Sobre las alas de un quetzal


                                                               A Carlos Navarrete Cáceres, testigo de los hechos.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el sótano de un convento ubicado en la ciudad de Guatemala encontramos a medio centenar de individuos en un hacinamiento atroz. El espacio, mal iluminado y carente de ventilación, mide, nada más, 17.5 m. de largo por 1.90 m. de ancho y originalmente funcionaba como letrina; ahora es el reducto donde se aplican castigos ejemplares. Entre los hacinados se mezclan criminales comunes con presos políticos a quienes, previsiblemente, se les privó de juicio, sentencia y apelaciones. Los cargos en su contra, también previsibles, son aducidos a su filiación comunista. Corre el año de 1963.

Si examinamos más de cerca las condiciones en las que sobreviven los reclusos notamos que para tenderse en el suelo sólo disponen de periódicos y cartones. No debe sorprendernos que los dolores que padecen en las articulaciones después de cada noche insomne sean terribles y que se acrecienten por una humedad ubicua que se manifiesta en el color verduzco de las paredes. Es inexacto decir que el hedor que emana el sitio sea acre. Sería más atinado calificarlo de irrespirable para entender por qué en la jerga popular al recinto se le llama “La tigrera”. Los ductos que antes ocupaban retretes y mingitorios están parcialmente tapados, salvo uno situado en una esquina, al que los prisioneros deben recurrir para hacer del cuerpo. Esto sucede la mayoría de las veces, ya que para disponer del escusado contiguo deben pedirle permiso a los guardias quienes, por sistema, magnifican su autoridad negándolo o retrasándolo. El rancho consiste en potajes fétidos que muy pocos logran deglutir y, ocasionalmente, en algún guisado infame con carnes de extraña procedencia. El aseo personal es concedido una vez por semana y consiste en remojarse con agua helada. ¿Nos falta algo? Sí, la convivencia está cargada de tensiones y a la menor provocación surgen insultos y golpizas.

Asentado lo anterior, es momento de detenernos en los sujetos considerados como presos políticos. Es de notar que, a diferencia de lo que sucede en otras prisiones, aquí se les reserva el mismo trato que a asesinos y violadores e, incluso, se encarniza por órdenes superiores. ¿Qué derecho los asistió para criticar al coloso del Norte y a las medidas adoptadas por los militares guatemaltecos que han impuesto orden y progreso en esta nación de muertos de hambre? ¿Cómo pudieron renegar de los sabios manejos de la benemérita United Fruit Company? ¿Con qué autoridad moral dudaron de los beneficios de la libre empresa si los pobres son pobres porque quieren y los niños no comen lo suficiente porque no se les insiste? ¿Qué no saben que los comunistas son expertos en pervertir a la juventud y que no tienen reparos en practicar la infantofagia? ¿Eso quieren para la niñez guatemalteca?… Aceptemos la digresión en aras de captar las motivaciones de los 12 reos sobre los que posaremos enseguida la mirada.

La docena de detenidos está compuesta por filósofos, antropólogos, científicos y maestros. Entre estos últimos, destaca un músico -pianista, compositor y director de orquesta- que participó activamente en las células de la guerrilla. Contra él recaen las peores acusaciones pero, paradójicamente, es a quién más se respeta en este círculo del infierno y por quién sus compañeros realizan actos de una maravillosa humanidad. Es gracias a su música que tendrán lugar los traslados y, a la postre, la liberación. Pero no nos adelantemos tanto, que lo que resta de la estancia en el penal merece ser narrado.

Después de tres meses de encierro en “La tigrera” comienzan a externarse las gestiones que hace la Universidad para liberarlos. Por encima de los muros perimetrales del presidio estudiantes cuelan músicas de este compositor que fueron creadas en sintonía con sus ideas políticas y su compromiso social. Tenemos que decir que antes del encarcelamiento había fundado una escuela de música y había ofrecido cientos de conciertos a obreros, campesinos y, por supuesto, al estudiantado. Eso lo volvió más incómodo aunque, al mismo tiempo, le proporcionó cierta inmunidad. Ya para entonces su nombre, Jorge Sarmientos, era pronunciado por muchos y sus composiciones tenían una difusión inusual. En este punto del relato es prioritario que aclaremos que estamos hablando de uno de los creadores más prominentes del país hermano. Al cabo de este período, la reclusión del grupo evoluciona, siendo transferido del hoyo apenas descrito a un galerón apodado “El hospitalito”.

Una vez en el nuevo entorno las mejorías vislumbran alguna salvación. A madres y esposas se les permite llevar libros y comida. Para el músico llegan de contrabando papeles pautados. Aquí sí cuentan con colchones que, no obstante su usura y suciedad, propician un relativo descanso y, lo más importante, hay un foco que amaina las tinieblas. Esa luz mortecina es aprovechada por el maestro Sarmientos para ponerse a componer; el problema es que eso le acarrea conflictos con aquellos reos que desearían dormir sin esa molestia en los ojos. No faltan las amenazas para que no prosiga, ni tampoco los ejemplos de lo que sucedería si no acata las quejas; es el tiempo mítico en que sus camaradas deciden turnarse para protegerlo. Tiene muchos pensamientos musicales atorados y pese a que deba escribirlos sobre las rodillas, es imperativo que los transcriba; una puñalada por la espalda acabaría de torcer las aristas de un destino incoherente. Sobre todo, después de que su mujer perdió a una criatura en los trajines y amarguras que ha traído el encarcelamiento. Para ese hijo muerto escribe una pavana que sí verá la luz, proporcionando un consuelo que curtirá la inmaterialidad de la pena. (1)

Vuelta insostenible para el gobierno la cautividad de sus prisioneros avendrá una liberación escalonada. Los ideales fueron tan poderosos que no hubo manera de doblegarlos, muchos menos a esa música que se reveló invencible. Para Sarmientos existirá la posibilidad de un exilio que contemple su consagración como artista; para los demás se abrirán las fronteras de muchas naciones, especialmente las de México, donde serán acogidos sin tibiezas y en el entendido de saberlos hombres de bien, de una reciedumbre intelectual a la altura de las desdichas experimentadas. Poco a poco, la inmensa valía de la producción musical del ex presidiario encontrará los cauces para que una ovación multiétnica se materialice. Mucho provecho arrojaron las enseñanzas en Paris y Buenos Aires, amén del aprendizaje con su padre frente a una marimba desde que tuvo tres años de edad y fue necesario montarlo en un taburete. Para ese instrumento escribirá dos conciertos que habrán de erigirse en obras señeras del repertorio latinoamericano, particularmente apreciadas por ser la marimba el instrumento más representativo de Guatemala. (2) Una prolongada estancia en México como catedrático de la Universidad Veracruzana será parte de su legado como maestro de cepa. Para sus discípulos quedará una impronta imborrable. Llegarán puntuales los premios internacionales y al ser convocado para recibir la Orden del Quetzal –la máxima condecoración ofrecida por su patria-, declinará con la frente en alto. Otros países serían posibles si sus artistas dejaran con las manos en el aire a sus abyectos gobernantes.

Con la conciencia en sosiego y los oídos sedientos de belleza regresará a su patria para concluir el ciclo de su fecunda existencia. Las congojas que le depararon sus convicciones se disolverán en un arrebato sonoro que anidará, hasta el fin de los tiempos, en el plumaje de un hermoso quetzal. Hemos de sumarnos al tributo acercándonos a su música. ¡Bravo!, maestro Sarmientos (1931-2012); en esta ignominiosa orilla va a hacernos falta…

 

(1)     La obra fue premiada ese mismo año con el Premio Centroamericano 15 de Septiembre.

(2)     Se recomienda la audición de su primer concierto para marimba y orquesta op. 20. Pulse la ventana de audio correspondiente. (Fernando Morales Matus, marimba. Orquesta Sinfónica de Xalapa. Jorge Sarmientos, director. Grabación en vivo de 1987)