Nuestra huella


MÉXICO, D.F. (Proceso).- En todo el planeta se están celebrando los ciento cincuenta años del natalicio de Claude-Achille Debussy (1862-1918), y aunque el excelso compositor no hubiera cruzado nunca el Atlántico y no hubiera compuesto nada basándose en algún tema de índole mexicana, no han faltado las crónicas y los ensayos escritos en nuestro país que buscan dilucidar la influencia que tuvo su obra en nuestros compositores, junto al impacto que ejerció su lenguaje en los melómanos oriundos. No pretendemos, por lo tanto, redundar en el trabajo emprendido, sino sacar a flote un hecho poco difundido de la biografía del artista que lo conecta con esa realidad nacional que nos lastima, nos supera y nos avergüenza.

        Digamos, a manera de introito, que las primeras composiciones de Debussy que se escucharon en nuestro ensangrentado territorio se debieron a la iniciativa de Manuel M. Ponce, quien programó en junio de 1912 –aún en vida del autor- un concierto con sus alumnos en la Sala Wagner de la ciudad de México, dedicado exclusivamente a la obra pianística debussiana. Abrió el recital un adolescente de 13 años de edad tocando el Clair de Lune, partitura que llevaba apenas 7 años de haberse publicado. (1) El músico en ciernes era Carlos Chávez  y no hubo quien pudiera entrever en su poética interpretación el sesgo tiránico, despótico y autoritario que adquiriría su carácter.

Asimismo, hemos de mencionar la conmoción que sufrió el joven Silvestre Revueltas al enterarse de que la música hecha de “color, escultura y movimiento” que soñaba con crear ya estaba compuesta y que su artífice había sido el maestro francés. Así lo escribió el intimidado duranguense: “Al conocer de cerca la música de Debussy me di cuenta de que toda mi música mental era idéntica. Debussy me hacía el mismo efecto de un amanecer cuya gama de colores adquiere una plasticidad táctil, que se transforma de mis ojos a mis oídos en música plástica… música en movimiento… Hasta 1924, viví en esa actitud. El encontrar que ya había habido alguien que diera forma a mi mundo nuevo, me hizo sostener una lucha tremenda que se tradujo por la inacción, pues resolví no componer jamás…”  No sobra anotar, que el pasmo creativo padecido por Revueltas fue más largo de lo imaginado, pues lo mantuvo postrado desde los 17 hasta los 25 años, es decir, a partir de que inició su época como estudiante en la Unión Americana en 1916. (2)

No es de extrañar que la aguzada originalidad de Debussy haya desfondado conciencias y escandalizado a timoratos. Su personalidad musical abrió una brecha sin precedentes, ya que supo distanciarse del academismo que imperaba en el conservatorio de París para buscar combinaciones sonoras inéditas, en su mayoría inspiradas en fuentes literarias y pictóricas. Su experimentación musical, a menudo compulsiva –podía pasarse horas tratando de aferrar el acorde que mejor se adaptara a sus necesidades estéticas-,  lo emparentó con la corriente simbolista de poetas y dramaturgos y con la escuela impresionista de los pintores iniciada por Monet. Naturalmente, esa denodada búsqueda le acarreó animadversiones, como suele suceder con toda labor pionera. Era claro para sus maestros que poseía un talento fuera de serie –con sólo 4 años de estudio, fue capaz de tocar un concierto para piano de Chopin-, mas su actitud rebelde los enervaba por igual. Fue famosa la confrontación con un funcionario del conservatorio parisino, quien lo recriminó por desobedecer las normas administrativas: “pero, ¿qué usted es incapaz de respetar reglas?”… -“No, soy muy capaz, pero sólo obedezco a las que me dan placer…”

Dicho esto, podemos tener un panorama más nítido de los años formativos del inigualable compositor, a quien debemos la apertura de horizontes sonoros desconocidos. Debussy logró traducir en sonidos las texturas y los colores de la materia y la esencia de los hechos poéticos. Cada una de sus obras, bien lo percibió Revueltas, quedó marcada con el sello de una concepción plástica que rebasó los confines estrictos de lo invisible. Su música se mueve en el tiempo dándonos la ilusión de una solidez tridimensional. Ahí están sus descripciones acústicas de Las colinas de Anacapri, de La Mar, de La Noche en Granada, del Martirio de San Sebastián, de La doncella con cabellos de lino (3), sin faltar el Preludio a la siesta de un Fauno para atestiguarlo.

Vayamos ahora al momento en que concluye sus estudios y obtiene un puesto como pianista del séquito de la aristócrata rusa Nadezhda von Meck. Claude-Achille tenía 18 años y además de “amenizar” las reuniones itinerantes de la noble –viajó primeramente por Suiza, Francia e Italia- estaba obligado a darles clases de piano a las hijas. Por desagradable que le resultara la tarea de maestro, creyó divisar en ella una salida para sus afanes de desposeído. (Debemos anotar que su familia era de extracción humilde y que su padre –diría que era un “bueno para nada”- había estado en prisión por alborotador.) De esa cercanía con el lujo, Debussy captó que era lo que más embonaba con sus inclinaciones. ¿Cómo podía cultivar su ingenio si tenía que preocuparse por cosas tan vulgares como la sobrevivencia?…  Para agrandar los mecenazgos de la noble escribió un trio, una sinfonía para dos pianos e hizo transcripciones de su música favorita. Concluido el periodo de prueba, la poderosa dama se decidió a contratarlo para una estancia más prolongada en su residencia de Moscú. Parecía que el objetivo estaba a punto de lograrse. ¿Qué tal desposar a una de las condesitas?… Lamentablemente, a Madame von Meck le pareció ofensivo que un sirviente quisiera propasarse. Claude quedó despedido.

De regreso en París, el panorama existencial se tornó más aciago de lo imaginado. En su casa exigían su ayuda y su fama como compositor estaba todavía en entredicho. Vinieron más clases particulares junto al infame trabajo como pianista del Gato Negro, un cabaret de los bajos fondos. ¿Podría con una beca engañar al destino para vivir despreocupado por un lapso aceptable? Ciertamente. Su pericia y buena fortuna lo hicieron merecedor del Prix de Rome que consistía en una estadía de 3 años en la Ciudad Eterna, dedicado íntegramente a componer. En Roma nuestro músico se la pasó mal y no cumplió con sus obligaciones. Extrañaba a una de sus alumnas, la Señora Vasnier, que estaba casada con un potentado que se había hecho de la vista gorda. Ni siquiera duró dos años en Italia. Nuevamente en París, con el ánimo hecho añicos, se topó con que su familia ya se había hecho a la idea de tener un genio proveedor. De esa época data una carta al príncipe André Poniatowski, abuelo de nuestra entrañable Elena Poniatowska: “En mi familia han sucedido varios episodios desagradables en los que me he visto implicado. Me juzgan demasiado improductivo, al menos con respecto a la fama que esperaban que se reflejara en ellos y se han puesto a hacerme la guerra. Es evidente que todos los castillos en el aire que habían construido sobre la perspectiva futura de mi gloria han acabado tristemente en la nada.”

Con esa tónica establecida, podemos comprender la liberación que le significó entablar amistad con el banquero Etienne Dupin quien, desde las primeras lecciones mostró su ilimitada generosidad. Para Dupin, los músicos eran intermediarios entre la realidad terrenal y el mundo de los sueños y merecían apoyos sin restricciones. En paralelo de los jugosos honorarios por las enseñanzas de Debussy, abrió su cartera para satisfacerle los anhelos más recónditos. Durante dos veranos consecutivos, los de 1888 y 1889, se lo llevó a Bayreuth para escuchar en vivo las óperas de Wagner, sin escatimar un franco. Cuando estuvieron listas las piezas sobre poemas de Baudelaire, tampoco dudó en cubrir los gastos de impresión, comprando casi todos los ejemplares para ayudar ulteriormente a su protegido. En suma, Debussy vislumbró la salvación.

Lastimosamente, el banquero aceptó hacerse cargo de unos negocios en México y se embarcó con la perspectiva de acrecentar su fortuna, misma que habría de compartir con Debussy. A los pocos días de haber llegado fue brutalmente asesinado y el crimen nunca se esclareció. ¿Nos sorprende?…

 

 

(1)   Se aconseja su audición, así como la del Passepied de la misma Suite. Pulse los audios correspondientes: 1).- Claude Debussy – Clair de Lune de la Suite Bergamasque. (Pascal Rogé, píano. DECCA, 1976) 2).- Claude Debussy – Passepied de la Suite Bergamasque. (Pascal Rogé. Idem)

(2)   Revueltas estuvo matriculado de 1916 a 1918 en el Saint Edward´s College, de Austin, Texas y transcurrió cuatro años más, de 1918 a 1922, estudiando en el Chicago Musical College.

(3)   Se recomienda su escucha. Audio 3).- Claude Debussy – La Fille aux cheveux de lin del Primer Libro de Preludios. (Pascal Rogé, piano. DECCA, 1976)