“Los Chuchos” guían la debacle perredista

En 2006, impulsado por la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador, el PRD alcanzó su mayor porcentaje de votación en las elecciones para diputados federales, con 29.82% de los votos, y se colocó como segunda fuerza electoral, únicamente por debajo del PAN; y superó con poco más de 300 mil votos al PRI.

Aunque en esa ocasión participó en la Coalición por el Bien de Todos y todavía no era posible diferenciar las votaciones de cada una de las fuerzas políticas, existe el antecedente de 1997, cuando obtuvo 26.3% de los votos (impulsado por la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la jefatura del Gobierno del Distrito Federal). Así que, aunque seguramente el resto de los partidos aportó su cuota, la mayor parte fue del perredismo, tal vez más de 25%

En la elección intermedia de 2009 participó solo y se desplomó al 13%, que representaba alrededor de la mitad del porcentaje obtenido tres años antes; repuntó a 19.4% en la elección de 2012, otra vez impulsado por la candidatura de López Obrador; volvió a caer a 12.1% en la intermedia de 2015; y en las 12 entidades donde hubo elección de gobernador en 2016, no logró llegar ni siquiera a 10% de los votos. Quedó como cuarta fuerza política.

Mientras tanto, en lo relativo a encabezar los gobiernos de las entidades federativas, desde 2002 el PRD era el partido que encabezaba el Ejecutivo en seis entidades, incluyendo el entonces Distrito Federal (que fue la primera que ganó en 1997), también número máximo que ha logrado tener al mismo tiempo; la mayor población en entidades gobernadas por él la alcanzaron en 2010 con las mismas seis entidades, cuando ganó el gobierno de Oaxaca y perdió el de Zacatecas.

En esos momentos encabezaba gobiernos en Baja California Sur, Chiapas, el Distrito Federal, Guerrero, Michoacán y Oaxaca.

En 2011 empezó a disminuir su número de gubernaturas (en 2005 ya había perdido Tlaxcala pero ganado Guerrero; y en 2010 perdió Zacatecas pero ganó Oaxaca) al perder Baja California Sur, sin ganar ninguna otra. En 2012 gana Morelos pero pierde Michoacán y Chiapas; en 2013 gana Tabasco; en 2015 recupera Michoacán y pierde Guerrero; y en 2016 pierde Oaxaca.

En estos momentos es gobierno en cuatro entidades: la Ciudad de México, Michoacán, Morelos y Tabasco, que cuentan con más de 13 millones de ciudadanos en la lista nominal y representan aproximadamente 16% de los ciudadanos en el padrón electoral; esta cifra contrasta con los más de 18 millones que alcanzó en las seis entidades que gobernaba en el 2010 y que eran 23% del padrón electoral.

Tras la elección de 2006 y una vez que concluyó el periodo de Leonel Cota en 2008 (éste llegó a la dirigencia perredista impulsado por López Obrador), la corriente interna Nueva Izquierda (conocida como Los Chuchos) y que reúne al mayor número de militantes del PRD –aunque aún insuficiente para ser mayoría–, ha mantenido la presidencia del partido del sol azteca y éste ha perdido gubernaturas y preferencia electoral.

En este periodo, como es evidente en los párrafos precedentes, el PRD ha perdido casi dos terceras partes del porcentaje de votación del máximo que alcanzaron en 2006; una tercera parte de las gubernaturas y de la ciudadanía residente en la población que gobernaba (en este caso en referencia a 2010, cuando logró el máximo de población); y pasó de ser la segunda fuerza electoral a la cuarta.

Como consecuencia lógica de la pérdida de votos y gubernaturas, también se ha reducido el financiamiento al partido y han disminuido tanto los puestos de elección popular que gana, como los puestos administrativos que tiene a su disposición, por lo cual la lucha por ocupar las posiciones directivas dentro del partido se recrudece, pues implica puestos de trabajo y manejo de recursos, lo que le permite mitigar las mencionadas pérdidas.

A juzgar por las crónicas de los medios, así como los posicionamientos y entrevistas a los dirigentes de las corrientes, la reconstrucción del partido, el diseño de una estrategia que le permita afrontar más decorosamente las elecciones estatales de 2017 (Coahuila, Estado de México y Nayarit) o la elaboración de un programa de gobierno de cara a la elección presidencial de 2018 están fuera de sus prioridades, pues en estos momentos lo único que importa es la disputa por el poder interno como un fin en sí mismo, sin importar si esto acelera el desplome.

La única vía para que el PRD logre por lo menos conservar ese casi 10% de los votos que todavía logró cosechar el pasado 5 de junio, es que los líderes de las corrientes internas, y particularmente los de Nueva Izquierda, logren anteponer los intereses del partido a los suyos; de lo contrario, aunque consigan una acuerdo para designar un nuevo presidente y formar una nueva directiva, el desplome electoral continuará, pues los nuevos dirigentes ocuparán sus cargos para maximizar los beneficios personales y de su corriente.

Persistir en la ruta que los alejó de la ciudadanía y sus demandas es un suicidio, pero hasta hoy los dirigentes perredistas parecen empeñados en ello. Todo indica que en las próximas elecciones el PRD enfocará todas sus baterías en alcanzar 3% de los votos para mantener el registro y, en consecuencia, el financiamiento público.

Salvo un vuelco totalmente inesperado, en sólo seis años pasó de disputar la Presidencia de la República a luchar por la sobrevivencia.