Balada (I)


MÉXICO, D.F. (Proceso).- La pesadilla comenzó a bordo de un tren, aunque en ese momento era imposible concebirla como tal; más bien se intuía como el comienzo de una aventura furtiva que no debía traer consecuencias. De esas que suceden al improviso cuando dos extraños intercambian una mirada que les hace presentir delirios y que acaba por arrojarlos a un desfiladero donde el deseo doblega a la voluntad. Así fue para nuestro compatriota, un brillante pianista con un futuro promisorio que creyó, apelando a sus numerosas conquistas previas, que sus consumadas artes donjuanescas lo situaban por encima de peligros y arrepentimientos.

Remontémonos, pues, a la escena que originó la tragedia. Naturalmente, la identidad de los involucrados debe protegerse en aras de respetar la magnitud del sufrimiento acaecido; baste decir que lo que vamos a relatar puede sucederle a cualquiera, y más aún, a aquellos que cultivan su imagen de seductores mediante el poder que tiene la música para derretir inhibiciones.

Fue entonces, en un viaje nocturno iniciado en Florencia, cuando sucedió el encuentro. Para el pianista, un individuo apuesto que llevaba varios años de residir en Europa, primero en calidad de estudiante y después, ya casado, como profesional, era otro de los viajes de rutina. Esa vez debía trasladarse a Londres para ofrecer un recital ante una importante sociedad de conciertos y lo hacía en tren por su aversión a volar. Podemos imaginarlo durante las primeras horas del trayecto, leyendo y alternando algún comentario insulso con alguno de los viajeros contiguos, hasta que una imperiosa necesidad de estirar las piernas lo obliga a salir al corredor. ¿Por qué tenía que ser en ese preciso instante? ¿Por qué diablos decide quedarse ahí parado, cuando lo ordinario habría sido que tratara de conciliar el sueño…? Quién sabe, son de esas preguntas que atormentan a las víctimas de un accidente que hubiera podido evitarse.

Como quiera que sea, nuestro artista se quedó un largo rato observando el discurrir de un paisaje que no revelaba nada, salvo algunas luces y el desfilar obsesivo de los postes adyacentes a las vías. Debe haber sido al cruzar la frontera con Francia, al filo de la madrugada, cuando apareció la hermosa figura de la mujer que le torcería el destino. Con su larga cabellera rubia y unos intimidantes ojos azules, la turista, de evidente extracción anglosajona, se hizo paso, dejando a nuestro paisano demudado. Quiso articular palabra pero ésta no salió de su boca, atinando sólo a clavarle la vista con la idea de transmitirle su apetito carnal. Ella también lo miró, pero se siguió de largo, dejándole una estela de sonrisa a manera de presagio. Sin saber cómo actuar, el mexicano pensó que ese tipo de féminas entrañan demasiados riesgos y que era mejor admirarlas desde lejos, sin embargo, para su asombro, después de unos minutos, la misma aparición rehízo su andar y la tuvo de frente una vez más. Fue ella quien inició la comunicación ofreciendo disculpas por deambular con su voluminoso equipaje en busca de asiento. Predecible fue la respuesta de nuestro paisano: ¿Puedo ayudarte?, ¿quieres que nos alternemos en mi lugar para que no se te haga el viaje tan pesado…?

Aquí podemos abreviar los contenidos del diálogo asentando que la norteamericana era corresponsal de un diario de Boston y que estaba viajando por Europa para visitar aquellas ciudades con un pasado musical que ameritase una crónica. Había estado en Salzburgo, Viena, Berlín, Venecia, Mallorca, y ahora se dirigía a París, donde tomaría su vuelo de regreso a casa. Había sido un viaje pródigo de deleites auditivos. Una serie de coincidencias allanaron la senda del conocimiento mutuo, como el hecho de que ella había estudiado español y que en varias ocasiones había estado en México, donde había podido apreciar las “dotes” de los mexican lovers. Elpianista se mantuvo cauto indagando lo más posible sobre su apetitosa presa y evitando revelarse antes de tiempo. Fue ahí, cuando la música se puso en el centro de la conversación, que ella lo convidó a degustar en su discman la obra que la subyugaba. Era la primera balada de Chopin,(1) a la que dijo recurrir cuando la vida se le volvía intolerable. Para sorpresa de ambos, era parte del repertorio del pianista y, por esas insondables casualidades, la había tocado días atrás en Nápoles y traía consigo su propia grabación. Exultante ante la noticia, ella insistió en escucharla y motivada por la inspiración chopaniana, amén de la destreza interpretativa del sujeto, abrió los labios en éxtasis invitándolo a besarla. El beso adquirió tintes de urgencia y nuestro coterráneo optó, en lugar de arrastrarla hasta los baños, por hacerle una proposición que alargara el placer: Le pidió que lo aguardara en París, dándole los datos de un colega que podría hospedarla, mientras él cumplía con su compromiso en la capital británica. Regresaría por ella apenas terminara. Se imaginó paseándola por el Sena después de haberle hecho el amor como un poseído. Tenían días por delante y la excitación podría acrecentarse. Lamentablemente, el estoico amante volvió a la Ciudad Luz conforme a lo prometido, mas su amigo había estado fuera y habían quedado en su contestadora, cual prueba del romance trunco, muchos mensajes de la muchacha. Gracias a eso que llaman Dios, antes de la despedida, el pianista había anotado, por si acaso, la dirección de la chica en los Estados Unidos.

Pasaron los meses, y con ellos se esfumaron los años, mientras la normalidad teñía de gris la existencia del músico. El encuentro a borde del tren se había transformado en un recuerdo difuso. Tocaba a menudo y su fama comenzaba a consolidarse. La vida conyugal, esa tirana que empaña el entusiasmo, le era ominosa y siempre encontraba maneras de evadir sus obligaciones de varón. Poco a poco, el desgaste fue inevitable y sobrevino el divorcio. Libre de ataduras, una noche apareció, por otra supuesta casualidad, el papel donde había anotado el domicilio de la muchacha y, más por inconsciencia que por ansiedad, decidió mandarle una postal con los números de teléfono de su nueva morada. No hubiera debido hacerlo, pero sólo se vislumbraba recuperando el tiempo perdido.

Una semana después, recibió la fatídica llamada y se echó a andar la posibilidad del reencuentro. Por otra extraña casualidad, él tenía programada una gira de conciertos por la costa este de los E.U.A y no veía ninguna dificultad para desviarse unos días para ir a visitarla en Boston. Ella asintió, pero algo en el tono de su voz dejaba entrever algún desajuste en su habla y una cierta discontinuidad al hilar los pensamientos. La gira fue razonablemente exitosa, al punto que estuvo tentado a convocarla para que lo acompañara. No obstante, logró mantenerse en lo pactado, es decir, citarse, después de doce largos años, en el lugar más cercano a las estrellas, esto es, en el restaurante de la imponente torre Hancock del centro de la ciudad… (Continuará)

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(1) Se sugiere su escucha en la audioteca del semanario: proceso.com.mx