Yo no quiero al año viejo…

La letra de la canción tradicional muy tarareada por estas fechas dice: “Yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas”. Sin embargo, habrá que corregirle la plana a Tony Camargo, porque de este año que fenece no pueden elevarse cuentas tan positivas como para no olvidarlo.

El tratamiento puede ser similar a todos los fines de año, a fin que es consigna general proponerse para estas fechas corregir la plana y mejorar, si ya no la redacción, al menos la ortografía vital de lo que se va escribiendo con nuestras existencias. Propósitos que luego no cumplimos. Así vamos llevando nuestra parte de rueda de la fortuna, la que nos ha tocado en suerte hacer rodar.
Este 2015 nos hizo ver en crudo un piélago de cosas de las que hubiéramos preferido mejor no darnos cuenta. Por ejemplo que el PRI volvió por sus fueros y que tomó el control de las curules del Poder Legislativo. No obtuvo la mayoría por sí mismo. Recurrió al esperpento de partido llamado Verde Ecologista. Por si les hiciera falta sumaron a su paquete de levantadedos irreflexivos a los del partido del Panal. Ya juntos ellos le darán trámite a todos los caprichos que lleguen al recinto legislativo por parte del Poder Ejecutivo, también bajo el control de la aplanadora priista.
Con este reporte a nivel político, tendríamos suficiente para iniciar una larga cadena de lamentos. No es buena nota, ni hay forma de mejorarla. Vimos que en otros lados, cerca y lejos, en Argentina y Venezuela, en España y Grecia, los momios de los paquetes electorales se movieron en serio y hasta cambiaron de espectro. Aquellas realidades nos quedan lejos como para extender juicio sobre ellas. Pero nos queda cerca entender que aquellos forasteros, como nosotros mismos, fincan sus esperanzas de enjuague y rejuego cotidiano en los resultados del conteo de las urnas a lo que son convocados. Si expresaron su desencanto y hasta su enojo por el actuar de sus políticos, éste surtió efecto y terminaron echándolos de los sitiales administrativos. A nosotros parece estarnos negada hasta esta fantasía. Y ésta no es, definitivamente, una buena nota.
Lo electoral es un juego procaz y obsceno. Con él se da juego a la legitimación formal de las decisiones que toman los que se encaraman en el poder. Las tales decisiones influyen de manera directa en nuestro actuar cotidiano, en nuestras alegrías y tristezas concretas, en nuestro desempleo, en nuestra pobreza, en nuestras aflicciones, en nuestra falta de competitividad, en el saqueo de los recursos naturales por nuestros brazos trabajados, en su transformación y mala retribución, en la desigualdad económica que se nos ahonda cada día más. El retorno de la banda tricolor no sólo es mala nota del año que termina, sino que nos viene a resultar hasta ofensiva, por su procacidad obscena.
Visto el hecho con detenimiento, no obtienen la calificación de “democráticos” nuestros procesos electorales. A nadie, en su sano juicio, se le puede hacer creer que nuestra población sea tan lerda, para reinstalar en los puestos de mando a estos personeros de conducta aviesa, que aprueban lo que les ponen enfrente, sin discutir, sin tomarse la molestia de leer lo que convertirán luego en norma y ley. Su bochornosa reinstalación en curules debe tratarse de procesos amañados, de una suerte de maldición en un juego con los dados cargados. Eso poco o nada tiene que ver con la democracia. Debemos sabernos reprobados. No a cuenta simple del año que termina, sino de nuestra conciencia política, pero va registrado en los anales presentes, cual clavo que remacha nuestro mal.
Como juguete nuevo, nos brotaron por ahí, salteaditas, las llamadas candidaturas independientes. Anda por el Congreso local un fantasmal Pedro Kumamoto, quien por esta vía obtuvo su ingreso a esa sala de infamia en que está convertido el Congreso local. Hasta el momento transcurre él sin pena ni gloria. Todo lo que promueva tiene que encararlo a cuatro decenas de diputados con los que por fuerza tiene que negociar. Su voto único no lo lleva a ninguna parte.
Es una independencia muy cuestionable la suya. Es difícil, si no imposible, que rompa la contradicción inherente al punto. Lo independiente abandera lo individual como válido en una tarea donde la vista y la inteligencia de todos tienen que capotear meros asuntos colectivos. Es una paradoja a la que sus promotores no le han dedicado un renglón. Como se trata de una moda, y como también andan calificándola como una experiencia exitosa para futuros certámenes electoreros, habrá que ir poniendo a remojar el tintero para afrontar, como ésta, muchas otras contradicciones cotidianas.
El que no va a necesitar que lo desmantelen ni lo pongan en la picota, porque él solo se encargó de encuerar sus desnudeces, es el llamado Bronco, al que entronizó nuestro juego de abalorios electoral en la gubernatura de Nuevo León.
Hay dos o tres diputados en el país que, como nuestro Kumamoto, andan envueltos en el beneficio de la duda. Pero Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, ya no tiene nada que ocultar. Su juego está abierto y no le queda una sola carta escondida. Habiendo sido político priista de toda la vida, no se entiende cómo una buena parte de su electorado se tragó entera la especie de que se trataba de una personalidad independiente de los partidos. Desde acá, que no es territorio neoleonés, se le traslucía la banda tricolor hasta las greñas. ¿Cómo no repararon en un dato tan burdo sus propios electores? Ahora, a destiempo, empiezan a quejarse, como siempre.
Ese es el tipo de engaños que hay que desentrañar y desmantelar antes de que nos haga más daño. El año que se va nos trajo esta suerte de juguetes de mal agüero: lo propio y lo simulado. No nos dejó mucho tiempo para sentarnos a reflexionar sobre el malhadado retorno triunfal del PRI y sus alianzas con bufones, mucho menos la mascarada de los independientes.
Si a estos pendientes agregamos lo acumulable de otras listas: la fuga del Chapo; las masacres de Apatzingán, Villa Purificación, Tanhuato y La Calera; el descubrimiento de más fosas clandestinas atestadas de cadáveres sin identificar; los acontecimientos irresolutos, traslapados de años anteriores, como lo de Iguala, perpetrado en la humanidad de los muchachos de Ayotzinapa y que sigue tan vivo como el primer día; definitivamente no podemos calificar de positivo al año viejo: no nos ha dejado cosas tan buenas. Lo mejor será desearle que ya concluya y que, a nosotros, la suerte no nos desampare con el año que viene. Es el deseo de este redactor a todos nuestros lectores.