Polarización

Para que haya “polarización” tiene que haber dos polos. Esta perogrullada es necesaria ante el uso de la palabra en los medios como sinónimo de disenso. En la cultura priista, cualquier conflicto y discrepancia se vivía como división, como un atentado contra la Unidad Nacional y por eso nadie podía practicarlos o exponerlos sin ser calificado de “sembrar el odio” o, como dirían los académicos, de “agricultor del resentimiento”. La palabra “polarización” ha sido copiada en fechas recientes por los que no aceptaron el resultado apabullante de la elección presidencial y la consecuente destrucción de la oposición sin saber que viene de la política de Estados Unidos. Allá se habla de “polarización” porque, en efecto, hay dos polos: demócratas y republicanos. Allá se han desterritorializado: donde antes era probable que un republicano votara por los demócratas por sus propuestas a nivel local, ahora es menos probable. Allá, en contraste con la mayoría de 30 millones de votos de México y su distribución geográfica a nivel nacional, cada vez son menos los estados de la Unión que pueden brincar de un polo a otro. Hay dos polos cada vez menos móviles que son, también, dos formas de ver a los Estados Unidos.   

Una encuesta del Pew Review Center de Washington señala que 57% de los norteamericanos que no votaron por Trump se sienten “frustrados y estresados” cuando hablan de política con quienes no coinciden con ellos. Para el otro polo, el número es 53. Un 63% percibe que, después de hablar de política, tiene menos que ver en la vida con los que no coinciden en puntos esenciales. Y es que la “polarización” tiene un contenido, no es sólo una palabra: se articula sobre dos visiones en temas como el gasto público para ayudar a los desiguales, la inmigración, el racismo, la política exterior y los empleos. Le afecta mucho más a quienes perdieron la elección: los demócratas liberales –los que apoyan las “acciones afirmativas”, la interrupción legal de un embarazo no deseado, la legalización de las drogas, el fin de la pena de muerte– hablan 25% más de Trump que los republicanos conservadores.

Pero nada de esto tiene realmente contenido en México: cuando la oposición en el Congreso habla de “polarización” se refiere a que no está de acuerdo con el resultado de la elección de hace seis meses. No tiene mayor contenido, a menos que lo oculten con la vergüenza de ser privilegiados en uno de los países más desiguales del mundo. Tampoco tiene una base en la ciudadanía: las marchas convocadas contra el cambio de lugar del aeropuerto internacional han sido lastimosas, y la idea de que el accidente en el que murieron la gobernadora de Puebla y su esposo, el coordinador de la derecha en el Senado, era responsabilidad del presidente de la República, no traspasó la campaña orquestada en redes sociales, es decir, la red de retuits y no la mucho más heterogénea de opiniones originales. En contraste con la inexistencia de la tan mencionada “polaridad” mexicana, en Estados Unidos sí tiene un contenido moral que impacta la esfera pública: allá, la derecha republicana cree que ayudar a los más necesitados es desperdiciar los impuestos; que la condición de los negros se debe más a su propia responsabilidad que al racismo institucional; que los inmigrantes les quitan empleos, servicios de salud, y viviendas a los habitantes legales; y que la paz se logra a través del despliegue de militares norteamericanos por el mundo. En sentido contrario, los demócratas liberales creen en la responsabilidad del Estado de igualar las condiciones de los desiguales; que el racismo está detrás de la falta de desarrollo de los afroamericanos; que los inmigrantes fortalecen la economía, y que la diplomacia debe prevalecer sobre el uso de la fuerza. ¿Aquí, en México, qué contenido tendría el supuesto “otro polo” de la “polarización”?

Para responder me referiré a Thomas Mann y la República de Weimar, antes del ascenso del nazismo en Alemania. Ahí la polarización tenía, como debe, dos polos: una democracia nacida del derrumbe del káiser por la derrota de la Primera Guerra Mundial y una revuelta de los soldados y obreros constituida en consejos populares en las regiones de Alemania. La derecha cree en la democracia hasta que va contra sus intereses. Y en ese momento, la izquierda espartaquista de Rosa Luxemburgo creía en la instauración de los consejos obreros. Ambos, izquierda y derecha, aceptan un Constituyente y la idea de la República, no por principios, sino por táctica. Unos siguen siendo monárquicos y los otros creen en el ascenso del proletariado al poder. Desde los círculos literarios y de periodistas, Thomas Mann, junto con los hermanos Ernst y Friedrich Jünger, el filósofo de la decadencia, Oswald Spengler, y el abogado Edgar Jung, empujan la idea de una “tercera vía” que rompa la bipolaridad que implicaba excluir a algunos como “no-alemanes”. Entre 1919 y 1927 proponen juntos una “revolución conservadora” que recristianice el país, funde una nueva monarquía y establezca una abstracta idea de “lo alemán” como espiritual, un rencuentro con la naturaleza, y la “eterna realidad del Reich”. Desprecian a las masas como factores de cambio, lo que los hace diferentes tanto de los nazis como de los espartaquistas, en una especie de aristocratismo romántico. Tampoco creen en los partidos políticos, sino en una fantasmagórica “nueva religiosidad” o una improbable “intuición de la unidad nacional”.  Su plan es igualmente ambiguo: “detener el decaimiento del espíritu alemán, ya sea hacia la democracia o hacia el proletariado”. Pero en su inactividad hay una intención: “Abandonar el presente a su propia suerte, es parte del servicio al futuro”. Utilizan una metáfora conocida desde el siglo XVII, la de la llama de una vela y la mariposa nocturna. Ellos proponen inmolarse voluntariamente en la llama del fatalismo. Esta idea es muy parecida a la apuesta de nuestra bravía derecha que propone que al actual gobierno de izquierdas le vaya peor para probar que los 30 años anteriores no estuvieron tan mal. Ese mismo ánimo de apocalipsis, el abandono del que Marx se burlaba en La ideología alemana: cuando el sol de lo universal se pone en el horizonte, van las polillas a buscar la luz en las lámparas de su pobre soledad. 

Mann publica La montaña mágica en 1924 y ahí enfrenta la llamada “confusión alemana”. Hans Castorp, el narrador, se fascina con la mezcolanza retórica del “judío-jesuita” Naphta, que aborrece la democracia por no ser más que una forma de dirimir conflictos. Él aspira a un orden nuevo, ascético y reglamentado. Su oponente es el reformador progresista Settembrini, un abogado socialdemócrata. Al final de la novela, ambos se enfrentan en un duelo. Naphta- toma una decisión que sería la de muchos de los intelectuales de la “revolución conservadora”: dirige su pistola, no hacia su oponente, sino a sí mismo, y se suicida. Veinticinco años después de aparecida la novela, el hijo de Thomas, Klaus Mann –autor de Mefisto, la novela antinazi más célebre–, tomaría la misma decisión en un cuarto de hotel en Cannes.- En su nota suicida escribe: “La Edad de Oro o La Nada”. 

La mayor parte de la “revolución conservadora” acabó en el exilio o ejecutada en los campos de exterminio. Casi todos fueron tachados de “anarco-comunistas” por los nazis y de “promotores del nazismo” por los socialistas. El caso más claro es el de Edgar Jung, quien le dio nombre al Tercer Reich. Como Carl Schmitt y el resto de los intelectuales de derechas en la República de Weimar, Jung creía que la democracia parlamentaria era insostenible porque era un régimen importado de Inglaterra y Francia, sin sustento en la tierra del pueblo alemán. Participó en contra de la revolución de los consejos obreros en Baviera –uno de cuyos dirigentes fue el escritor B. Traven– y pronto pasó a redactar discursos para los nazis. Pero en 1934 decidió probar su independencia en un discurso en la Universidad de Marburgo donde retomaba el ideal cristiano de la “revolución conservadora” y la exhortación a construir una nación para todos los alemanes. Esa noche, Hitler- envió a las SS a aprehenderlo y fue ejecutado en su celda, aprovechando la matanza conocida como “La noche de los cuchillos largos”. Si alguien estaba contra cualquier “polarización”, eran los nazis. 

Traigo a colación a estos intelectuales de derecha que murieron al calor de una verdadera polarización porque creo que, acaso, la crisis de Acción Nacional y los grupos conservadores en México se debe a su falta de claridad sobre el momento que ellos mismos viven. Tras las tres décadas de alianza con el Partido Único para conseguir posiciones –la “izquierda” del Partido de la Revolución Democrática experimentó con ese pacto tan sólo durante un sexenio–, sus posturas a favor de la democracia y la lucha contra la corrupción se extraviaron. Como en anteriores épocas históricas, son los que suspiran por el antiguo régimen dinástico. No pueden articular su racismo –la idea soterrada en cada uno de sus comentarios de que los mexicanos no son los de abajo– ni la defensa de sus privilegios como “derecho adquirido” en un programa definido y sin hipocresía. Sólo atinan a anunciar una “polarización” que no existe más que como sinónimo de su frustración y angustia ante el porvenir. 

Muy probablemente estén dirigiendo, como Naphta en La montaña mágica, su cañón contra sí mismos.