Un año de impunidad y temor

El miércoles 6 se cumplió un año de la masacre de San Sebastián del Oeste, cuando una lluvia de fuego abatió a 15 agentes de la Fuerza Única de Jalisco. Fue el más cruento golpe del CJNG a las autoridades locales y federales, incluso peor que el del 1 de mayo siguiente, cuando los sicarios derribaron un helicóptero militar. Sin embargo, al rendir homenaje a los uniformados caídos, el fiscal Eduardo Almaguer no dio a conocer ningún avance en la investigación y los sobrevivientes de la emboscada temen hablar a los medios.

El ataque que hace un año cometieron sicarios contra un convoy de la Fuerza Única de Jalisco (FUJ) en San Sebastián del Oeste, donde murieron 15 agentes estatales y otros cinco quedaron gravemente heridos, demostró que la delincuencia organizada tiene capacidad para atentar aun contra los funcionarios mejor protegidos, advierte Jesús Morales Hernández, El Momia, académico de la Universidad de Guadalajara (UdeG) especializado en temas jurídicos.

Originario de Arandas y exintegrante de la guerrilla urbana de los años setenta, Morales Hernández considera que el atentado contra la FUJ evidencia la peligrosidad de las bandas del narcotráfico: “Tienen toda la capacidad militar y política, la organización. No hay obstáculo para ellas en este momento. Es un mensaje de poder y de dominio, en el que advierten: ‘Me apoyas o te friego’”.

Lo peor, dice, es que “el crimen organizado ya rebasó las estructuras del Estado, porque ahora el poder político ya está en sus manos. La estructura económica ¿de quién es? Es de la delincuencia. Lo dice muy bien el investigador Edgardo Buscaglia: el 73% del Producto Interno Bruto (PIB) es del crimen organizado.

“No es sólo por el hecho de que haya lavado de dinero. La estructura económica es de ellos, van por la estructura política y, lo vuelve a decir Buscaglia, el crimen organizado aporta el 76% de los recursos para las campañas. ¿Eso qué nos indica? Que todos los candidatos son suyos.”

El pasado 6 de abril, aniversario de la masacre, autoridades de Jalisco encabezadas por el fiscal general Jesús Eduardo Almaguer Ramírez, se trasladaron al kilómetro 55 de la carretera libre Mascota-Las Palmas, municipio de San Sebastián del Oeste, para rendir homenaje a los policías caídos.

En el lugar de la emboscada Almaguer leyó un mensaje: “Tenemos una decisión inquebrantable para alejar de nuestro estado y de nuestra sociedad a quienes durante los últimos años tanto la han dañado”. También entregó una medalla a los sobrevivientes del atentado.

En el acto oficial se recordó a Deyvi Almeida Hernández, Bonifacio Velázquez Díaz, Ramón Águila Espejo, Jesús Chávez Rodríguez, Alberto Chávez Rodríguez, Pedro Oliveros Rosa, Gilberto Aguilar García, Carlos Cázares López, Rosendo Fregoso Ramírez, Gerardo Hernández Padilla, Antonio Nolasco Reynaga, Gerardo Rojas Soto, Ricardo Uribe Niño, Rigoberto Murillo Prieto y Valente Chávez Hernández.

A la ceremonia no fueron invitados los medios de comunicación. Tampoco se informó sobre los avances de la investigación para capturar a los responsables ni se habló sobre las condiciones en que trabajan los policías que lograron salvar la vida aquel trágico día.

La emboscada contra el convoy de la FUJ ocurrió rumbo a la Costa Norte de Jalisco, cerca del poblado de Soyatán. Del hecho se responsabilizó a presuntos integrantes del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), según dio a conocer la Fiscalía General del Estado (FGE), entonces a cargo de Luis Carlos Nájera.

Por las características del ataque y los indicios hallados en el lugar, la autoridad estatal indicó que habían participado al menos 80 sicarios con rifles de asalto y lanzagranadas, quienes utilizaron cientos de litros de gasolina, vehículos ligeros y camionetas de doble cabina (Proceso 2006).

Sólo una fuerza tal hizo posible que cinco patrullas quedaran en medio de una lluvia de balas, a merced de las granadas de fragmentación que lanzaron los sicarios desde la parte alta del cerro cortado por la carretera. Además, los delincuentes detonaron armas de grueso calibre e incluso un lanzallamas, a decir del forense Alfredo Rodríguez García (Proceso Jalisco 546).

El especialista detalló que un arma como esa pudo empotrarse en la caja de una camioneta y describió el atentado como una acción militar, por su poder y precisión, que impidieron una reacción de la fuerza policiaca. Añadió que la lluvia de fuego duró más de media hora.

Varias víctimas y sus patrullas quedaron calcinadas. Algunas piezas metálicas se convirtieron en un líquido plateado que corrió sobre la carpeta asfáltica y 48 horas después conservaba el calor, según confirmó uno de los enviados de este semanario al lugar.

El director del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses, Luis Octavio Cotero Bernal, menciona que los peritos trabajaron día y noche para identificar los cuerpos, a fin de evitar errores al entregar los restos a sus deudos:

“Fue una tarea sumamente extenuante y dolorosa. Nuestros especialistas tenían que buscar partes de tejido que no estuvieran afectadas y que pudieran servirnos para llevar a cabo las pruebas de ADN y el comparativo con los familiares de los fallecidos.”

Las primeras imágenes de la masacre del 6 de abril de 2015 fueron captadas con dispositivos móviles, la mayoría teléfonos celulares, y esa misma tarde ya se compartían en las redes sociales. Las tomaron vacacionistas que pasaron por esa carretera, que comunica Puerto Vallarta y Guadalajara.

Dos días después aún se encontraban a las orillas de la carretera cientos de casquillos de diferentes calibres y decenas de bidones pintados de verde militar, uno vacíos y otros todavía con restos de gasolina, como comprobaron los enviados de Proceso.

Semanas después, el 1 de mayo, el gobierno federal inició la Operación Jalisco en contra del CJNG, que arrancó en el municipio de Villa Purificación. El principal objetivo era capturar al Mencho. Sin embargo, entre tiroteos de militares con pistoleros y bloqueos en varios puntos de Jalisco e incluso de Guanajuato, las fuerzas federales fracasaron y sufrieron nueve bajas, además de perder un helicóptero.

Recuerdos del infierno

Uno de los policías que sobrevivió al cruento ataque dice: “Fuimos al lugar de la masacre, invitados por las autoridades. Me entregaron una medalla justo el día que se cumplió un año de esa tragedia, cuando sujetos armados nos emboscaron y atacaron la partida en la que yo iba. La medalla es para verse, pero es muy triste recordar todo lo sucedido y yo no quisiera hacerlo: es como revivir todo lo que nos tocó enfrentar. Así me sentí en esa ceremonia, cuando me tocó estar en el mismo lugar en que sujetos armados dispararon contra nosotros y mataron a 15 compañeros”.

Comenta que prefiere ya no da entrevistas porque su vida puede correr peligro si “alguien se molesta” por sus palabras.

Recuerda que los agentes de la Fuerza Única iniciaron su recorrido desde Vallarta hacia la capital del estado. Salieron poco después de las dos de la tarde por la carretera libre. Era la semana de pascua, con el calor en su apogeo.

Poco después de pasar la entrada a Soyatán, los gendarmes del convoy fueron sorprendidos por cerca de un centenar de sicarios que los esperaban desde hacía más de 12 horas, ocultos en las paredes del cerro cortado por la carretera, al inicio de la “curva de la muerte”.

El policía advierte que las propias características geográficas hacen de ese tramo carretero una especie de cajón, que se cierra si alguien obstruye el paso, como ocurrió en abril de 2015.

En una entrevista anterior, que concedió a Milenio Jalisco, el mismo policía dijo que todo empezó cuando una camioneta Suburban blanca se adelantó al convoy y empezó a zigzaguear sin causa aparente. Él piensa que fue la señal para abrir fuego contra los uniformados.

Señaló además que sólo la camioneta que iba al frente del convoy era blindada, las otras “eran patrullas blanditas”. El policía relató al periódico que momentos antes del ataque, el comandante que iba al frente del convoy pidió a sus subalternos adelantarse, mientras que él retrasó su avance sin comentar las causas.

Su declaración concuerda con la que hizo a este semanario uno de los uniformados que renunció a la FUJ: “El día del ataque el comandante Basilio Aguirre, quien iba adelante, le pidió a las patrullas del segundo convoy que se adelantaran, cuando por lo general éstas avanzan de dos en dos o de cinco en cinco, y guardan una distancia prudente entre sí”.

Añadió que “la distancia que llevaban los compañeros que fueron atacados fue de 40 minutos; eso no debe de ser”
(Proceso Jalisco 547). por eso, en una reunión con el gobernador, los agentes le pidieron investigar a Aguirre y a los comandantes Jesús Guzmán, Martín Martínez y a los oficiales Regalado, Barrón y Pérez, este último apodado El Cuba.

Según el policía entrevistado por Milenio Jalisco, al tomar la mencionada curva los tripulantes de su camioneta únicamente escucharon disparos y vieron cómo las ráfagas de balas deshojaban los arbustos.

No pudieron ubicar a quienes les disparaban porque se ocultaban en la maleza y en lo alto de las paredes de los dos lados de la carretera. Aunque los tiros poncharon las cuatro llantas de su patrulla, algunos policías que iban a la retaguardia del convoy sobrevivieron al echarse de reversa a toda velocidad.

Después de caer a una cuneta, consiguieron arrastrarse hasta el interior de un tubo de drenaje abandonado a un lado de la carretera. Uno de los uniformados se hizo pasar por muerto.

También sobrevivió a esa lluvia de fuego una mujer policía. En septiembre del año pasado Proceso Jalisco la contactó y ella comentó que tenía problemas para que la atendieran en el Hospital Regional 180, en Tlajomulco de Zúñiga. Se quejó del mal servicio y lamentó que, a cuatro meses del ataque, todavía tenía incrustada una bala en un brazo, con el riesgo de perder la movilidad. Sin embargo, declinó dar su testimonio sobre las circunstancias del atentado.

Meses antes de la masacre, el 28 de febrero, las fuerzas federales detuvieron en Puerto Vallarta a Abigael González Valencia y a otros integrantes del llamado Cártel de Los Cuinis, considerado uno de los grupos delictivos más poderosos del país.

Con ese antecedente, el académico Morales Hernández reitera: “Llegó a tal grado la delincuencia y la descomposición que, cuando entró el narcotráfico (a las instituciones), a nosotros los exguerrilleros nos desplazaron y nos derrotaron militarmente; el Estado lo hizo para neutralizar a los jóvenes, con la idea de que no volviera a surgir un movimiento guerrillero de gente pensante. Las consecuencias están ahí”.

Sostiene que el reciente levantón del agente Francisco González Morales, de la Comisaría de Seguridad Pública estatal, el 27 de marzo en Tlajomulco de Zúñiga, muestra el grado de información y operatividad que tienen los grupos delictivos: “Pueden atacar a cualquier nivel, ya se apoderaron de las estructuras. ¿Quién tiene la responsabilidad ahí? ¿Quién hizo alianza con ellos y por qué? El crimen organizado no actúa sin alianzas”.  l