Navidad y Año Nuevo con humor negro

El Ciclo de Microteatro con el tema Al teatro con el diablo y los Cuentos Antinavideños que se presentaron en la Capilla, cerraron el año con obras cortas cuya visión nada tiene que ver con la que nos obligan a oír y mirar a través de los enajenantes medios de comunicación.

En los Antinavideños presenciamos cinco monólogos reunidos en una obra, cuyos personajes, tristes, patéticos o ingenuos, nos hicieron sonreír con amargura y pusieron en cuestión verdades que en estas fechas se dan por sentado. Nos libramos de la realidad rosa que se maneja, o más bien blanca, aunque en nuestro país no neve.

En El Padre, el Hijo, el Chichifo y la Transpíritu Santa, se exhiben microuniversos que van desde el niño que se hace padre y la hija cuyo padrastro es un Santo Clos, hasta la historia de un joven que trabaja de noche en la calle y una a la que no le compraron muñecas.

Los personajes, que no por provocar risa dejan de ser complejos, transitan dramáticamente a lo largo de cada obra, y el hijo, que increpa a sus padres por la traición de la mentira, la repite en cuanto se convierte en padre. El chichifo, verazmente interpretado por Guillermo Villegas, habla abiertamente de sus actividades sexuales, y puede contar también cómo, un buen trato, cambió sus sentimientos.

Los monólogos, dirigidos por  José Carlos Illanes, Gabriela Guraieb y Boris Schoemann; y escritos por José Carlos Illanes, Zoé Méndez y Gustavo A. Ambrosio, entre otros, están bien estructurados y el público se convierte en su confidente al hablarnos, por ejemplo, de cosas que no comprende. Las historias de los niños, bien interpretados por Mauricio Llera y Meraqui Pradis, están llenas de ingenuidad, y las situaciones que nos plantean llegan casi al absurdo y por lo mismo nos enternecen. En los Antinavideños vamos de historia en historia, hasta cerrar con el monólogo escrito e interpretado por el jovencísimo David Ortiz, producto del taller impartido por Maribel Carrasco.

En los Microteatros participaron, esta vez, autores y directores con larga experiencia de diferentes generaciones y actores de gran solvencia. Nos hicieron reír o reflexionar al abordar y reinterpretar el formato de la pastorela y sus personajes: el Diablo, la Virgen, el Niño Dios y hasta el arcángel Gabriel. Trece obras de teatro de 15 minutos, en lugares de no más de 15 metros cuadrados, con un máximo de quince personas. Desgraciadamente en los espacios, según constatamos, apenas llegaron a ser de dos a cuatro espectadores.

En la Casona de la Calle Roble nos encontramos con obras de géneros muy variados. Dentro de las que incitan a la risa está Divina Trinidad de Bárbara Colio, dirigida con sentido del humor por Paola Izquierdo, en la que la autora, con inteligencia y gracia, abre la pregunta del plan “divino” en la que supone hay alguien más arriba de ese Dios aburrido que juega con la Tierra, y donde la hija, disfrazada de paloma, planea con su madre algo más astuto que los demás no ven. También está la de Juan Villoro, El diablo, dirigida por Luis de Tavira, en la que con astucia y humor negro se plantea la entrevista de un hombre que quiere ser contratado como diablo. Y en Corazón rojo de Conchi León, donde nos reímos con culpa.

También estuvo la de Elena Guiochins, quien escribió el microteatro Afrodisiaco, y con perspectiva social el microteatro de Verónica Musalém dirigida por Silvia Ortega Vettoretti, El placer del sexo, sobre la trata de mujeres, y el de Luis Ayhllón, Oráculo, dirigida por Gabriela Ochoa, en la que unos mercenarios hacen preguntas al niño Dios, como por qué la luna nos persigue o por qué a los curas les gustan tanto los niños.