En la tierra del nunca jamás


Fort Worth, Texas (Proceso).-  Ningún mexicano en su sano juicio podría negar que una visita a esta floreciente urbe no le resulte bochornosa. Inevitables son las comparaciones entre la visible bonanza que aquí se palpa frente al deterioro que experimentan las ciudades de nuestro país, hundidas cada día más en la irracionalidad y la barbarie. ¿Cómo impedir que se enciendan fobias y se activen rencores ante la desigualdad manifiesta? ¿Cómo desmentir que los mexicanos –tampoco los novohispanos- fueron incapaces de valorar, menos aún de defender, lo que entonces eran praderas despobladas y que, una vez anexadas a la Unión Americana se convirtieron en pujantes emporios urbanos?

Mas vayamos al origen mismo de la ciudad texana para entender la magnitud de aquello que está en entredicho, cabalgando entre la productiva ambición del poblador estadunidense y el sino trágico –llamémosle también abulia e ineptitud- del mexicano. Fort Worth se funda en mayo de 1849, sólo un año después de haberse oficializado la usurpación del territorio nacional y, como su nombre lo dice, tuvo la finalidad de fungir como fuerte defensivo, uno de los diez que el general William J. Worth (1794-1849), pretendía construir a lo ancho del flamante Estado. A la muerte de Worth, un veterano de la guerra contra México, su sucesor completa el obraje erigiendo junto al río Trinity el Camp Worth que habría de honrar para siempre la memoria del exitoso combatiente. Más adelante, el Departamento de Guerra yanqui lo denomina con el apelativo actual.

A partir de ahí, de esos albores como asentamiento de la milicia, viene el primer periodo de auge merced a la industria ganadera que logra, de forma vertiginosa, consolidar su derrotero comercial. Es tal su importancia en ese rubro que recibe el sobrenombre de “Pueblo vaquero” o Cowtown. Hacia 1876 llega el ferrocarril que expande aún más el ímpetu financiero, al que se le suma la riqueza aportada por la explotación de los yacimientos de petróleo descubiertos en 1920 en sus derredores. Con esos elementos –son de agregar las aportaciones de su prominente industria aeroespacial y farmacéutica- el auge es total, dando pie para que el flujo monetario se ramifique en las acciones educativas y culturales que forjan la civilidad que hoy presume. En 1873 se construye la primera universidad, la TCU o Texas Christian University que, al cabo de las décadas, se impone como uno de los centros de enseñanza superior mejor dotados de los E.E.U.U. (Destina anualmente 433 millones de dólares para la investigación y el monto de inversiones para este 2012 supera el billón. Exactamente 1.2 BD). Para acotar lo que estas cifras promueven, baste decir que su College of Fine Arts patrocina los festivales PianoTexas, Mimir Chamber Music y el Trinity Shakespeare que, como reza su publicidad, proporcionan el anclaje de la vida cultural de la ciudad.

Por si fuera poco, hay una segunda universidad, la Texas Wesleyan University, cuyos méritos académicos e infraestructura no distan mucho de la anterior, acrecentándose la relevancia al saber que Fort Worth tiene, nada más, una población de 741, 206 habitantes (según el censo de 2010), prácticamente los mismos que pueblan la Delegación Álvaro Obregón del D. F. La comparación viene a cuento para calibrar las diferencias: Fort Worth cuenta con una orquesta sinfónica, un teatro de ópera, una compañía de ballet, es sede del Concurso Internacional de Piano Van Cliburn, un certamen que, deliberadamente, rivaliza con el Concurso Tschaikovsky de Moscú y dispone de 8 museos de particular relieve, relieve que impone su visita para, sin quererlo, aumentar el bochorno; preguntemos ahora: ¿Hay acaso en la delegación mencionada alguna orquesta que no sea de salsa o de música grupera?¿Dispone de algún teatro o museo importante para cultivar a sus miles de pobladores? Y, ¿qué hay de sus escuelas de arte y de las acciones ciudadanas para promover la cultura dentro de su perímetro?… Mejor no abundemos y procedamos con la visita a los museos. Es un tour obligado que sobrepasa cualquier expectativa. De los 8 recintos construidos con la idea de albergar sus colecciones seleccionemos tres al azar: El Kimbell Art Museum, el Amon Carter American Art Museum y el Stockyards para ver con qué nos encontramos. Lamentablemente, el Museo de la Ciencia y la Historia, el Museo Militar, el Museo Texano de la Guerra Civil, el Museo de Arte Moderno y el Museo Sid Richardson han de aplazarse.

Ya desde sus hermosas formas –fue diseñado por el arquitecto Renzo Piano- el museo Kimbell preanuncia el calibre de sus tesoros, en los que prevalece el criterio de la calidad antes que la cantidad. Aún así, disculpándose por la supuesta pequeñez de su acervo en exhibición permanente, pueden admirarse 350 obras de arte que van desde el tercer milenio a. C. hasta la mitad del siglo XX. En deleitable sucesión aparecen óleos de Caravaggio, Velázquez, Matisse, El Greco, Picasso, Fran Angelico, Miró, Goya y Rembrandt, junto a esculturas asirias, egipcias, chinas, griegas y romanas, sin faltar joyas de Bernini y Donatello. En uno de los panfletos que se obtiene al ingreso que, por cierto es gratuito, puede leerse que la meta del proceso adquisitivo es aquel de definitive excellence versus dimension y, ciertamente, la magnificencia de lo exhibido lo corrobora: La primera pintura conocida de Miguel Ángel y una de las últimas de Monet cruzaron el Atlántico sin importar su precio. Mezcladas entre tanta belleza estética tienen asiento 30 piezas prehispánicas, entre las que es imperativo resaltar una pintura mural teotihuacana y un bajo relieve maya del posclásico que cautivan el espíritu. Como dice su slogan, hay verdaderas gemas; otras olmecas, náhuas y zapotecas dan fe del celo con que fueron seleccionadas. El cuestionamiento es necesario: ¿Por qué salieron de México, y si es que en realidad fueron compradas, quién las vendió? ¿De haberse quedado en su lugar de origen estarían mejor preservadas?… Antes de abandonar el edificio nos enteran, en vías de las obras de ampliación en acto, que en un par de meses el público podrá admirar el resto del acervo, pues lo que vimos sólo representa el 10 %…

A unos pasos del Kimbell se yergue el museo donado por el filántropo Amon Carter para reunir lo más granado del arte norteamericano. Entre sus luminosas bóvedas una plétora de 28, 800 objetos se presenta con un orgullo evidente, sin embargo, la visita se centra en la biblioteca anexa, donde una colección de libros ilustrados y partituras aguarda expectante. A sabiendas de nuestra nacionalidad, el titular prepara una mesa con ejemplares alusivos que, en su decir, serán de nuestro agrado. No puede menos que apreciarse el gesto, ya que con esmero preparó los materiales: una primera edición del libro México hacia 1850 del erudito alemán Carl Christian Sartorius, publicado en Darmstadt en 1858 y una serie de composiciones musicales que versa, desde la óptica yanqui, sobre la expansión territorial que se gestó gracias a la estulticia de los guardianes de la soberanía mexicana. Todo un compendio que por su conflictiva naturaleza continúa en parcial silencio. Citemos algunos ejemplos con el propósito de echar a andar su exploración y, naturalmente, de agradecer la ambigua actitud divulgativa: The Río Grande Quick March, Matamoros Grand March, The Mexican Volunteer Quick Step y el burlesque Battle of Buena Vista. Sobre ésta última gesta bélica debemos destacar otro Quick Step de la autoría de Stephen Foster (1826-1864) quien, dicho sea de paso, inauguró el filón de la música Pop otro 11 de septiembre, pero de 1847, con su canción Oh! Susanna. La obra de nuestra incumbencia se titula: Santa Anna´s Retreat from Buena Vista y nos complacemos en darla a conocer en la Audioteca del semanario. (1)

Para concluir la ronda museística hemos de desplazarnos hacia los predios que ocupa el Stockyards, donde la gran mayoría de sus vitrinas puede recorrerse a paso veloz –tienen que ver con la cultura del cowboy– excepto una de las más apartadas donde, para nuestra estupefacción, aparece el uniforme que vestía Santa Anna antes de haber sido capturado por Sam Houston, sus primeras muletas y una serie de daguerrotipos de su innoble rostro. Con un tino certero, en el suelo de la misma vitrina se apoyan dos rejas de Chapultepec en las que se labró el escudo nacional. ¿Puede ser más claro el simbolismo?…

 

(1)    Escúchese su notorio tono sarcástico (Es una danza para ser bailada a paso veloz por un cojo) pulsando la ventana de audio. (Stephen Foster: Santa Anna´s Retreat from Buena Vista (Quick Step de 1848.) Karina Peña, piano. Grabación realizada el 18/X/12 en la ciudad de México por el Ing. David Díaz. Piano Hardoff de 1912).