Herta Müller Vivir en el lenguaje

Herta Müller nació en la hora 25, la que viene después de la última del día, como escribió el rumano Constantin Virgil Gheorghiu en las postrimerías de la década de los cuarenta, en medio de la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Ella, la Premio Nobel de Literatura 2009, vino al mundo en esa hora “símbolo de una sociedad tecnocratizada que no puede crear espíritu y que está, en consecuencia, librada a los monstruos”.

La escritora vivió sus primeros 34 años en su región natal del Banato, en la parte occidental de Rumania, poblada de suabos, la minoría de origen alemán que por generaciones ha soportado los arrebatos totalitarios de toda índole, aunque quizá el más pernicioso –por lo menos para ella y los suyos– haya sido el del conducator  Nicolae Ceausescu, quien durante lustros llenó de oprobio al país más precario del Este europeo.

Desde su microcosmos Herta observó con mirada atenta como crecía esa máquina totalitaria que todo lo trituraba y en el que “la única rama de la producción que funcionó era el miedo” (Proceso 1829). Lejos de paralizarla, esa situación la llevó a inventar un lenguaje de resistencia para dar a conocer las vivencias de la cultura rumano-alemana que, al igual que las otras minorías del país en que nació –la judía, la gitana, la valaca, la moldava–, le permitió recuperar ese fragmento de historia de pueblos casi olvidados.

Y así como el siglo pasado Panait Istrati escribió sobre sus andanzas en Rumania y el Oriente; lo mismo que Mihail Sadoveanu, viajero incansable y autor de más de 100 obras sobre la historia y el folclor sobre la rumanidad; y Mircea Eliade, quien recuperó, entre otros, los relatos de La Miorita y Maese Manole, esenciales para entender los orígenes de los dacios, los antiguos habitantes de su país, Herta Müller reivindica a los suabos en sus silencios y en sus metáforas, en lo que dicen y en lo que callan, en lo que describen y en lo que enmascaran.

En el entorno agreste de su infancia, Herta lo observó todo; y en su madurez enriqueció sus recuerdos gracias a Oskar Pastior, un poeta suabo, como ella, que le relató con detalle las peripecias que él, la madre de la escritora y otros coterráneos padecieron en los campos de concentración rusos a partir de 1945, justo cuando Rumania entraba en esa inhóspita hora 25.

Desde sus primeros relatos –En las tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo–, Herta agrupa las vivencias y desventuras de la cultura suaba en un lenguaje que aun cuando describe la opresión utiliza imágenes o paisajes para ilustrarla. Lo mismo habla de los funerales de un viejo general que en su adolescencia simpatizó con el ejército nazi, que del ritual del baño familiar sabatino, que al final permitía a todos los integrantes, de los abuelos a los nietos, sentarse en la sala a ver la televisión; lo mismo describe la atmósfera del Banato, que la flora y la fauna del entorno.

Y crea abundantes metáforas, como en el relato “Los olores”, incluido en En las tierras bajas, donde escribe: “Las faldas negras son tan abiertas como las calles, tan cerradas como el pueblo, tan quebradizas como esa tierra que intenta aferrarte detrás de los últimos huertos, detrás de los ojos punzantes, detrás de la boca sin dientes”. Y detrás de todo están madre, su tía, su abuela, su familia.

Diáfano, sencillo el lenguaje, Herta llena las páginas de la cultura suaba. Conoce y reconoce a los suyos, deja en las páginas su impronta como minoría sojuzgada. Cada relato de En las tierras bajas semeja una fotografía de una época en el gran álbum de la historia; en El hombre es un faisán, las narraciones son más dinámicas, como mosaicos en los que personajes como Windisch, su esposa y su hija Amalie, el peletero y su hijo Rudi, el sastre, el molinero, la flaca Wilma son las piezas. Y en el centro de sus reflexiones cada uno está pensando en obtener el pasaporte para salir de ese oprobioso lugar.

La misma Herta Müller tuvo que abandonar Rumania con rumbo a Berlín en 1987, dos años antes de que en la provincia de Timisoara, donde cursó sus estudios universitarios, se iniciara la revolución que puso fin a la pesadilla totalitaria de Ceausescu.

Hoy tiene vivo el lenguaje que inventó para describir la vida cotidiana de sus paisanos suabos y lo lleva con ella a donde va, para mostrarlo al mundo. La propia Herta ha declarado que le gusta hacer collages poéticos para condensar las historias que cuenta a quien quiera oírlas, leerlas, y lo hizo desde antes de que en 2009 le otorgaran el Nobel de Literatura.

En Occidente su obra comenzó a ser reconocida desde 1990, cuando se tradujo en España su primer libro: En las tierras bajas; dos años después aparecieron El hombre es un gran faisán en el mundo; en 1996, La piel del zorro; al año siguiente La bestia del corazón; en 2010, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma y Todo lo que tengo lo llevo conmigo, y en 211 apareció El rey se inclina y mata.

En México Herta Müller no es desconocida para los jaliscienses. En 1999, asistió a la Feria Internacional del Libro (FIL), a la que llegó con su entonces esposo, el escritor Richard Wagner, si bien apenas llamó la atención.

Diez años después, ya con el Nobel, la investigadora rumana Hariet Quint, adscrita al Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, escribió un artículo sobre la experiencia del totalitarismo en la obra de Herta Müller e incluyó documentos que muestran el acoso a que fue sometida por parte de la Secutirate en tiempos de Ceausescu. Fuera de ello, poco se sabe de esta escritora que en 2011, a 11 años de su primera visita, es la invitada especial en esta FIL que ya cumple ya 25 años.

El martes 29, Herta hablará sobre su libro Todo lo que tengo lo llevo conmigo, que publicó poco antes de le concedieran el Nobel y en el que muestra abundantes ejemplos del ejercicio memorioso que hizo con su paisano Pastior para recuperar los vacíos de su historia personal y de cómo la población suaba sobrevivió los peores años del régimen de Ceausescu. Llama la atención que ahora lo haga como representante de la literatura alemana y en un foro que en los últimos años se convirtió más en una fiesta de la egolatría, en un espacio de negocio y mercadeo editorial; y para colmo, ahora en medio de una jornada de violencia.