Estampas del represor*

Miguel Nazar Haro en un retrato de 1976.
Foto: Archivo

Cuando está de por medio la seguridad del Estado, no hay constituciones ni leyes que valgan una chingada. 
Miguel Nazar Haro

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Desde el tercer piso del edificio de la Federal de Seguridad, en la esquina de Plaza de la República e Ignacio Ramírez, en la Ciudad de México, vio la mole del Monumento a la Revolución. Un poco a su derecha su vista podía llegar hasta la estación de trenes de Buenavista y aún más allá, hasta las brumosas ondulaciones de la Sierra de Guadalupe, en el extremo norte del Valle de México. A esas horas su renuncia estaba ya en el escritorio del secretario de Gobernación, Enrique Olivares Santana, unas cuantas calles hacia el sur, siguiendo por Ignacio Ramírez, cruzando Paseo de la Reforma en la Glorieta de Colón y girando a la izquierda por Atenas hasta llegar al cruce con Bucareli, exactamente en el Reloj Chino. Su carrera policiaca parecía terminada. Los ojos del tigre, símbolo de los investigadores policiacos, tan verdes como los suyos, a sus espaldas, lo siguieron hasta que cerró por última vez la puerta de la oficina que había ocupado durante cinco años.
Desde que inició su carrera policiaca en la Federal de Seguridad, Nazar Haro había mostrado que no sabía equivocarse. El más puro estilo del sistema mexicano. Desde el poder Nazar actuaba sin más restricción que la que podía imponerle su fidelidad a la autoridad; en su caso, el secretario de Gobernación y el Presidente de la República. No ofrecía explicaciones. Simplemente cumplía su compromiso con ellos: proteger al sistema que lo encumbró al poder policiaco. Temido y respetado, Nazar Haro –como sus antecesores al frente de la policía política mexicana– sobrevivió a todo tipo de críticas y a cambios de autoridades y de gobiernos. Era número uno en su misión, y su misión era garantizar la seguridad del Estado. Sin embargo, el hombre de 52 años cometió no sólo un error sino un exceso. Eran los años del desenfreno feliz, contagioso, de la administración de José López Portillo. Nazar Haro, el policía por antonomasia, el Jefe con mayúsculas, el hombre de confianza de presidentes y secretarios de Estado, se vio involucrado en un vulgar contrabando de autos robados y tuvo que renunciar silenciosamente, sin palmadas en la espalda, sin aplausos públicos, a la Dirección.

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Como parte de su trabajo en la Federal de Seguridad, Nazar fue pieza importante en la guerra sucia mexicana. Al igual que otros policías y militares, recibió preparación especial en la Escuela de las Américas, en la Zona del Canal de Panamá, en la cual el Pentágono ha entrenado a generaciones completas de las fuerzas de seguridad de los países latinoamericanos. Ahí estudió Nazar cursos de antiguerrilla y se interesó particularmente en la penetración del comunismo en Centroamérica. Años más tarde esta especialización lo ayudó a convertirse en pieza clave de la CIA en México. Ahí también dio forma a su segunda gran vocación: el anticomunismo, que marcó su trayectoria dentro de la Federal de Seguridad, como agente, como subdirector y como director.
Su estilo policiaco se caracterizó por el dominio de los hilos del poder, por el conocimiento de la psicología humana, por su carácter implacable. No se le conoce una sola entrevista periodística en relación con sus actividades policiacas. Era discreto y su acción fulminante. Su estilo estaba marcado, sin duda, por quienes fueron sus maestros y protectores en las tareas policiacas: Fernando Gutiérrez Barrios y Javier García Paniagua.

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Con Miguel Nazar Haro a bordo, acompañado de dos agentes de la Dirección Federal de Seguridad, un avión del equipo aéreo de Gobernación aterrizó la tarde del 16 de septiembre de 1979 en el aeropuerto de Mérida.
Unas horas antes el Jefe había recibido una llamada urgente del gobernador de Yucatán, Francisco Luna Kan. Tenía un pequeño problema: unos presos se habían amotinado y mantenían como rehenes a una veintena de personas en el juzgado aledaño a la prisión.
–¿Podrían ayudarnos? Estos cabrones exigen un helicóptero y amenazan con volar el juzgado con todo y rehenes.
–Voy para allá. Mantengan la situación como está. Hagan tiempo.
Alrededor de las seis de la tarde Nazar llegó al penal. Se enteró de cómo estaban las cosas. Y luego caminó solo hasta la ventana del juzgado, por la calle. Llamó a los asaltantes y Jesús Jiménez se acercó.
–No queremos hacer daño a nadie. Sólo huir.
–Ni madres. Su única salida es entregarse.
Nazar ordenó lo que llamaba un “ataque psicológico”. Patrullas y carros de bomberos hicieron sonar a todo lo que daban sus sirenas, mientras soldados y policías corrían ruidosamente de un lado para otro y por los altavoces se conminaba a los reos a rendirse. Caía la noche y los rehenes gritaban desde el juzgado que la cosa se calmara, que los presos estaban poniéndose nerviosos, que los matarían. El jefe volvió a dar órdenes.
–Lancen los gases.
Y en el juzgado se produjo el rebumbio. Algunos rehenes lograron escapar. El alcalde de la prisión se zafó de sus captores, y en esos momentos entraron los agentes policiacos, a sangre y fuego. Balazos, golpes, culatazos, y finalmente la rendición. Cerca de cinco mil curiosos, reunidos en la Plaza del Centenario, de Mérida, vieron entonces a Jesús Jiménez Custodio, Francisco López Durán y Jaime Pérez Cortés salir por su propio pie.
(Ahí están las fotos: agentes de ojos vidriosos empujando a los frustrados prófugos. Jesús Jiménez, con los brazos en alto, rindiéndose, a quien un agente le voltea la cabeza hacia atrás, jalándolo de la nariz, casi arrancándosela; López Durán, descamisado, sangrante la cabeza; Pérez Cortés, jaloneado de los cabellos, la camisa ensangrentada.)
Y los vieron también ser arrastrados hasta los autos policiacos, mientras escuchaban a los agentes de civil gritar que se los llevaban al hospital O’Horán, que está a unos metros de la prisión. Distancia mínima que al parecer los autos policiacos recorrieron en una hora, porque fue una hora después cuando los reos llegaron allí, ya muertos a tiros. Los policías –de la Judicial del estado y de la Federal– aseguraron en su parte oficial que los presos habían muerto a causa de las heridas que recibieron en el ataque al juzgado. O sea, los cinco mil pares de ojos de los curiosos vieron visiones.
Se produjo un escándalo. Los testimonios periodísticos de nada sirvieron. Legisladores, abogados, partidos políticos, pidieron una investigación que nunca se hizo.
Pero cuando esto ocurría, cuando el gobernador Luna Kan intentaba explicar lo inexplicable, Nazar Haro y su gente habían volado ya de regreso a la ciudad de México.

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La Brigada Blanca era el más puro estilo de Nazar Haro. Todo tenía que ser rápido, exacto, perfecto, sin huellas. Yo lo conocía muy bien, me hice a su lado en la Federal de Seguridad. La idea de crear el grupo especial fue suya. Quiso sacar a la Dirección de la mira pública, de las críticas por la lucha antisubversiva. Y además organizar de mejor manera esta misión, separarla un poco de las otras actividades de la Dirección. La Brigada Blanca tenía algo así como 225 agentes. La mayoría proveníamos de la Federal de Seguridad. Recuerdo, veintitantos de la Judicial Federal, setenta y tantos de la Policía Militar Federal. Eso recuerdo. Yo me integré por ahí de diciembre de 1979. Me envió directamente Nazar mediante memorándum dirigido al mayor Cavazos Juárez, a quien designaba como comandante de la Novena Brigada de la DIPD. Me asignaba al Campo Militar Número Uno, “hasta nueva orden”. Junto conmigo llegaron otros compañeros. Recuerdo, por ejemplo, a José Hinojosa Gallo y a Aurelio Lozano. Los agentes de la Brigada trabajábamos lo mismo en el local de la Dirección que en el Campo Militar. Podría decirse que en la Federal de Seguridad eran los interrogatorios preliminares, las averiguaciones, y en el Campo, la cárcel. Aunque a veces procedíamos a la inversa. Aparte de las órdenes precisas que nos daban, podría decirse que en la Brigada Blanca teníamos estas tareas, comunes a todos: localizar las casas de seguridad de los guerrilleros, de los subversivos como les decíamos; vigilar a parientes y amigos de los presos llamados políticos y de los que teníamos detenidos en averiguación; ejercer un estricto control de domicilios, lugares de trabajo y actividades políticas; identificar a los activistas en mítines, (carne de guerrilla, le llamábamos); vigilar a quienes teníamos detenidos en los separos de la Dirección o en la prisión del Campo Militar; investigar por nuestra cuenta los hechos delictivos que nuestros jefes consideraban como ligados a cuestiones políticas. Voy a tratar de reconstruir cómo estaba jefaturada la Brigada. El jefe nato era sin duda Nazar Haro. A él se le rendían las cuentas finales. Y, de acuerdo con el tipo de operación, él participaba o no directamente en ella. Después venían los comandantes: el mayor inspector Marcos Cavazos Juárez, como representante de la DIPD que era la corporación que ponía “la cara” de la Brigada Blanca; por la Policía Militar Federal, el teniente coronel Francisco Quiroz Hernández y los coroneles Luis Montiel López y Guillermo Álvarez Nahara; por la Policía Judicial Federal, Florentino Ventura, que era jefe de análisis técnicos y de servicios especiales de la Procuraduría General de la República; por la Policía Judicial del distrito, Jesús Miyazawa, que como policía se había formado en la Federal de Seguridad; también eran comandantes el mayor José Salomón Tanús y Jorge Obregón Lima, que por cierto estuvieron presos por ahí de 1976 acusados de extorsionar a industriales que defraudaban al fisco. No digo que ganáramos muy bien, pero sí nos pagaban decorosamente. Y, sobre todo, en la Brigada disponíamos del “botín de guerra”, es decir, el reparto de lo que sacábamos en los cateos de casas de subversivos o de sus amigos y de parientes. Lo de la famosa tortura, pues es cuestión de puntos de vista. Nos enfrentábamos a gente muy cabrona, dispuesta a todo. Querían derrocar al gobierno. Era una guerra y ellos sabían tanto como nosotros que en una guerra hay que echar mano de todos los recursos. Y ciertamente, traíamos nuestra escuela, cada quien de su respectiva corporación. La verdad, no conozco ninguna policía del mundo que trate con guantes de seda a los delincuentes. En fin lo menos que inspiraban los detenidos era compasión. Nos dijeron que había que ser duros, que eran las órdenes de mero arriba, y lo fuimos.

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Héctor Colín Nava era un consentido del Jefe. A los 28 años encabezaba el Departamento Jurídico de la Dirección Federal de Seguridad. Era joven, era brillante, era además el yerno de Miguel Nazar Haro. Su trabajo al frente del Jurídico era considerado eficaz y en él nada tenía que ver con delincuentes, con activistas, con espionaje ni con ninguna de las actividades soterradas de la Dirección. Por eso cuando el 17 de mayo de 1981 en la mañana Nazar Haro recibió la noticia de que el esposo de su hija había sido encontrado salvajemente asesinado, todo el mundo policiaco especuló: en él alguien se vengó de Nazar. Discreto como siempre, Nazar enterró junto con el cadáver sus propias conclusiones y no hizo declaración alguna. La muerte de Colín Nava ocupó apenas la atención de los periódicos y nunca se hizo público si los responsables fueron encontrados.
Sólo quedaron para la historia los datos de la necropsia. Colín Nava fue primero atropellado cuando conducía su motocicleta BMW, golpeado y torturado después, y balaceado finalmente, a quemarropa, con ocho tiros calibre .38 súper.
Agentes cercanos a Nazar aseguraron que la muerte de su yerno deprimió al titular de la Dirección.
Para esas fechas el FBI –su viejos amigos del FBI– lo habían colocado ya bajo la mira.

II

El Jefe pone la boca de la Mágnum en el centro mismo de tu frente.
–Ahora sí, Flaquito, te llevó la chingada. Que conste que te di chance.
–Míralo al güey –escuchas la voz ronca de un agente policiaco–, se está cagando. Qué valientes son estos mierderos comunistas. Si no es a traición, valen madre.

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Hacía tres, cuatro días, cómo precisar, Ramón había sido capturado por agentes de la Brigada Blanca cuando repartía ejemplares de Madera, el órgano de propaganda de la Liga Comunista 23 de Septiembre, en la zona fabril de Naucalpan, en el área conurbada de la ciudad de México.
Descendió al inframundo tan temido por los guerrilleros mexicanos. Desde que a golpes brutales lo subieron a una camioneta cámper, Ramón conoció el catálogo completo de la tortura policiaca. Nada dijo. El voto de silencio era sagrado. No lo rompió ni siquiera cuando a empujones y mentadas fue llevado al patio central del sombrío edificio, pura y helada piedra gris, de la Federal de Seguridad. Ahí estaba la Tita, con la frente estrellada por el tiro de gracia. Desnudos, amoratados, igualmente muertos a tiros, yacían El Guerra y el más joven de la brigada de propaganda de la Liga, Ernesto.
A punto de la náusea, Ramón se volteó y trató de retirarse. Brazos de hierro lo retuvieron. Los agentes lo obligaron a identificar los cadáveres de sus compañeros, uno a uno, lentamente. A puñetazos y patadas lo regresaron al sótano donde nuevamente lo sometieron a las torturas de un interrogatorio que resultaba cansado incluso para los torturadores. Fue después de esa sesión cuando le anunciaron que de él se encargaría personalmente el Jefe.

* * * * *
Estás sentado frente al escritorio de caoba del Jefe, a la vista la hilera de aparatos telefónicos y de frente también, centrada en la pared, la enorme foto de un tigre de Bengala, símbolo de la Dirección Federal de Seguridad. El Jefe termina una llamada, cuelga el auricular, y moviendo lentamente su cuerpo bajo, pesado, rodea el escritorio para detenerse ante ti. Toma tu barbilla con sus manos suaves, y te obliga a verte en sus ojos verde pálido. Te da un golpe leve con los nudillos del puño derecho.
–Háblame, hijo, háblame de ti. Háblame de tu hermana, a la que tanto quieres… –te dice envuelta la voz en terciopelo.
Por las ventanas penetra la luz fulgurante de la mañana invernal. Dos o tres agentes van y vienen silenciosos en torno tuyo. El Jefe te pone la mano sobre el hombro. Acaricia tu cuello, lo aprieta apenas y lanza un suspiro. De pronto parece recordar algo, regresa ante el escritorio, abre un cajón y levanta una cuartilla blanca.
–Mira qué linda carta –dice, con una sonrisa abierta–. Se la escribiste a tu hermana. Escucha: “Cecilia: ¿Te acuerdas hace un tiempo que dije que me ahogaba, que no podía más, que los muchachos me exigían una decisión? Creo que ya la tomé. Esto no tiene vuelta, no hay más que las armas, aunque te parezca idealista. No sé si tengamos oportunidad de hacer algo importante, algo que realmente contribuya a cambiar a este país. Lo que sí sé es que si no me voy con ellos nada tendrá sentido en mi vida. Total, lo peor es morir a balazos o ser torturado por esos hijos de la chingada. Lo mejor es que alguien, tú por ejemplo, me recuerde, nos recuerde en este esfuerzo por acabar con la injusticia”. Tienes buen estilo, mi Flaco, hasta a mí me emocionas. Cuánto más a tu hermana. Y a tu madre. Por cierto, sería muy fácil que las volvieras a ver. Dame el domicilio de una de las casas de seguridad del Piojo. De una sola. Bastaría con eso. A nosotros tú ya no nos sirves. Sálvate. Vuelve a abrazar a tu hermana y a tu mamá. Te aseguro que después todo quedará en el olvido. Te lo juro.
A través de tus párpados entrecerrados, abultados como los de un boxeador diez rounds después, observas al Jefe. Por tu mente pasa todo lo que tus compañeros comentaban acerca del personaje que encabeza la lucha contra los llamados grupos subversivos. Estás desconcertado. Nadie aludía a su voz aterciopelada, ni a la suavidad de unas manos que ahora te tocan las mejillas, como caricias, tu frente adolorida, tus labios amoratados.
–Mira güey, aquí Juan Manuel ya sabe quién es tu jefe inmediato y dónde está ahora. Pero quiero que tú nos ayudes a localizar al mero mero, al Piojo. Carajo, no necesitas más para salvar el pellejo…
De improviso, el peso brutal de un puño en el esternón te aplasta contra el respaldo de la silla. Sientes que te ahogas, que sobreviene el vómito, el vómito que no llega porque nada tienes en el estómago.
–Tan fácil que sería evitarte esto –dice el Jefe, mientras se frota los mismos nudillos con los que antes casi te acariciaba.
Levantas la cara. Te asomas a los ojos acuosos del Jefe.
–Tengo sed –musitas.
Como relámpago, uno de los agentes te arroja un vaso de agua en el rostro y exclama:
–Toma, ¡lámete cabrón¡ Y habla, hijo de la chingada o te lleva el carajo. Ya viste los cadáveres de tus pendejos compañeros. Habla ya…
–No le hagas al mártir –interviene de nuevo la voz pausada del Jefe–. Un mártir tiene ideales. Ustedes sólo quieren armar desmadre. ¿Mártires? Mártir el Che Guevara. Ese sí tenía güevos. Mira Flaco, porque te dicen Flaco, ¿no? Mira Flaco, lo sabemos todo de ti. Que naciste aquí, que estudiaste en el CCH, que tu padre abandonó a tu mamá y a los cuatro hermanos que son ustedes, que saliendo del CCH te metiste en esta onda, que perteneces a la brigada de propaganda de la liga de mierda, que eres bien cercano al Piojo y que sabes dónde está. Es más, has tenido diferencias con él. Te echaste, y dime si no, dos que tres de mis agentes y bastaría con eso para darte en la madre. Pero te ofrezco la oportunidad, carajo, dime dónde está el Piojo y te salvas, qué más te da, carajo.
Percibes el aroma a loción fina que desprende el rostro del Jefe, a unos cuantos centímetros de tu cara. Sus ojos clavados en los tuyos. Todo lo que te dijo es rigurosamente cierto.
–Ya me cansaste, pinche Flaco. De cualquier manera alguien cantará y agarraremos al Piojo. Ve diciendo tus oraciones… ¿O no? Porque así son ustedes, muy comunistas pero terminan encomendándose a diosito.
El Jefe toma una pistola de encima del escritorio. La reconoces. Es una Mágnum .380. Observas cómo la acaricia y cómo atenaza la culata con la mano derecha.
Los agentes se acercan. Uno de ellos, a quien el Jefe ha llamado Juan Manuel, de pelo rizado negro y bigote recortado, aspira su cigarrillo, exhala y el humo se ilumina a contraluz de una ventana que enmarca el azul pálido del cielo.
–Grita que vas a hablar, cabrón, grita, güey, no seas pendejo –te escupe Juan Manuel.
De haber querido, habrías sido incapaz de emitir palabra alguna. Sientes que el alma se te atraviesa en la garganta: un nudo imposible de deshacer. No puedes contener las lágrimas. No piensas. Cierras los ojos y escuchas apenas la respiración pausada del Jefe.
–Bueno, Flaquito, adiós –dice el Jefe–.
Adviertes con espanto que los esfínteres se te aflojan y que emana de tu cuerpo un repulsivo olor a mierda, aprietas los párpados aún más, crees imaginar el más allá, y no, no, no te arrepientes de nada…
Con la boca del cañón en tu frente, tensos los músculos y los nervios del brazo, fundidos la palma y los dedos de la mano derecha con la culata de la Mágnum, Miguel Nazar Haro aprieta el gatillo.
En el silencio de la habitación escuchas, multiplicado contra los muros, el inconfundible tronido seco de un disparo sin cartucho. l

* Textos extraídos del libro inédito Los años sucios.