“Los hijos del rey”

La viruela era una plaga que azotaba las cortes europeas, había que apresurarse a dejar descendencia, asegurar dinastías y fortalecer alianzas. En 1721 el duque de Orleáns (Olivier Gourmet), regente de Francia, decide casar al rey Luis XV, de 11 años, con la hija de Felipe V de España, una pequeña de 4 años.

A cambio, el propio duque ofrece la mano de su hija, la princesa de Montpensier, al hijo del rey español. El intercambio de princesas se realizó en una islita entre los dos países, entre ceremonias, rígidos protocolos y mucha intriga, pero el regente propone y Dios dispone.

Marc Dugain dirige Los hijos del rey (L’échange des princesses; Francia-Bélgica, 2017), literalmente, “el cambio de princesas”, adaptación de una novela histórica de Chantal Thomas, discípula de Roland Barthes y especialista en la Europa del siglo XVIII; en la elaboración del guion, Dugain –quien también es novelista especializado en temas históricos– se hizo cargo de desarrollar la psicología de los príncipes, Luis XV (Igor Van Dessel) y Luis, príncipe de Asturias (Kacey Mottet Klein), mientras que la autora de la novela desarrolló la de las princesas, María Ana Victoria, y Mademoiselle de Montpensier (Anamaria Vartolomei).

Si el tema es histórico, la preocupación de Dugain es literaria; la anécdota, poco conocida pero importante, figura en las memorias del duque de Saint Simon, encargado de las negociaciones en España.

Los hijos del rey no es una película más de época; el cuidado escrupuloso en el vestuario, la moda de pelucas, colores y encajes, funciona a manera de un texto en el que pueden leerse la extravagancia y la vanidad de todo un concierto de códigos: el de la pequeña infanta expuesta al ambiente de la corriente de libertinos que caracteriza a la Regencia, y del lado de la princesa de Montpensier, el fanatismo de católicos cortesanos que se divierten quemando herejes.

Aunque los documentos y fuentes históricas de la novela de Chantal Thomas, comprometida con denunciar el atropello contra la mujer, son de primera mano, la mirada del director va más allá de acusar el abuso; lo que le importa es mostrar la vanidad de vanidades, el vacío de la condición humana que expone Saint Simon en sus memorias. En la estupenda coreografía del canje de princesas, el fausto no evoca un rito de fertilidad, como se esperaría, sino de muerte.

Público y crítica, que esperan un tanto del alivio y evasión que normalmente ofrece el cine de época, se sienten incómodos con esa sensación de vacío que transmite el lujo de la corte y sus usos, como si todo quedase en la superficie; el tema de la opresión de la princesas, condicionadas a no tener otro sentido de misión en la vida más que la de fabricar heredros para el reino, no bastaría para justificar esta reconstrucción histórica. Como en sus demás cintas y novelas, Marc Dugain se interesa por las heridas de guerra, el dolor, y la descomposición bajo el ejercicio del poder.

Los hijos del rey explora la fuerza vital y el eros atrapados desde la infancia en armazones de convenciones que impone el poder, por eso los personajes y los actores que los protagonizan se muestran más dinámicos; el conflicto depende sólo de la capacidad de cada uno de ellos de rebelarse o terminar por someterse, y por lo mismo los adultos parecen más tiesos y falsos. Así era la cosa en la corte del Rey Sol y de sus herederos.