Muerte por inanición

Es conocida la tesis que sostiene que el renglón primario subsidia a los demás sectores de la producción. Cuando vino la euforia por industrializarnos, los responsables de la economía dispusieron que el campo fuera el gato hidráulico de este desarrollo. Arrancó en el sexenio de Miguel Alemán, a la mitad del siglo pasado, y ha cambiado sólo para empeorar. Lo primero fue frenar el reparto agrario, que obedecía a la dinámica económica del cardenismo. Se le legitimó con la especie de que había que industrializar el país, para llevarnos a la sustitución de importación de bienes de consumo y de capital.

De este viraje anunciado y conocido vino la subordinación del renglón primario, vino la sumisión nuevamente del campo mexicano, para lo que hemos sido especialistas. Las propuestas más notorias de este viraje en redondo pintaban desde el gobierno, como siempre, una panorámica sonrosada.

Dijeron que la exportación de bienes agrícolas generaría divisas para la importación de bienes de capital y de materias primas para la industria. Esto de la exportación de alimentos se sigue planteando tal cual, como si no viéramos que hablar de “exportadores agrícolas mexicanos” no fuera más que un sueño guajiro o una quimera nunca realizada. Es guajiro no por viejo sino por tratarse de nuestros campesinos precisamente, a los que en el Caribe se les denomina con este adjetivo. Por nombres no paramos.

El segundo embeleco con que fueron engañados nuestros abuelos fue la fantasía de que la producción de materias primas surtiría a la industria nacional, abatiéndole los precios del mercado internacional. Decían que dejaríamos de ser exportadores de materias primas para otros centros industriales del mundo. La peor muestra que lo desmiente es el destino que sufren nuestro petróleo y los minerales. No se quedan aquí para incremento de nuestra producción industrial. La industria nacional no existe más. La que hay establecida en el territorio, o es extranjera, atraída por la baratura de nuestra fuerza laboral, o de plano sirve de maquiladora a aquella.

Sin embargo, la conexión directa de esta dinámica industrializadora fallida con el renglón primario, a pesar de no haber cumplido ninguna de sus promesas, no ha cambiado un ápice. Se planteó que la producción barata de alimentos subsidiaría con su bajo costo la subsistencia y la reproducción de la fuerza de trabajo urbana. Hasta el día de hoy se cumple religiosamente este mandato, sin que haya fuerza que lo modifique. Todo lo que produce nuestro campo, todos los alimentos que consumen los mexicanos de las ciudades son adquiridos por debajo del costo real de su producción. La parte perdedora se la llevan por supuesto los productores agropecuarios.

En los ya lejanos tiempos del gobierno de Luis Echeverría y de José López Portillo se manejó la tesis de que el intermediarismo de los comerciantes encarecía el costo del destino final de tales mercancías. Se ensayaron figuras como las del mercado sobre ruedas y otras fórmulas, para disminuir la influencia del coyotaje. Hubo éxitos parciales. La medida que más profundizó en este punto fue la del programa de los precios de garantía. Algunos organismos clave del gobierno frenaban la especulación. Conseguían que los alimentos se distribuyeran y pagaran sin los injustos altibajos, que se presentan cuando se deja toda responsiva a la boruca del mercado. La vieja Conasupo, la Liconsa y otros organismos dan razón de esta dinámica.

Había más variables que podrían ser invocadas. Pero todo ello viene a ser historia. No existe ya ninguna protección ni apoyo a las tareas agropecuarias. La apertura de nuestra economía se inició tímidamente con el ingreso al GATT en 1985, pero luego se abrieron las puertas de par en par, con la firma del NAFTA en 1993. A partir de entonces se estableció el dogma del libre mercado, la tesis sacrosanta de que la mano del mercado es infalible. Se dejó operar a su antojo a las normas que provienen de las leyes de la oferta y la demanda. Se le metieron candados a la participación estatal en la economía. Los falsos mantos protectores que se decía que había para los campesinos simplemente desaparecieron y todo se derrumbó.

Habría que dar un paseo muchísimo más amplio, que el presentado en estos simples renglones, para incrustar la realidad crematística que vivimos la segunda mitad del siglo pasado y lo que ya va corriendo del presente. Es mucho más compleja que lo hasta aquí dicho, sobre todo si se toman en cuenta los forcejeos de la economía mundial. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el evento más destructivo de la historia humana, muchos bloques del planeta buscaban instaurar en sus territorios otros formatos de operación distintos al capitalismo. El mero nombre de comunismo o bien de socialismo les servía de enseña a los ganosos de experimentar otra vía. Para detener tal aspiración, los señorones capitalistas desataron no sólo el miedo a este futuro socialista o comunista mismo, sino que dentro de las fronteras de los países que controlaban, ensayaron formatos mediatizadores, en los que se toleraran ciertas concesiones a los grupos sociales organizados, pero que no terminaran derrumbando al capitalismo.

Aparecieron en la panorámica mundial el estado de bienestar y los experimentos keynesianos. Aunque se echaron a andar tales ensayos, los rectores de la economía mundial siguieron siendo el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En tal entorno se nos alineó cuando desde los centros del poder mundial se dijo que ya había sido suficiente la independencia o cerrazón de la economía mexicana. Había que abrirla, derribar sus fronteras. Así se hizo.

Un ejemplo final, nada más, para terminar de documentar nuestro optimismo. En 1994 la tonelada de maíz se compraba a mil 200 pesos todavía. Pero vino la apertura de nuestras fronteras y la invasión del maíz gringo. El precio ya no lo dictaminó nuestra oferta-demanda casera, sino la de la bolsa de Chicago. El precio de la tonelada se derrumbó a la mitad. Valía 600 pesos. Para que el grueso del campesinado no retobara se anunció con bombo y platillos “un programa de subsidio” que compensara el desplome: Procampo. El primer apoyo consistió en 100 pesos por hectárea. Algo era algo, pues.

Con el paso de los años el monto de estos apoyos fue creciendo, llegándose a fijar esta suma hasta en mil 200 y mil 500 por hectárea. Mas parece que ahora “tan generoso” subsidio llega a su fin. Se trató primero de un estímulo de emergencia, necesario. Con el tiempo lo cambiaron a programa asistencialista. Como todos los de este tipo, apunta a mantenerse, pero en un raquitismo paralizante. Los que se empecinen en mantenerse como campesinos están destinados a la muerte por inanición. Para maíz hay montos diferenciados, de 450 a 180 pesos. Donde ya no se miden en la suma que entregan por pastizales. Les entregan apenas 90 pesos por hectárea, la mitad de lo que devenga un labrador al día. ¿No se irá a quedar pobre el gobierno con tan inmensa dádiva? Por otro lado, ¿puede alguien explicar tanta pichicatería contra nuestros productores del campo?