Música: Valentina Lisitsa con la Orquesta Sinfónica de Minería

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Dentro de la Temporada de Verano 2013 de la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM) se presentó dentro del cuarto programa, julio 27 y 28, la virtuosa pianista ucraniana Valentina Lisitsa (1969).

El programa no podía ser más atractivo: Concierto para piano No. 1, Op. 23 de Tchaikovsky (1840-1893). Poco se tocan los otros dos conciertos para ese instrumento del genial autor ruso, el segundo Op. 44 y el tercero Op. 75 a pesar de ser música bellísima; y es que el primero ejerce una fascinación que se ha visto reforzada sin duda por las múltiples y ya legendarias grabaciones.

La introducción, de lo más efectiva que se ha escuchado en la historia de la música, es tan electrizante que atrapa al público y no lo suelta ya más, curiosamente su tema musical vuelve a retomar el compositor para nada a lo largo de la obra. No exageraríamos al decir que se trata del concierto para piano más famoso de todos los tiempos. Para nada es una obra fácil, requiere de un pianista con fuerza y virtuosismo, además de “muchos dedos” (gran velocidad, sutileza y claridad), cualidades que a Valentina Lisitsa le sobran. Al contrario de lo que ocurre a veces, que la orquesta sobre pasa en volumen al solista, aquí nos encontramos ante una pianista que tuvo que bajarse un poco pues su volumen parecía excesivo ante la masa sonora de la OSM.

Esta obra de Tchaikovsky, como sucede a menudo con las composiciones revolucionarias y que se anticipan a su tiempo, no fue bien recibida en un principio; incluso Nikolái Rubinstein (1835 1881), gran pianista y amigo íntimo de Tchaikovsky, la consideró imposible de tocar, horrible y sin importancia. El autor, ofendido, retiró la dedicatoria a Rubinstein y realizó algunos pequeños cambios a la partitura, lo que la volvió aún más efectiva. El tiempo no le dio la razón a Rubinstein, quien finalmente se convirtió en uno de sus grandes intérpretes.

Esta obra es de las taquilleras, que si se programa en un concierto aseguran una buena venta de boletos, pero no es fácil encontrar quien la toque  y la dirija bien. José Areán, director asociado de la OSM, se mostró hábil, musical, magnífico acompañando y arropando musicalmente a la solista, al grado de conseguir que tanto ella como la obra lucieran en toda su magnificencia. Un director cuidadoso y atento a los detalles.

Inició el concierto con un estreno mundial del compositor mexicano Javier Álvarez (1956), De aquí hasta la Veleta, obra encargada por la propia OSM, música compleja, llena de matices y de detalles orquestales de gran efectividad sonora, con una rica sección de percusiones a la que Álvarez sabe sacar provecho, una especie de rapsodia donde el material no vuelve a repetirse, lineal y fresco.

Para terminar el banquete musical, la OSM interpretó Vitrales de iglesia de Ottorino Respighi (1879-1936), donde pudimos una vez más constatar la magnificencia orquestal del autor; de hecho esta música es la reconceptualización de los tres preludios para piano de él mismo, donde introduce una y otra vez melodías originales de los cantos gregorianos, como hizo en Los pinos de Roma.