Balada (II)


MÉXICO, D.F. (Proceso).- En la primera parte de este relato se habló del encuentro a bordo de un tren entre un talentoso pianista mexicano y una periodista estadunidense de notable belleza, así como del desencuentro que los mantuvo alejados durante una docena de años. Conforme lo asentamos, en ese lapso nuestro paisano había comenzado a degustar las mieles de aquello que muchos consideran triunfo, pero padeció, igualmente, la monotonía de un matrimonio carente de emociones que, a la postre, concluyó en divorcio. Sobre la mujer, fue poca la información de la que dispusimos, salvo que era amante de la música, que nutría un afecto especial por Chopin y que no tenía prejuicios que inhibieran su vida sexual. Los lectores atentos pudieron captar algún dato que adelantara la tragedia, tal como la disfunción en el habla de la chica que fue percibida por el pianista durante la llamada telefónica que precedió su viaje a la Unión Americana. Vayamos, pues, al restaurante de la Torre Hancock de Boston, donde los aludidos conciertan la cita.

Nuestro compatriota acude presa de una sensación extraña: por un lado desea recuperar esa porción de su pasado que quedó trunca, pero teme que el tiempo haya causado más estragos de los deseables en la muchacha. Algo de ese deterioro pudo advertirlo en el mencionado telefonema; sin embargo, esa malhadada curiosidad que se activa junto a las hormonas le impidió recular, de nada le había servido intuir que podía enfilarse hacia un desenlace infeliz o, cuanto menos, desagradable. No es gratuito que se insista en la indefensión de las neuronas ante los embates de la testosterona. Después de todo, no pensaba que se tratara de la última mujer de su vida, sino de satisfacer un anhelo sensual sin mayores complicaciones, un asunto de índole erótica en el mejor de los casos, es decir, sin secuelas y en un ámbito donde nadie pudiera reconocerlo.

Ya desde la ascensión en el elevador, se hace patente un incremento de las palpitaciones. Nuestro protagonista pretende mantenerse ecuánime, mas la emoción de lo que está próximo a revivir lo domina, propiciando que la corriente sanguínea se acelere en sus venas. Al ser inquirido por el nombre de la reservación, evade la respuesta diciendo que está buscando a alguien y pide que lo dejen dirigirse al bar para, desde ahí, otear la figura de la dama a la que espera reconocer. En el caso de no hacerlo, todavía puede salir corriendo. Ciertamente, la mezcla entre temor y expectación está muy nivelada. ¿Por qué siendo una beldad seguía sola?, ¿era creíble que el flechazo surgido en el tren la hubiera hecho inmune al asedio de los pretendientes posteriores…?

A la hora precisa, un ser vestido de luto de pies a cabeza hace su aparición y el pianista pela de inmediato los ojos. No, no puede ser ella, a menos que tenga encima setenta u ochenta kilos de más… Empero, por su actitud parece que sí y por la cabellera rubia que el sombrero deja al descubierto. También por la estatura. Se queda absorto sin saber si dar el primer paso, o si es mejor cerciorarse. En esos segundos, fragmentos de pensamientos inconexos surcan la mente del tipo, sin conducirlo hacia ninguna acción concreta. Dubitativo se acerca con sigilo a la obesa figura y es ella la que cae en la cuenta de su identidad. Él había perdido pelo, pero seguía siendo reconocible, en cambio, la gringa era una caricatura de sí misma. Restaba muy poco de aquella hermosa doncella que lo había incitado a soñar con una aventura bajo la insignia de un amor desenfrenado. Además del atuendo cursi –un vestido negro con lentejuelas y unas plumas raídas en el sombrero–, un velo le cubre el rostro. Cuando se lo recoge queda claro que no lo porta por coquetería, sino para atenuar un eczema en la piel.

Aquí podemos abreviar el decurso de la cena anotando que nada fluye con normalidad, ni los retazos de diálogo, ni los recuerdos del primer encuentro. Para el pianista la incomodidad le gana la partida a sus maneras educadas. La mujer no para de hablar y muy poco de lo que atina a insertar en la conversación tiene sentido. Es sumamente molesto el rictus que se dibuja en su cara cada vez que abre las mandíbulas para ingerir bocado, desorbita los ojos y dilata las fosas nasales. A la hora de solventar la cuenta, ella sonríe, negándose a asumir la norma feminista de pagar cada quien lo suyo.

Y lo mismo sucede cuando llegan al estacionamiento: le pide dinero para sacar el destartalado vehículo, al que también, una vez iniciado el trayecto hacia su domicilio, deben llenarle el tanque por cuenta de nuestro paisano. De ahí en adelante, todo se mueve en picada y sin barrera de contención; acaso sobreviene un atisbo de salvación cuando el mexicano sugiere, “para no causar inconvenientes”, alojarse en un motel. Nada de eso, Darling, acuérdate de la deuda que tienes conmigo por las noches parisinas que no gozamos… y por los años que me dejaste esperándote. Nos resulta inútil inculpar al sujeto que, por una comprensible conmiseración se deja arrastrar hasta el final de lo imprevisto. Digamos, nada más, que estuvo fuera de su poder intuir algún peligro y que, quizá, le pasó por la cabeza no desairar antes de tiempo a la interfecta para, paradójicamente, conjurar cualquier posibilidad de riesgo.

Una vez recalados en la morada, el asombro vuelve a aposentarse: vive en un desván abusivo al que se accede por unas escaleras sombrías. Un hedor indescriptible funge de preámbulo al ingreso del tugurio. El techo a dos aguas del inmueble hace que solamente pueda estarse erguido en un aria mínima y el resto hay que recorrerlo agachado. Aquello que sería la cocina está invadido por bolsas de basura, por las que se pasean horondas una infinidad de cucarachas a las que la mujer les habla con cariño. Un par de sillones con manchas y roturas hacen de sala y la mesa del comedor está inutilizada por más basura por un lado y por una tira de papel que tiene dibujadas las teclas de un piano, pegada por el otro. Como único adorno hay un aparato reproductor de música sobre el suelo, y en su derredor una gran cantidad de jeringas vacías. En cuanto al espacio destinado a dormitorio la tónica es similar: la cama sin tender, ropa sucia a su vera, y encima de una cómoda antigua destaca una caja de cristal donde se amontonan toallas femeninas usadas, a las que la propietaria hace alusión diciendo que en ellas habitan los restos de esos hijos suyos que no han encontrado un padre digno.

Es muy probable que el mexicano hiciera otro tentativo para escapar, mas el cansancio, la hora de la madrugada y la lejanía del suburbio con la ciudad hacen el resto. Deposita su equipaje donde ella le indica y apenas se despoja de su abrigo, es arrastrado hacia el “salón de música”. La mujer le espeta que está a punto de realizar uno de los sueños más largamente acariciados de su existencia: dejarse poseer por un hombre que sea capaz de tocar la balada en sol menor de Chopin y, a su vez, convertirse en su musa con miras a transformarlo en el pianista más célebre de la historia… Cualquier objeción al respecto sale sobrando, sobre todo cuando ella le pone el ejemplo de cómo proceder: primero se pone un disco y después se articulan los dedos sobre el teclado de papel siguiendo los diseños melódicos; en lo grotesco reside la gracia. Concluida la “ejecución” de la mujer, nuestro compatriota hace gala de caballerosidad y accede a “tocar” sobre la mesa, nada más que pone de condición aplazar la balada de Chopin para un momento más inspirado, sustituyéndola por otra obra de menor envergadura(1) que deberá, una vez terminada, anunciar la hora de dormir… Dado que no hay grabación, él se acomide a cantar la voz principal. Sumemos a esto, que la mujer empieza a despojarse de la ropa, y que cuando queda totalmente desnuda inicia unas delirantes contorsiones que sirven de coreografía del forzado canturrear del mexicano, y tendremos un cuadro nítido del panorama que antecede a la desgracia…

La negativa para inyectarse heroína suscita rabia y ésta empeora cuando el pianista aduce fatiga para evitar el contacto carnal. De nada sirve que prometa una erección matutina ya que la despechada le da rienda suelta a los insultos. Ante el desquiciamiento, el mexicano grita, colándose entre las injurias un “pinche loca” que la gringa capta en toda su magnitud. Una carrera a la cocina por un instrumento punzocortante es impedida por el hombre que logra neutralizarla con una grandilocuente disculpa. Finge entonces un cólico terrible que lo hace correr al baño. Pasado un tiempo prudente, sale sin darse cuenta que ella está agazapada con un sartén en la mano. El golpe en la cabeza es seco y el pianista cae de bruces; en su inconsciencia la mujer aprovecha para sacarle los ojos con una cuchara y para arrancarle los pulgares con los dientes… La última vez que alguien reconoció al brillante pianista mexicano, estaba pidiendo limosna en el metro de Nueva York tocando valses de Chopin en una armónica destemplada.

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(1) Se sugiere aquí la audición de la Sonata en Do del veneciano Baldassare Galuppi. Encuéntrela en la página www.proceso.com.mx