Un insólito centenario


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Se ha dicho que para Darius Milhaud, pocas músicas tenían el poder de conjurar las inclemencias del invierno.[1] Una de estas, su supuesta preferida durante los días helados de Paris, era el Huapango de José Pablo Moncayo (1912-1958). Escuchándola con el cuerpo aterido, su espíritu había de transportarse hasta esta latitud nuestra recibiendo las intuidas bondades de un sol curativo y un cielo luminoso. En las vitales armonías de los sones veracruzanos tomados en préstamo por Moncayo, Milhaud probablemente descubría una sensación que a nosotros a menudo nos rehúye: en los tañidos de nuestras raíces musicales sobreviven ecos ígneos de un pasado comunitario que continúa caldeando al presente individual.

       Pero, ¿quién fue, o qué más hizo, el compositor que vio con desagrado cómo la apabullante popularidad de su primer experimento orquestal fue fagocitando al resto de su producción y sus quehaceres musicales?, ¿No fue estrictamente cierto que para el maestro jalisciense la envergadura de la obra escrita en 1941 no iba más allá de considerarse como una especie de tesis para examen profesional[2] y que diría con sorna que se había convertido en “El Moncayo de José Pablo Huapango”?…

Más allá de disquisiciones anunciadas, muchas de ellas escritas en las páginas de este semanario por José Antonio Alcaraz, es necesario acercarnos a la figura del músico para conmemorar la primera centuria de su nacimiento, acaecida el 29 de junio, tratando de abordar un aspecto de su trayectoria artística que no se ha estudiado con hondura suficiente. Hablamos de su faceta como director de orquesta, en la que encontramos destellos de una capacidad inusual y de una solvencia digna de recuento. No obstante, no está por demás mencionar someramente su perfil biográfico.

Como ya se ha escrito, el autor del celebérrimo Huapango vio la luz en Guadalajara en el seno de una familia numerosa con dificultades para subsistir. En busca de mejores oportunidades laborales y de un andamiaje educativo más propicio, la familia Moncayo emigró a la Ciudad de México alrededor de 1918. Poco después, el jefe del hogar falleció dejando a nuestro compositor en una orfandad que habría de marcarlo para el resto de su sucinta existencia. Se cree que la decisión de volverse músico fue derivada de la influencia del hermano mayor, quien ayudaba al sostenimiento de la prole tocando el piano en cines, cafés y estaciones de radio, sin embargo, esta suposición no tiene asidero documental. Tampoco hay evidencia que ilumine la etapa transcurrida entre los seis y los catorce años de edad, época donde, necesariamente, hubo de encaminarse hacia el oficio. ¿Pudo haberse iniciado como autodidacto?… Imposible precisarlo. Se sabe a ciencia cierta que José Pablo comenzó a tomar clases con Eduardo Hernández Moncada, pianista de excepción y hábil director de orquesta, hacia 1926. Tres años más adelante tuvo lugar la inscripción en el Conservatorio Nacional, quedando inscrito en la cátedra de análisis y orquestación de Candelario Huizar. Difícilmente, con ese breve aprendizaje pudo estar listo para convertirse en alumno del exigente Huizar (PROCESO 1742), de quien expresó:

“Huizar fue para mí algo más que maestro; tuve su consejo siempre en el momento que lo necesité, le debo muchísimo. Su música me parece excelente, especialmente la Cuarta Sinfonía que me llenó de alegría al dirigirla.”

En sus estudios en el Conservatorio contó también con las enseñanzas de Carlos Chávez, a la sazón director del plantel, dentro de la recién instaurada cátedra de Creación Musical. En ese taller de composición se instruirían Blas Galindo, Daniel Ayala y Salvador Contreras, con quienes Moncayo formaría el renombrado Grupo de los Cuatro. Huelga decir que la pertenencia al círculo íntimo de Chávez significaría para el diestro jalisciense la apertura de horizontes ilimitados y el acceso a los puestos de poder que su mentor estuviera dispuesto a cederle. Para 1931 aparecieron sus primeros trabajos musicales, al tiempo que comenzaba a desarrollar sus grandes dotes para la dirección de orquesta. En ese periodo, hubo de sufragar sus estudios siguiendo la horma del hermano, es decir, debió tocar el piano en centros nocturnos, musicalizar películas mudas y dar clases de solfeo enla Escuela de Arte para Trabajadores N° 3, donde había conseguido una plaza después de infructuosos tentativos.

Como conclusión de sus estudios formales, Moncayo se trasladó en 1942 ala Unión Americanapara obtener el pulimento de los consagrados. La menuda estancia sería de sumo provecho para nuestro compatriota, pues tuvo los tamaños para presentar una obra (Llano grande) que ganó el certamen organizado por el Berkshire Musical Festival que dirigían Aaron Copland y Serge Kussevitsky. Sobre su desempeño Copland comentó: “Quedé complacido con el trabajo que Blas y Pablo hicieron en la escuela. A todo mundo le gustó mucho y creo que honran a México…”

En el resto de la década de los cuarentas, Moncayo afirmó su posición dentro de la música mexicana, ya que logró que su Sinfonía, su Sinfonietta, su única ópera y su poema sinfónico Tierra de Temporal se estrenaran, colaboró en la fundación de las Ediciones Mexicanas de Música y dejó de ser atrilista de la Sinfónica de México para convertirse en su Director Titular. En los ocho años que le sobraban de vida continuó por la senda compositiva llegando a completar un corpus de 37 obras y contrajo matrimonio en 1955 con la señora Clara Elena Rodríguez, con quien procreó dos hijas a las que no vería crecer. En su obra, “tierna y cálida” como la definiría Alcaraz, encontramos también música de cámara, Suites de Ballet, piezas corales, una banda sonora y una ecléctica producción pianística,[3] donde palpitan las influencias de sus ídolos Debussy y Ravel. El 16 de junio de 1958 su frágil corazón dejó de latir privando a la cultura nacional de un sinfín de pensamientos musicales que ya no alcanzaron a materializarse.

En los años donde Moncayo empuñó la batuta ante la Sinfónicade México, después Sinfónica Nacional, la formación de directores de orquesta era aleatoria y dependía de un talento auditivo, analítico e imitativo que aún no se fomentaba en las aulas del Conservatorio. El caso de nuestro músico nos lo confirma: fue entrenado en la materia por Hernández Moncada y Chávez quienes, a su vez, habían debido improvisarse sobre el podium, y su tirocinio se había gestado en la vida profesional. Tocante a su alumno y delfín Chávez apuntó: Tengo muchas esperanzas de que sea Moncayo el primero de estos tres muchachos [Junto a Galindo y Contreras] que pueda convertirse en un verdadero director de orquesta. Ya desde ahora le he dado mucha intervención en los trabajos de la Sinfónica…” La intervención aludida fue gradualmente expandiéndose hasta que Moncayo completó el escalafón con una vertiginosidad asombrosa. En el estreno de su Huapango, ejecutado por Chávez en 1941, hubo de recibir una sorprendente ovación desde su puesto como percusionista, para después recibir el nombramiento de director asociado. La razón esgrimida por el dueño de la música de México para cederle su puesto como titular, fue que el trabajo frente a la orquesta le robaba demasiado tiempo a su misión como creador. Podemos preguntarnos: ¿Por qué quiso enfilar a Moncayo hacia una profesión que no dejaba espacio para la actividad creativa? ¿Pretendió acaso limitarlo para que dejara de componer? ¿No era cierto que sus obras recibían más aplausos que las suyas?…

Como quiera que sea, el tímido y apocado jalisciense, según los decires de Chávez, dejó una impronta profunda en el campo de la dirección orquestal. De una magnitud que cimbra las percepciones que tenemos sobre los líderes de nuestra nación: Su honestidad artística no tuvo tacha y se mantuvo en el puesto por un consenso general que valoraba su amplísima preparación. Era capaz de memorizar programas completos y si era requerido para citar tres obras que hubiera leído, podía citar cientos y con conocimiento de causa. Sus gestos eran discretos pero eficaces y prefería evitar la palabrería hueca para concentrarse en la solidez de sus propias ideas, transmitiéndolas a sus subalternos con el mínimo de aspavientos. Su conocimiento de la psiquis humana lo condujo a una política de ensayos de muy extraña valía: al detectar anomalías de ejecución descendía del podium dejando a la orquesta que siguiera tocando sola, para señalarle en privado a la sección o al músico los yerros cometidos. Muchos Huapangos hemos de escuchar para conjurar las heladas culturales que nos depara el macabro retorno del PRI…



[1] La aseveración procede de J. A. Alcaraz, quien lo escuchó de boca del compositor. (PROCESO 1941)

[2] Ibid.

[3] Se recomienda la escucha de sus Muros Verdes, por ser una de las obras cumbres de su producción pianística. Sobre su génesis la viuda del compositor declaró que fue compuesta como reacción ante los inmensos árboles de los viveros de Coyoácan que, vistos desde lejos, le dieron la idea de paredes vegetales. Pulse la ventana de audio. (Alberto Cruzprieto, pianista. Quindecim Recordings, 1994)