Los (des)ilusionistas del fin del mundo

Asombro Extremo en el Metropolitan.
Foto: Alejandro Saldívar

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Sus nombres eran sonoros: Juliano y Amador. Dos jóvenes anunciados como los más célebres ilusionistas de Argentina. La prensa de espectáculos se deslumbró con su currículum: “Llevar el ilusionismo a lugares donde jamás ha estado”; “combinar antiguos secretos de ilusionismo con tecnología de última generación”; “aspirar a gente de la talla de David Copperfield y Criss Angel”…

Con elogios bajo la manga llegaron el viernes por la noche al Teatro Metropolitan con su espectáculo “Asombro extremo”.

Juliano y Amador son de esos magos que te hacen sentir estar en una fiesta infantil. Sus trucos más asombrosos los sacan de una varita y los gritos más estruendosos se los ganan cuando uno de ellos se quita la playera; los chistes malos y su antipatía son parte de su estilo. Su tono es el de un programa matutino de televisión, no el de un mago respetado, postrado en la perplejidad o el asombro.

Un verdadero mago hace trucos que no tienen respuesta, o cuya respuesta es parte del truco mismo, sin poder ser resuelto según una explicación lógica. Son trucos que se bastan a sí mismos: cortar a una mujer en dos, las monedas suspendidas en el escenario, una jaula que desaparece palomas, un hombre que se desata adentro de una pecera. Los magos guardan silencio y dejan un misterio en forma de sombrero en el escenario.

Los de Juliano y Amador son trucos sin destreza, sin catarsis. Su mayor apuesta es “teletransportar” a través de un video una corbata, un billete y unas llaves. Su mayor cliché es ponerse una playera de la selección mexicana y un sombrero de charro. Su mejor vocación es jugar con los números y las cartas.

Lo que se anunció como la “revolución del ilusionismo” terminó en un espectáculo lleno de errores: la iluminación, la continuidad, los trucos de magia, disonancias tecnológicas, camarógrafos en el escenario.

Víctor King, el manager de los ilusionistas comenta: “No somos magos de catálogo. Los trucos no se revelan porque son un secreto. La gente sabe que es un secreto. Los niños se ilusionan. Fu Manchú decía que la magia era 80 por ciento actuación. Nosotros no somos magos. Somos actores que la hacen de mago”.

En su espectáculo hay largos trechos de silencio y ninguna apertura que les dé una presencia: “regularmente en este punto la gente ya estaría aplaudiendo”, dice Juliano ante la indiferencia del público. Y entonces todos aplauden. Por lástima. Por cortesía.

Lo de ellos es la magia estilizada: Amador peleando con una espada contra una proyección de su sombra. Algunos movimientos llegan a tiempo, pero la luz sobre su cuerpo revela la farsa.

Juliano y Amador no consiguen embonar la ortodoxia de la magia con una tradición personal. Juegan con las cartas, pero el truco de la superposición se revela hasta el graderío medio lleno.

El primer acto resumió el show: Azul Violeta, una cantante desafinada acompañada de un tecladista y un guitarrista; un trío de acróbatas que se enredan en pedazos de tela suspendida en el escenario. Bailarines con una coreografía descoordinada que anuncian el primer truco.

Juliano desenreda un carrete de hilo rojo en su boca. Una cámara de televisión hace un close up. El mago hace el esfuerzo por tragar. Lo digiere y finalmente saca una punta del hilo de su bolsillo. El detalle del truco en las pantallas se apaga. El camarógrafo se interpone entre el acto y el público. De entre las penumbras le gritan: “¡Fraude!”, “¡Repítelo!”. Lo abuchean.

Lo que debió revelarse asombroso y grandilocuente parecía ruido y desorden.

Una hora después los asistentes bostezan y se acurrucan en los asientos. Juliano tiene un último acto: en las butacas hay un sobre con cuatro cartas, los asistentes las rompen y las intercalan hasta quedar dos mitades de la misma carta. Con Juliano y Amador la mentira no supera a la verdad.

Agustín es un septuagenario en compañía de su nieto. Quiere enseñarle los trucos que lo cautivaron cuando era joven. Él recuerda los actos de magia en el hotel Alameda en 1980. “Había un acto en el cual sacaban una jaula con palomas, le ponían un lienzo encima y desaparecían la jaula y las palomas”, recuerda.

Los asistentes huyen del show: “No me gustó, fue muy sencillo. Esperaba más trucos que los de Beto El Boticario”, dice Arturo, de 35 años.

“Los magos fueron terriblemente malos, la producción irregular, la cámara entre el público y el show, son errores garrafales. Es uno de los peores shows que he visto, los bailarines y los cantantes eran mediocres. Vamos a pedir la devolución de nuestro dinero. Pagamos mil pesos. Es una vergüenza que en el Metropolitan nos presenten cosas de cuarto mundo”, dice Paloma, de 37 años, acompañada de su hija.

Miles de años más tarde la magia se convirtió en un truco de animación en una pantalla. Una chispa proyectada que se transforma en pelota y luego en papelitos. Mitades de cartas regadas en la alfombra del Metropolitan.