La casa de los milagros


MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el 4803 del Hollywood Boulevard de Los Ángeles se ubica la morada-estudio de un excepcional instructor de canto de origen mexicano, cuya fama se ha esparcido hasta los rincones más insospechados de la Unión Americana. Inclusive, ecos de su trabajo artístico han llegado hasta Europa y Asia. A menudo, sus logros pedagógicos han merecido reportajes en la prensa estadunidense y, como es de suponer, ninguno en los medios nacionales. Para el eminente paisano no hubo otra salida más que huir de la barbarie y lo hizo, jugándose la vida y la reputación, en compañía de su pequeña familia. Pocos meses después de haber cruzado la frontera, a Clarita, su mujer, y a los hijos Adolfo y Arturo se les unió Cosme, un sobrino caído en la orfandad, por obra y gracia de las fuerzas del orden que ha padecido nuestro país.

La confortable mansión da fe de la voluntad con que el maestro ha desempeñado su labor y de la eficacia de sus métodos de enseñanza. Una palmera colosal se yergue sobre la glorieta donde se estacionan las visitas. En el porche frontal pueden observarse artesanías que delatan la procedencia de los moradores. Varias mecedoras se alternan a coloridas hamacas. Ollas de barro negro rebosantes de flores se apoyan en los barandales. Una placa de Talavera nos dice: Sea usted bienvenido. Entrando al amplio vestíbulo, la vista es atrapada por una colección de sarapes y rebozos clavados a las paredes. El amor patrio se conjuga con la nostalgia de un pasado renuente a desterrarse. Atenta y presurosa, la servidumbre ofrece agua de tamarindo a los diferidos visitantes que han de disponerse en una abigarrada sillería en espera de su lección de música. A la derecha, presidido el marco de la puerta por una bandera con un obsoleto escudo nacional, se accede a la sala donde se cocinan los éxitos que han traído la prosperidad. En la iluminada habitación penden retratos de celebridades con esmeradas dedicatorias; estrellas de cine y políticos en su mayoría.

Un óleo del gran Caruso confirma el sesgo de la frenética actividad que aquí se realiza.(1) En este recinto, considerado por sus dueños como un pabellón mexicano que asila a expatriados en desgracia, se han formado, esculpido y saneado las voces que reclaman los teatros de ópera. Por estos muros han desfilado divas hechas añicos, barítonos desahuciados, tenores con vibratos capretinos que nadie tolera, y una miríada de amantes del bel canto ansiosos por darle a sus emanaciones canoras la promesa de alguna ovación furtiva.

Como podemos adivinar, el instrumento que reina en la melodiosa residencia es un piano de cola, donde Clarita acompaña el repertorio obligado y las infinitas vocalizaciones que resuenan a lo largo de la jornada. Escuchamos que no hay tregua para el maestro y su señora. Se levantan con el despuntar del alba, y apenas despachan un copioso desayuno –muy a la mexicana– comienzan a dar clases con el brío de los iniciados. Las sesiones cotidianas que realiza la pareja median entre 12 y 14 horas, prácticamente ininterrumpidas. Sólo hay pausas breves, entre clase y clase, que el maestro se concede para dar unas vueltas con paso veloz alrededor del jardín.

El primer discípulo con quien intercambiamos saludos nos refiere que ha venido desde Nueva York atraído por la milagrosa técnica que nuestro compatriota imparte. Había probado con maestros en Milán y en Roma y el veredicto era invariable, tenía las cuerdas vocales tiesas y no había marcha atrás. Titubeante había emprendido el viaje hasta la costa oeste, pues ya no tenía nada que perder. Lo que sonaba ficticio o fraudulento era que en dos años de trabajo intenso, el mexican professor garantizaba devolver la salud del aparato fonador y, de paso, expandir el registro. Una emisión libre habría de ser consecuencia de un conocimiento profundo del mecanismo fisiológico que interviene en el proceso. Nada debía quedar en las penumbras de la conciencia: desde los sutiles movimientos de la glotis hasta las poderosas contracciones del diafragma, que debe inflarse como un salvavidas alrededor de la cintura. Todo esto, adicionado de un trato afable que infunde confianza son claves en las recomendaciones de boca en boca. El pupilo concluye asegurando que en los nueve meses que han transcurrido desde su primera clase, los resultados son audibles. Hoy se levanta sonriente y ya no tiene problema en asumirse como Enrico Caruso Jr.

Otra joven, procedente de Alaska, confirma sensaciones análogas. Había perdido los sobreagudos, los últimos contratos para interpretar la Reina de la Noche de La flauta mágica (2) se habían cancelado abruptamente y la voz se le rompía con la misma frecuencia que su estado de ánimo. Llegó a L. A. destrozada, pero al cabo de la tercera sesión empezó a notar cambios prodigiosos. Ya no aguanta por volver al escenario.

Cuando oyó decir que el pedagogo sostenía que todos podemos cantar, con la misma facilidad con la que hablamos a menos, naturalmente, que tengamos alguna deficiencia genética o enfermedad incurable, el muchacho peruano del turno próximo asegura que albergaba dudas; sin embargo, en la audición de ayer para unos productores cinematográficos, resultó electo entre una marea de aspirantes, debido a la “increíble” impostación vocal que ha obtenido en unas cuantas lecciones.

Los testimonios pueden corroborar percepciones subjetivas, pero la prueba veraz es observar al experto en su elemento. Con gesto decidido aunque dotado de amabilidad, el maestro coloca de espaldas a la pared a un cantante moreno en ciernes; al tiempo que le oprime el vientre con la mano izquierda, el índice derecho lo lleva hacia su mentón para encontrar la postura ideal. En los ejercicios respiratorios que hace a continuación le suministra un globo que debe inflarse con una columna de aire de especificaciones precisas. Si no se desarrollan los pulmones y no se activan los resonadores correctos, la voz no tendrá proyección. Series extrañas de vocalizaciones se añaden con una secuencia inalterable, y a eso se le aúna el cultivo de la sensibilidad auditiva, que deber ser consecuente con la afición por lo bello y lo verdadero. En suma, el cantante ha de saberse necesario en una sociedad que no discierne las mentiras y se arrellana en los oasis falsos del entretenimiento y la publicidad.

Para asombro de los presentes, el alumno poblano alcanza un do de pecho que repite, impávido, con la soltura de un consagrado. La palmada que recibe en el hombro confirma la vocación del maestro por ayudar ayudándose. No hay cuotas monetarias para los indocumentados que, como los miembros de la familia, emigraron de un país en llamas. De la cocina surge una sirvienta con una porción de chilorio sonorense que Clarita aprueba antes de entregárselo al novel exiliado. Mejor que el que hacía mi suegra en Guaymas, advierte burlona la dama. ¡Quién habría de creerlo! Su elegante vestimenta denota un refinamiento en franca contradicción con las penurias sufridas al inicio de la odisea gringa. El creciente poder adquisitivo se gestó después de incontables fatigas. La salida de México, intempestiva y desgarradora como la de miles, significó la derrota ante una realidad asfixiante. Pero de ellos se esperaba que su miseria fuera diferente. Sin un centavo y con la vaga promesa de alguna hospitalidad transitoria se fueron tejiendo los días y ella, como una Penélope criolla, zurció ajeno y se empleó como costurera en fábricas de mala muerte. Las bufandas que habían de destejerse encuadraron con las raciones magras que sus hijos deglutieron con los rostros macilentos. Los adolescentes Adolfo y Arturo repartieron periódicos y el sobrino Cosme cortó céspedes a domicilio.

¡De qué habían servido los años dedicados por el señor de la casa a trabajar para el gobierno si su recompensa había sido el desamparo! No podía culparlo, sabía tocar el violín, se defendió como pianista acompañándose canciones vernáculas en un casino, pero la carrera de contador la hizo a regañadientes y nunca pensó en hacer dinero. A la postre, alejado de las querencias, encontraría la salvación familiar en la música. De haber sido el “tenorcillo” que amenizaba fiestas infames sería reconocido por seres que hablaban otras lenguas. El milagro se materializaría en una ciudad que no era la suya. Para sorpresa de incrédulos y candidatos a la presidencia, el instructor de canto se llamaba Adolfo de la Huerta. De sus cargos como gobernador de Sonora, ministro de Hacienda y Presidente de la República sólo hurtó la gloria. l

(1) Se recomienda la escucha de Una furtiva lágrima que Caruso cantó en 1919 en el Hipódromo Condesa de la Ciudad de México por mediación del misterioso maestro de canto. Escúchela en proceso.com.mx
(2) Se sugiere la audición de la misma, con el mero propósito de apreciar los prodigios que pude hacer a voz humana si está bien educada. También disponible en la página web del semanario.