Aclaración de Guillén Chávez al reportaje “Violadores sagrados”

Señor director:

El suscrito, Marco Antonio Guillén Chávez, en uso de mi derecho de réplica y libertad de expresión que me otorga la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, solicito a usted, de la manera más atenta, tenga a bien publicar en Proceso, lo que a continuación expresaré en virtud de haber sido mencionado mi nombre por su reportero, Alberto Osario, quien publica en la edición 613 de Proceso Jalisco una entrevista a la señora Rocío Cázares Tamayo en donde ella afirma que soy testigo y “cómplice” del sacerdote Narez Fernández por lo que, dice, le sucedió con el susodicho.

Solicito lo anterior por considerar que lo dicho por la señora Cázares Tamayo no tiene sustento evidente y sólo busca manchar mi reputación ética y moral con la que siempre me he conducido desde aquellos años juveniles, en que el ímpetu y el idealismo propio de la juventud que busca hacer del mundo algo mejor, eran mi forma de vivir y de pensar en conjunto con otros jóvenes que aspiraban también a ser mejores personas en aquel entonces; principios con los que siempre me he conducido en mi vida personal y profesional  hasta la fecha. Y porque además, lo dicho por la mencionada señora me causa daño moral afectando con ello a mí, a mi familia y a mis intereses personales, pues pretende involucrarme y calumniarme en hechos que ella dice le ocasionó otra persona y de los cuales nunca fui testigo.

Y puesto que además trata de implicarme mencionándome como “cómplice” (el entrecomillado se expresa así en el artículo en cuestión) de hechos que ella argumenta y de los cuales nunca tuve conocimiento, ¿acaso son cómplices todos los jóvenes que convivíamos y admirábamos al sacerdote?; quiero hacer notar el infundio, la incongruencia y el dolo con el que pretende perjudicarme, para lo cual reitero a usted mi solicitud inicial de permitirme un espacio en su semanario.

Agradeciendo su atención, expongo a continuación lo siguiente:

En 1975 (entre agosto y octubre), cuando yo tenía 18/19 años, vi por primera vez  al padre Francisco Narez Fernández en el Club Segovia de la Basílica de Zapopan. Fue a hacer una invitación al coro de jóvenes de dicho club, al cual yo pertenecía, para que asistiéramos a una reunión convocada para jóvenes donde se tratarían temas diversos de interés juvenil. Asistí a dicha reunión

1976. Después de la primera reunión antes mencionada se siguieron haciendo otras cada ocho días a lo largo del año. El objetivo de dichas reuniones, después de cada tema discutido, era llevar acciones relacionadas a mejorar nuestra vida en lo individual, en lo familiar y en la comunidad.

1977. Las reuniones juveniles ya no se llevaban a cabo con la regularidad anterior y el grupo fue haciéndose cada vez menor. Sólo quedamos un grupo de ocho jóvenes que continuamos reuniéndonos de vez en cuando con el padre Francisco para platicar e intercambiar experiencias de vida que nos sirvieran para seguir aspirando a mejorar nuestra vida y nuestro entorno.

En ese tiempo, el padre me invitó a dar clases de inglés a la Academia Santa Clara conocida también como Casa del Terciario, pues tenía yo conocimientos suficientes para impartir cursos a estudiantes principiantes. De aquí surgió la amistad entre nosotros. Me empezó a invitar a que lo acompañara a hacer visitas a algunas familias vecinas del mismo lugar en Zapopan. Fue así que conocí a Rocío Cázares Tamayo y su familia.

A partir de entonces, el padre de vez en cuando nos invitaba, a los del grupo que había quedado, a llevar a cabo actividades culturales en la academia del Terciario, tales como hacer teatro, organizar eventos conmemorativos y audiciones musicales. Como todos le teníamos estimación  y respeto, además de admiración por sus ideas de servicio, seguíamos con entusiasmo unidos en torno  a él para apoyarlo en ese tipo de actividades. Alguna vez llegó a invitar al grupo, o a uno o dos de los integrantes del mismo, a acompañarlo a visitar a alguna familia o a algún otro grupo juvenil o religioso que promovían actividades sociales en sus comunidades para intercambiar apoyos y experiencias grupales.

Solamente en tres ocasiones salimos fuera de la ciudad el padre Francisco, Rocío y yo porque él nos invitó. La primera nos llevó a Bahía de Santiago, en Colima. Ahí yo me puse muy mal, nunca supe por qué, pero cuando estábamos en el hotel yo sentí el cuerpo desguanzado y con mucho cansancio, sólo escuchaba sus voces muy lejanas y lo poco que pude entender fue que decían entre ellos que estaba yo muy hinchado. Después perdí el conocimiento y no supe de mí hasta la mañana siguiente. Ese día transcurrió bien, yo mejoré, y pude disfrutar del mar. Al día siguiente regresamos a Zapopan.

La segunda vez que salimos fue un día a un balneario de San Juan Cosalá; ida y vuelta el mismo día.

1978. La tercera, fuímos un día a comer a Chapala y regresamos el mismo día. Después de estas tres ocasiones no volvimos a salir juntos.

1979. Yo me empecé a alejar del padre y del grupo porque mis estudios cada vez me exigían más tiempo, por lo que ocasionalmente volví a reunirme con él unas dos o tres veces en ese año.

1980 (julio-agosto). Al poco tiempo, supe por amigos comunes que lo habían cambiado a Saltillo. Poco antes de finalizar el año me escribió una carta desde allá en la que me decía que estaba bien y feliz. Desde entonces perdí todo contacto y comunicación con él.

1984-85. Un día fui a visitar a Rocío a su casa para saludarla, pues pese a que no teníamos comunicación, la poca relación que tuvimos quedó en términos cordiales. Después de saludarnos le pregunté que si sabía algo de Francisco y me dijo que una semana antes le había hablado y le había dicho que iría a Zapopan otra semana después. Le dije que me lo saludara y me despedí.

1990-91. Rocío y yo nos encontramos en un centro comercial de la colonia Villa Guerrero. Intercambiamos saludos. No fuimos efusivos, pero sí cordiales. En los breves momentos en que nos saludamos únicamente intercambiamos un poco de plática sobre cuestiones familiares, nos dimos nuestros mutuos números telefónicos y nos despedimos sin decir más. Ya no volví a saber de ella hasta 2015.

2015. Rocío me localizó a través de amigos comunes, pero esta vez no fue para saludarme sino para hablarme mal de Francisco acusándolo de que había abusado de ella en aquellos años de finales de los setenta. A partir de entonces, por medio  de whatsapp empezó a enviarme mensajes presionándome para que, según ella, me acordara de cosas respecto a Francisco y ella relacionadas con abuso sexual hacia su persona de parte del padre. Cosas que nunca vi en las tres veces que salimos juntos.

2016. El pasado 5 de agosto  volvió a presionarme por teléfono insistiendo en que reflexionara y me acordara de cosas que ella decía que tenía que acordarme. Me insistía en que no me bloqueara, que me analizara profundamente e hiciera el esfuerzo por recordar. Una vez más le afirmé que de lo único que era yo testigo era de lo que líneas arriba he expresado. Insistía preguntándome a cada momento que si yo últimamente había platicado o me había visto con él, e incluso que si él no me había buscado, ante lo cual le afirmé repetidamente que no he tenido relación con él desde 1980.

Tres días después, el 8 de agosto del presente, con mucho asombro, me entero por medio de la revista Proceso, en la edición de Jalisco del 6 de agosto, que ella es entrevistada por el periodista Alberto Osorio M. donde hace una relatoría de hechos que dice que le sucedieron con el padre Francisco Narez Fernández, manifestando que lo ha denunciado ante las autoridades civiles y religiosas por daños a su persona relacionados con abuso sexual cuando ella tenía 14 años. Al final de la nota cierra diciendo,que para probar  sus dichos, yo soy testigo  clave de esos hechos al tiempo que me “describe” (las comillas son mías) como amigo y “cómplice”(sic) del sacerdote Narez Fernández.

Por todo lo anteriormente expuesto, declaro que:

1) El poco tiempo en que conviví con el padre  Francisco Narez  Fernández y Rocío Cázares Tamayo nunca vi que él se dirigiera a ella de manera grosera, agresiva o impúdica.

2) Ella y yo, nunca intercambiamos conversación respecto a Francisco en ningún sentido ni con ningún motivo durante el tiempo que ocasionalmente nos dirigimos la palabra.

3) Desde 1980 no he vuelto a tener relación, contacto ni comunicación con el padre Francisco Narez Fernández.

Gracias por su atención y el espacio prestados para dar a conocer la versión de lo que sí fui testigo.

Atentamente

Marco Antonio Guillén Chávez.

Respuesta del reportero

Señor director:

Con relación a la carta enviada por el señor Marco Antonio Guillén Chávez, sobre la información publicada en la edición 613 de Proceso Jalisco, es oportuno señalar que la referida nota tiene como sustento las declaraciones hechas por la señora Rocío Cázares Tamayo ante el agente del Ministerio Público y ante la Fiscalía General del Estado de Jalisco, según consta en la averiguación previa 4421/2014, y en el marco de la demanda presentada por la afectada el 23 de agosto de 2014 en contra del sacerdote Francisco Narez Fernández, tal como se indica en la publicación.

Es la propia señora Cázares quien cita a Marco Antonio Guillén Chávez como cómplice del señor Narez, primero ante la autoridad ministerial y luego en la entrevista que concede Cázares Tamayo a este medio.

Atentamente:

Alberto Osorio M.