la ciudad, y dos en la sala de conciertos Le Bataclan.

El pasaporte sirio

La mañana del sábado 14 EI reivindicó los atentados en un comunicado triunfalista en el que celebró el “martirio” de “ocho hermanos” y el éxito de su “ataque bendito y facilitado por Alá” en los distritos 10, 11 y 18 de París y en el estadio de futbol. La realidad no fue exactamente la descrita por el EI.

No hubo atentado en el distrito 18. Uno de los yihadistas, Salah Abdeslam, hoy buscado en toda Europa, no activó los explosivos que llevaba en su cinturón y, por una razón aún desconocida, los terroristas que se inmolaron cerca del estadio no causaron –afortunadamente– la masacre planeada.

Fue con ese operativo fallido que el primer comando inició los ataques el viernes 13. A las 21:20 horas el primer kamikaze activó su carga explosiva cerca de la puerta D del estadio, matando a un transeúnte. El segundo se “sacrificó” a las 21:30 horas ante la puerta H y sólo él murió. Lo mismo pasó con el tercero, que se hizo explotar a las 21:53 horas. Además de peróxido de acetona, sus chalecos explosivos contenían tornillos, prueba de su intención de matar y herir al mayor número posible de personas.

Los investigadores de los servicios de inteligencia se preguntan perplejos por qué los tres hombres llegaron al estadio bastante tiempo después de haber comenzado el partido entre las selecciones de Francia y Alemania, al cual asistía el mandatario Francois Hollande, y por qué acabaron suicidándose “gratuitamente”.

Es también misterioso el pasaporte sirio encontrado al lado del cadáver hecho pedazos de uno de los atacantes. Christiane Taubira, ministra de Justicia de Francia, precisó que se trataba de un pasaporte falso emitido a nombre de Ahmad al Mohammad, de 25 años, nacido en Idlib, Siria. Los investigadores judiciales galos aseguran que tuvieron la confirmación de que Ahmad al Mohammad es un soldado sirio fallecido. No precisan cuándo y dónde murió.

Las huellas digitales del terrorista corresponden a las de un individuo registrado en la isla de Leros, Grecia, el pasado 3 de octubre, después de haber transitado por Turquía. Luego estuvo en Serbia, donde pidió asilo, y en Macedonia. El 8 de octubre apareció en el campo de refugiados de Opatovac, en Croacia. Finalmente se fue a Hungría. Ahí se le perdió la pista, hasta que reapareció cerca del estadio.

¿Se trata realmente de un terrorista infiltrado entre los migrantes sirios? ¿Podría ser una jugada maquiavélica del EI interesado en agudizar las tensiones que genera en Europa la llegada masiva de refugiados sirios?

El martes 17 la policía francesa difundió la foto que aparece en el pasaporte falsificado en un intento por descubrir la verdadera identidad del sujeto. Hasta el cierre de esa edición sólo se había identificado a uno de los tres kamikazes del estadio: Bilal Hadfi, de 20 años y con cara de adolescente travieso.

Hadfi nació en Francia, pero su familia se mudó a Bélgica cuando aún era niño y se instaló en Neder-over-Hembeek, en los alrededores de Bruselas. Tenía 12 años cuando murió su padre. Era un estudiante rebelde del Instituto Técnico de Anneessens Funck de Bruselas en el que se capacitaba para ser electricista. El pasado enero peleó con sus maestros porque se rehusaba a condenar los asesinos de los caricaturistas de Charlie Hebdo.

Un mes más tarde explicó a su madre que iba a Marruecos para visitar la tumba de su padre. “En realidad se fue a Siria”, explicó la mujer en una entrevista publicada el martes 3 en el diario La Libre Belgique. Siguió contando: “Cuando vino a despedirse tenía los ojos rojos. Me abrazó. Sabía que nunca iba a regresar”.

Según confían su madre y sus amigos cercanos, Bilal se radicalizó en la primavera de 2014. Bruscamente dejó de fumar tabaco y mariguana, de escuchar el rap que antes le fascinaba, de emborracharse. Empezó a rezar cinco veces al día y se hundió en la religión.

Una vez en Siria abrió una página en Facebook en la que aparecen numerosas fotos suyas. Una lo muestra posando con un fusil Kalashnikov en las manos. En julio lanzó en esa misma página un virulento llamado a “realizar ataques contra Occidente”.

Hasta ahora no se sabe absolutamente nada sobre el tercer yihadista que se inmoló en Saint Denis.

Recorrido criminal

Cinco minutos después de la muerte del primer kamikaze en el estadio, un segundo comando de tres terroristas empezó su recorrido criminal por las calles de los distritos 10 y 11 de París a bordo de un Seat León. A las 21:25 horas el vehículo redujo la velocidad en la esquina de las calles d’Alibert y Bichat. Bajaron de él dos terroristas armados con Kalashnikovs y dispararon contra los clientes que estaban en las terrazas del bar Le Carillon y del restaurante Le Petit Cambodge; mataron a 15 personas e hirieron de gravedad a diez más.

Siete minutos más tarde, a las 21:32 horas, repitieron su “hazaña” en la esquina de Fontaine-au-Roi y Faubourg Saint Antoine, matando a cinco clientes del bar A la Bonne Bière e hiriendo a cinco más. Cuatro minutos después, a las 21:32, el Seat León se detuvo frente al restaurante La Belle Equipe.

Según Jenny, una joven vecina del establecimiento entrevistada por la reportera, dos hombres salieron del auto y ametrallaron a las personas que cenaban en la terraza del restaurante.

“Estaban muy seguros de sí mismos –cuenta Jenny–. Se veían como guerreros. Todo fue rápido. Se oían los disparos en medio de un silencio terrible. Luego se subieron al auto y se fueron a toda velocidad. Sólo después se oyeron gritos, alaridos de dolor y pánico. Había gente tendida en el andén y sangre, mucha sangre.”

Ese ataque cobró la vida de 19 personas y lesionó a otras nueve.

El auto se dirigió hacia la Plaza de la Nación. Se detuvo ante el café Le Comptoir Voltaire, en el boulevard del mismo nombre. Un yihadista bajó del vehículo a las 21:40 horas y activó de inmediato los explosivos de su chaleco en la puerta del café. Murió en el instante e hirió a una mesera.

Por la mañana del domingo 15 la policía encontró el Seat León estacionado en Montreuil, un barrio a orillas de la Plaza de la Nación. Ahí halló tres fusiles Kalashnikov y un GPS. El auto tenía placas de Bélgica y fue rentado a nombre de Brahim Abdeslam, quien –se comprobó rápidamente– era el kamikaze de Le Comptoir Voltaire y pertenecía al segundo grupo terrorista junto con su hermano menor Salah Abdeslam, de 26 años, y otro yihadista aún no identificado.

Brahim Abdeslam, de 31 años, nació en Francia en una familia de Marruecos que se mudó a Bélgica y se instaló en Molenbeek-Saint Jean. Cuando era adolescente cometió algunos delitos menores. Hace cinco años fue brevemente encarcelado por un robo de documentos de identidad.

Acabó comprando un bar –el café Les Béguines– en el mismo barrio de Molenbeek. El jueves 5 las autoridades judiciales ordenaron la clausura del establecimiento por considerarlo un “centro de consumo de sustancias alucinógenas prohibidas”.

Según la prensa belga, en Molenbeek los hermanos Abdeslam distaban de tener fama de musulmanes radicales. Sus vecinos y conocidos aseguran que nunca frecuentaban las mezquitas del barrio, que pasaban el día en su café fumando mariguana y viendo partidos de futbol. Afirman que además de drogas, Les Béguines vendía bebidas alcohólicas. Varios de sus amigos cercanos insisten inclusive en que los dos hermanos visitaban prostitutas con bastante frecuencia.

En 2009 Salah entró a trabajar como técnico de mantenimiento en la compañía municipal de transporte público de la ciudad de Ixelle. Pero un año después fue despedido por “ausencias frecuentes”. A partir de 2010 cayó en la delincuencia junto con su cómplice, Abdelhamid Abaaoud. Juntos fueron detenidos y encarcelados por robo a mano armada. Al salir de la cárcel Salah ayudó a su hermano Brahim a administrar su café.

Los servicios de inteligencia belgas tenían en la mira a los hermanos por sus lazos con jóvenes que iban a combatir a Siria y por su amistad de siempre con Abaaoud.

A diferencia de los demás kamikazes, Salah no se inmoló después de haber cumplido su misión mortífera. Según descubrió la policía judicial, al amanecer del sábado 14 llamó a Mohamed Amri y Hamza Attou, dos amigos suyos, belgas, de Molenbeek, para que lo rescataran. Éstos salieron de inmediato hacia París para recogerlo. El auto en el que viajaron los tres de regreso a Bruselas fue detenido por la policía francesa cerca de la frontera franco-belga, pero aún no se conocía la implicación de Salah en los atentados y el vehículo continuó su ruta.

Amri y Attou están actualmente detenidos en Bélgica investigados por su presunta complicidad en actos terroristas. Salah está prófugo.

Le Bataclan

La misión del tercer grupo de yihadistas era llevar a cabo una masacre en Le Bataclan antes de inmolarse. Cumplieron cabalmente.

Unos minutos después de que acabó el operativo de los hermanos Abdeslam, un Volkswagen Polo negro con placas de Bélgica y –se supo después– alquilado a nombre de Salah Abdeslam, se estacionó cerca de la sala de conciertos donde alrededor de mil 500 personas escuchaban al grupo estadunidense Eagles of Death Metal.

Tres hombres dispararon indiscriminadamente contra la multitud y tomaron rehenes durante casi cuatro horas. Las fuerzas de élite de la policía intervinieron después de medianoche. Ahí murieron 89 personas. Los médicos forenses se demoraron cinco días en identificar los cuerpos de las víctimas, en su gran mayoría jóvenes, muchos despedazados por la explosión de las bombas o las ráfagas de las ametralladoras.

Dos de los yihadistas activaron los explosivos de sus chalecos antes de que la policía los abatiera. El tercero no tuvo tiempo de hacerlo. Se llamaba Samy Amimour, tenía 28 años, era francés y su historia ilustra la situación dolorosa que viven hoy centenares de familias de jóvenes franceses y europeos reclutados por el Estado Islámico.

Amimour, nacido en 1977 en París, vivió con sus padres en Drancy, un suburbio norteño de la capital. Fue un adolescente tranquilo, casi tímido, a quien le gustaba usar ropa deportiva de buena marca, recuerda el alcalde de Drancy, quien conoce bien a la familia del muchacho, de origen bereber.

En 2011 Amimour fue contratado como chofer de autobús, oficio que pareció gustarle. Ese mismo año empezó a frecuentar la mezquita radical de Blanc Mesnil, un suburbio cercano de Drancy. No tardó en pasar todo su tiempo libre hundido en las páginas electrónicas de organizaciones islamistas radicales. Su madre, feminista convencida que participa activamente en la vida cultural de Drancy, asistió impotente a la metamorfosis de su hijo, que dejó de hablar con ella porque rehusaba llevar el velo islámico.

Amimour renunció a su trabajo en 2012 y en septiembre del mismo año fue detenido por los servicios de inteligencia galos mientras intentaba viajar a Yemen junto con dos de sus compañeros para realizar entrenamiento militar en aquel país. El juez le impuso un control judicial muy estricto, el cual violó nueve meses más tarde para irse a Siria.

Su padre, Mohamed Amimour, hizo lo imposible para sacarlo de las garras del Estado Islámico. El 18 de diciembre de 2014 Le Monde publicó su testimonio desesperado en el que contó su viaje a Turquía y luego su ingreso clandestino a Siria en busca de su hijo. Quería convencerlo de renunciar a la vida que llevaba. Fue en vano.

Amimour, que se hacía llamar Abu Hajia (Abu Guerra), estaba casi irreconocible. Caminaba con muletas. Era frío y lejano. Lo acompañaba otro yihadista que nunca lo dejó solo. Su padre entendió que lo había perdido para siempre.

El segundo kamikaze de Le Bataclan se llamaba Ismael Omar Mostefai, tenía 29 años, era francés. Estaba casado y tiene una hija que acaba de cumplir cinco años.

Mostefai nació en Courcouronnes, suburbio del suroeste de la capital. Su padre era argelino y su madre, portuguesa. Estudió en el liceo Georges Brassens y sus profesores lo describen como un alumno problemático. No tardó en llamar la atención de las autoridades policiacas y judiciales. Ocho veces fue condenado por delitos menores –pequeños robos y venta de droga– entre 2004 y 2010, pero nunca fue encarcelado. En ese periodo vivía en Chartres, a cien kilómetros de París.

Su radicalización se remonta a 2010, cuando empezó a frecuentar la mezquita integrista de Lucé, en las afueras de Chartres, en la que tejió lazos estrechos con un islamista radical belga que hacía proselitismo en la región.

Sus vecinos lo recuerdan como un hombre tranquilo, pero en realidad Mostefai estaba bajo vigilancia de los servicios de inteligencia franceses. En 2012 dejó Chartres y se escabulló. Se señaló su presencia en Siria y luego en Turquía durante el invierno de 2013-2014 y luego otra vez se perdió su pista hasta el viernes 13.

No se conoce todavía la identidad del tercer kamikaze de Le Bataclan.

La sangre fría y la determinación de los terroristas impresionaron a sus víctimas, quienes describen su comportamiento como “mecánico”, aunque también los califican de “gente aguerrida”.

Y llamó la atención de los investigadores el descubrimiento de jeringas en una de las dos habitaciones alquiladas en Alfortville a nombre de Salah Abdeslam. Los expertos arriesgan dos hipótesis: los yihadistas utilizaron esas jeringas para introducir el peróxido de acetona en las cargas explosivas o bien para inyectarse captagón, una anfetamina que inhibe el miedo, el cansancio y el dolor físico y da una sensación de potencia extrema.

Hasta 2011 Líbano fue el gran surtidor de captagón. Desde hace tres años esa droga se elabora esencialmente en Siria. Se tienen pruebas de su uso en mandos de los combatientes del Estado Islámico.

La autopsia de Seifeddine Rezgui, el terrorista de 23 años que mató a 39 turistas e hirió a 39 más en la playa tunecina de Sousse el pasado 26 de junio, reveló que había actuado bajo el efecto del captagón. Rezgui, entrenado por el EI en Libia, exhibía una extraña sonrisa después de haber acribillado a turistas espantados.

El jueves 19 el primer ministro francés, Manuel Valls, celebró la neutralización de Abaaoud, pero se abstuvo de todo triunfalismo. Por el contrario, advirtió que había más células terroristas por desmantelar en Francia y no descartó la eventualidad de atentados con armas químicas o bacteriológicas por parte del EI. l