Cazalis, una mirada a los condenados de la urbe

A la orilla del Buringanga en Daka, Bangladesh.
Foto: Carlos Cazalis

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Durante 20 años, Carlos Cazalis careció de un hogar fijo. Nacido en la Ciudad de México (1969), alternaba residencias, un tiempo en Estados Unidos, otro en Costa Rica. Transcurrió su adolescencia en Argentina. Encontraba también su estancia en Brasil, donde podía confundirse entre millones de ciudadanos del mundo.

El trabajo de su padre lo arrastraba por América a él, a su madre y a sus dos hermanos, lo que lo convirtió en un joven inseguro, falto de identidad; en su gusto y ejercicio de la fotografía buscó ansiosamente el reconocimiento: su ego desbordaba incontenible a sus 26 años. Y como bien a bien no sabía lo que quería ni lograba el preciado reconocimiento, abandonó la fotografía.

Se reencontró con ella en 2005, en Sao Paulo –el lugar donde se siente más cómodo–, en un intento de proyectar la desazón que da el no tener un techo seguro:

“Empecé a documentar la ocupación de una exfábrica textil del centro de Sao Paulo que nunca fue terminada, ocupada por 453 familias indigentes encabezadas por un movimiento socialista. Vacían el edificio de siete toneladas de basura, de prostitución, drogadicción, y lo ocupan”, recuerda en entrevista con Proceso.

Así nació la serie Occupy Sao Paulo que al año siguiente, en 2006, empieza a exhibir en Perpignan, Francia; en Nairobi, Kenia, en 2007; en el Distrito Federal, en 2011, compilando su narrativa visual de tres años en el libro del mismo nombre con el respaldo de Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca). El pasado 2 de mayo presentó las más de 100 fotografías en la biblioteca José Vasconcelos; pasó por Puebla el 30 de mayo, y la exposición concluirá en Nueva York entre los días 21 y 25 de junio.

En el libro dedicado a “los sin hogar” aparece la emblemática imagen de un indigente recostado a las puertas de uno de los hoteles más lujosos de Sao Paulo, utilizando por almohada un portafolios y envuelto en una sábana que también cubre su rostro y su desventura, pero que revela lo inanimado que se ha vuelto para esa sociedad de más de 20 millones de habitantes, quienes le grafitean su sábana. La imagen le valió el World Press Photo 2008.

Al fin, el máximo reconocimiento; para ese momento ya había dejado de moverse entre la inseguridad, pues antes obtuvo otros cinco reconocimientos nacionales e internacionales.

Un día, estando en Dubai, leyó una nota sobre la existencia de una especie de ghetto de marginados que duermen en la calle, alcoholizados, en Osaka, Japón. “¡Me voy a Osaka!”, dijo Cazalis, descubriendo ahí a miembros de una clase obrera paupérrima, algunos que por decisión propia deseaban huir del mundo acelerado de la ciudad.

En ese momento empieza, sin proponérselo, un proyecto a 10 años que concluirá en 2016, llamado The Urban Meta. En el ghetto de Kamagasaki de la ciudad nipona encontró la esclavitud de seres generada por el alcoholismo y el juego, “tratando de olvidar”… pero atrapados por la mafia que, en contubernio con la policía, maneja la mayor cantidad de casas de juego.

De ahí, Cazalis se va a Dhaka, Bangladesh.

“Esperaba documentar una ciudad con alto índice de crecimiento, 300 mil a 400 mil personas que llegan anualmente en busca de un hogar, y terminé descubriendo una ciudad altamente contaminada en aire, tierra y agua; flanqueados por el río Buringanga, fábricas de cuero, acero y plástico que no paran de contaminar y sin infraestructura planeada. Gente que vive entre basureros y aguas negras.”

Detalla que The Urban Meta busca narrar visualmente la sustentabilidad en megaciudades de 15 a 20 millones de habitantes, “pero también cómo ese entorno, de desarrollo de comunidades que carecen de infraestructura, afecta la psicología de quienes ya no tienen contacto con la naturaleza, que ya dejan de tocar tierra por mucho tiempo”.

Pasa luego a Teherán para fotografiar la doble vida que llevan sus pobladores, “la que les impone el régimen y la que viven en sus cuatro paredes de manera un poco más libre”, pero la revolución de la primavera lo sorprende y regresa a la Ciudad de México, donde decide sumar esos trabajos a su proyecto.

“Una ciudad con 20 millones de habitantes que tiene frente a sí el peligro de quedarse sin agua”, dice Cazalis.

Asimismo se adentró en los orígenes del sistema Cutzamala, tomó las imágenes de la cotidianidad sin agua en Iztapalapa, se enteró de que las autoridades dan a 1 millón de sus habitantes agua segura y a otro millón se la racionan, “porque el agua se convirtió en un asunto político donde el PRD incluye en listas a quienes asisten a sus reuniones y por lo mismo tienen acceso al agua como cuota”.

Se centró en el cambio climático, investigó cómo hoy llueve menos pero con mayor intensidad “y nadie crea sistemas de captura de agua de lluvia”.

Como parte de The Urban Meta, Cazalis irá a Tokio este año; pretende hacerlo con las becas Bancomer y Príncipe Claus de Holanda, costeando el resto de su bolsillo.

El inseguro joven Cazalis que en los años noventa trabajaba en el diario El Economista de México y en la agencia AFP, es hoy un fotógrafo consagrado, que ya sabe lo que desea, que tiene un interés profundamente antropológico y que busca siempre fotografiar “porque la foto es el reflejo de nosotros y del medio ambiente donde vivimos”.

Los premios, el reconocimiento, dejaron de interesarle. Hoy busca que The Urban Meta sea montado en las 16 delegaciones del Distrito Federal “para que la gente haga conciencia del cuidado de agua”. Luego regresará a las capitales africanas de El Cairo y Lagos, pasando por la ciudad de Huangzhou, China, para seguir “proyectando en imagen lo que entiendo”, y seguir denunciando los riesgos de las megalópolis que crecen sin infraestructura segura.