Reminiscencias


Cuando de tu violín pulsas las cuerdas/ y en la otra mano el arco las lisonja/ prodúcese un fenómeno de esponja/ con todo lo que das y nos recuerdas.

Parece que en su música nos dieras/ de Brahms la vida toda y aún su muerte/ y el oírte, no sólo es una suerte/ sino un milagro más que nos hicieras.

Milagro, sí, lo digo y lo repito/ pues, ¿qué otra cosa puede compararse/ a sentir que se está de hito en hito?

Prendido de tu lisa milagrosa,/ de todo lo pedestre arrebatado/ y alzado a una región maravillosa.

Con ese que describes arcoiris,/ azul, naranja, verde, añil, morado/ amarillo fulgor y rojo alado/ a ella misma nos das: la Diosa Iris.

Y entonces, con la magia de tus notas/ cada color lo vuelves un sonido/ y uno siente que pierde ya el sentido/ de tanto que lo fuerzas hacia ignotas.

Regiones en que ya nada es lo mismo/ y en vértigo continuo son colores/ las notas que antes iban al abismo.

Y el caos de oídos sordos y ojos ciegos./ Pero llegaste tú para salvarnos./ Al darnos de tus dones palaciegos.

Si cada nota de tu lira fuera/ una sílaba lenta de mi pluma/ sería mi silabario cual la esponja/ y el fiel abecedario, una pantera.

Y en su precisa, atroz, veloz carrera/ la letra que al sonido ya se suma/ me agobia, quema, ahoga y abruma/ tal es su nueva condición de fiera.

Y en los saltos mortales de la tinta/ la música plasmada estar quisiera/ por no desvanecerse ya, ni extinta.

Abandonarse a lo que no existiera/ quedarse pues pegada en esa cinta/ y lo demás, quedarse todo afuera.([1])

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Estos versos, desconocidos e insólitos, fueron compuestos por Carlos Fuentes (1928-2012) para sumarse a los festejos por los cincuenta años de actividad artística del legendario violinista Henryk Szeryng (1918-1988) quien, sin obstar su presencia continua en los teatros más importantes del mundo, eligió para ello a la Sala Nezahualcóyotl del Distrito Federal. Para desazón del músico, el día exacto que había de concordar con el debut acaecido en Varsovia el 6 de enero de 1933 (Proceso, 1637), no pudo obtenerse dada la intensa programación del magno recinto universitario. Sólo estaba disponible el miércoles 5 de enero.

Acotando los bordes temporales, es de añadir que el poema de Fuentes es vago en cuanto a fecha y lugar: “México, 1983”; aunque podemos intuir que su datación fue inmediatamente posterior a ese día de enero, pues alude al milagro conferido al escuchar Brahms. Las tres sonatas para violín del compositor de Hamburgo fueron las obras elegidas por Szeryng para su conmemoración, misma en la que optó por invitar también a un pianista mexicano, eso sí, de talla internacional.([2]) El problema para conseguir la sala en la fecha deseada se había debido, principalmente, a que el violinista se había visto en la necesidad de huir de México, su añorada patria adoptiva, durante los últimos años del sexenio de José López Portillo. Su anhelado regreso a nuestro país ocurría, y aquí comienza lo interesante del asunto, apenas un mes después de que el mandatario que iba a defender el peso como perro y su melodiosa consorte soltaron el fuero presidencial.

Mas no nos adelantemos a las máculas del priísmo y volvamos al efecto que produjo en el escritor la maestría consumada de Szeryng.([3]) Elocuente la declaración del arrobamiento musical que eleva el espíritu a regiones maravillosas; afortunada la imagen del caos producido por oídos sordos donde la verdadera música, aquella que expresa su ciencia prescindiendo del orgullo, llega para salvarnos. No en vano, buena parte de la obra literaria de Fuentes fue concebida con música de fondo –de notar la referencia a la diosa Iris y los sonidos que engendran colores– en la luminosa soledad que puede desplegarse oyendo –idealmente tendría que escucharse– un disco. A pesar de su atención tamizada en el acto de escribir, el hacedor de palabras buscó sus modelos en los senderos, a veces abrumadores pero siempre inefables, que traza el arte sonoro en los campos de la imaginación. Fehaciente fue el testimonio de su admiración por el forjador de sonidos que se naturalizó mexicano en 1948, cuya generosidad y grandeza interpretativa le valieron innumerables distinciones y reconocimientos al por mayor.

En aras de conseguir asilo para 4,000 judíos destinados a los campos de exterminio, Szeryng pisó por vez primera suelo mexicano en compañía del primer ministro del gobierno polaco en el exilio Wladyslaw Sikorski, para quien fungía de traductor (aun a sus escasos 24 años de edad Szeryng tenía un dominio pleno de ocho lenguas). La audiencia sostenida en Los Pinos entre la comitiva polaca y Manuel Ávila Camacho en aquel diciembre de 1942 decretó la salvación de los condenados y el agradecimiento sin confines del hábil traductor. Vendrían como consecuencia sus lecciones en el Conservatorio y la UNAM, aunando el propósito férreo de difundir la música mexicana en todos los rincones del orbe. El pasaporte diplomático junto al grado de consejero honorario permanente de México ante la UNESCO serían parte del encandilamiento entre el violinista y los políticos mexicanos.

Habrían más muestras de esos resplandores al decidirse a regalar su violín Andrea Guarnerius Sanctae Theresiae de 1683, instrumento que había pertenecido a Giuseppe Tartini (1692-1770) en la época en que compuso su sonata Il trillo del diavolo, al gobierno de México.(4) Nuevamente Los Pinos abrirían sus puertas, el 1 de diciembre de 1974, para llevar a cabo la ceremonia de entrega donde Luis Echeverria haría acopio de su inconexa verborrea para improvisar un discurso hueco. Inimaginable lo que acontecería con el cambio de gobierno. Apenas iniciado el nuevo sexenio se vislumbran años fértiles para la música. La primera dama toca discretamente el piano y al país lo único que le hace falta es aprender a administrar la abundancia. Espejismos en ojos de ciegos.

En la navidad de 1978, Szeryng es recibido en la intimidad familiar de Los Pinos, donde nadie puede escaparse de ser escrutado por el Estado Mayor, y la cena resulta catastrófica. Se pretendía que amenizara a la concurrencia, pero los ánimos sólo estaban dispuestos para la frivolidad. Con el ninguneo en ristre Szeryng se devuelve a su casona de San Ángel sin lograr entender dónde se rompió el embrujo. Ni en el Palacio de la Zarzuela almorzando con los reyes de España, ni en la residencia de verano de Mariscal Tito, ni con la reina Margarita de Dinamarca, mucho menos en sus veladas con Rainiero III de Mónaco y su esposa Grace privó otra cosa que no fuera el interés de los dignatarios por su persona. Todos ellos sabían aplazarse para escucharlo en vilo de la incredulidad. No podía ni debía ser de otra forma.

Restaba, quizá, una vendetta sutil para poner a cada quien en su sitio; él sí podía permitirse un desplante de dignidad. Poco después tiene verificativo un concierto en el Centro de Convenciones de Acapulco, feudo consentido de la Señora Presidenta. Teatro lleno con éxito arrollador garantizan la inmunidad. A la hora precisa anunciada en el programa, sin un margen mínimo de tolerancia, el temerario violinista acomete la ejecución de la primera obra sin esperar el arribo de Doña Carmen y su séquito. La afrenta es certera pero rebasa su cometido. Al paso de los días empiezan a materializarse llamadas intimidatorias y amenazas de muerte. De nada le había servido poner de hito en hito a su corte de admiradores si su vida iba a entrar al vaivén perverso que ordenan los saqueadores de México, nación donde se baila sin música y donde las tumbas arden en la inconformidad de sus muertos.

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(4) Dicho instrumento pasó después a manos de Camillo Sivori (1815-1894), único alumno de Nicolás

Paganini. Posteriormente fue propiedad de Charles Enel, comerciante de instrumentos parisino quien

lo vendió en 1937 a la familia de Henryk Szeryng. Actualmente está custodiado por la Orquesta

Sinfónica Nacional.

 



([1]) El manuscrito autógrafo se encuentra en los archivos de Henryk Szeryng que preserva y

difunde su viuda.

([2]) Se trató de Jorge Federico Osorio.

([3]) Se recomienda la audición del Allegro con brío del trío op. 8 de Johannes Brahms en la interpretación

de Szeryng, Pierre Fournier y Artur Rubinstein. Disponible en la página proceso.com.mx