Putin y Obama: Historia de desencuentros

Obama y Putin. La agenda de los desencuentros.
Foto: AP

MÉXICO, D.F. (apro).- El caso del exanalista de la CIA Edward Snowden, a quien Rusia concedió asilo, fue determinante para cancelar la reunión entre el presidente estadunidense, Barack Obama, y su par ruso, Vladimir Putin, programada para septiembre, en coincidencia con la reunión del G-20 en San Petersburgo.

Se llega así al abrupto final del reseteo de las relaciones entre los dos países, iniciado en 2009, cuando Obama llegó a la Casa Blanca. En ese momento, Hillary Clinton, por entonces secretaria de Estado, cometió un gaffe diplomático: entregó al canciller ruso, Serguei Lavrov, un enorme botón rojo que graficaba la intención de resetear las relaciones entre los dos países tras la frialdad que reinó al final de la  Presidencia de George W. Bush. Pero en lugar de escribir en ruso perezagruska, que significa resetear, apareció la palabra peregruzka, que significa lo opuesto: sobrecargar.

Lo irónico es que el error diplomático se ha convertido en realidad.

 

Divorcio anunciado

El gesto de suspender unilateralmente la cumbre es duro. El único precedente semejante fue cuando el líder soviético Nikita Jrushev canceló una reunión con el presidente Dwight D. Eisenhower en 1960, después de un incidente con un avión espía de Estados Unidos derribado en los Urales.

Obama, ahora, justificó la decisión. Dijo que los rusos “retroceden a una mentalidad de la Guerra Fría”.

“Yo les digo insistentemente, le digo al presidente Putin, que no debemos pensar en el pasado sino en el futuro, y que no hay razones para no cooperar más efectivamente de lo que hemos hecho hasta ahora”, agregó.

El caso Snowden colocó a Rusia en la incómoda disyuntiva de rechazar el pedido de asilo del exespía estadounidense, doblegándose a los pies de Washington; o de aceptar la solicitud, para demostrar que a pesar de todo Moscú sigue siendo una potencia global.

“Era un final anunciado”, dijo a Apro Fabián Callé, profesor de la Universidad Di Tella de Buenos Aires y especialista en temas de seguridad internacional. “No pueden hablar de cooperación en ese marco”, agrega.

Pero detrás de los ríos de tinta que se han escrito sobre el caso, las relaciones entre Washington y Moscú vienen agriándose desde el momento mismo en que se confundieron las palabras “recarga” con “reseteo”.

Son varios los frentes de incomprensión y conflicto: Irán, Siria, los derechos humanos, la posición de las autoridades rusas frente a los homosexuales… Pero en el fondo, emerge el iceberg de las inconclusas negociaciones de reducción de armas nucleares, el avance de la OTAN hacia el este y el establecimiento de sistemas antimisiles en las fronteras rusas.

Obama llegó a la  Presidencia en 2009 prometiendo encausar la relación con Rusia después de la pequeña guerra con Georgia en 2008. En ese momento, firmó con el presidente ruso Dmitri Medvedev el nuevo tratado Start de reducción de armas estratégicas, y obtuvo importantes ventajas para Washington, como el establecimiento de un corredor a través de Rusia para aprovisionar las tropas de la OTAN en Afganistán.

En 2010, por primera vez, Rusia, como parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aceptó imponer sanciones a Irán para obligar a la nación persa a dejar a un lado sus intenciones de enriquecer uranio con el supuesto fin de construir armas nucleares.

Pero desde entonces todo empezó a retroceder. El estallido de la primavera árabe en 2011 abrió un nuevo frente de desacuerdo entre Washington y Moscú.

En Libia, Rusia se sintió utilizada, al ver que la decisión del Consejo de Seguridad de la ONU de imponer una zona de prohibición de vuelo para impedir los ataques aéreos de las fuerzas del dictador Muammar Gaddafi contra la oposición se convirtió de hecho en una cacería de Gaddafi y sus colaboradores, que terminó con la muerte del líder libio.

Decidida a no permitir lo mismo en Siria, Rusia se ha opuesto a todo tipo de sanción occidental contra el régimen de Bashar al Assad, pues teme que, en el fondo, el conflicto sea utilizado para rediseñar las fronteras de Medio Oriente a favor de claros amigos de Estados Unidos, como Arabia Saudita y las monarquías del Golfo Pérsico, y que la caída desordenada de Assad, alentada (según la visión de Moscú) por fuerzas islamistas cercanas a Al Qaeda, deje un agujero de inseguridad a pocos cientos de kilómetros del explosivo Cáucaso, donde Rusia tiene que lidiar con una insurgencia islámica desde hace 20 años, que no ha podido domeñar.

 

El niño y el abogado

El otro factor de conflicto: la aprobación por parte del Congreso estadunidense del Acta Magnitsky, en diciembre de 2011, en la cual se incluyen a 60 rusos que, supuestamente, tuvieron responsabilidad en la muerte en 2009 del abogado Serguei Magnitsky, quien se encontraba en una prisión de Moscú tras haber permanecido varios meses encarcelado sin proceso. Su delito: denunciar hechos de corrupción de funcionarios del Ministerio del Interior y de la agencia de impuestos.

En respuesta, la Duma rusa (la Cámara baja del Parlamento) aprobó la Ley Dima Yakovlev, llamada así por el niño ruso adoptado por padres estadunidenses que falleció en 2009, después de que su padre lo dejara olvidado nueve horas en el auto al rayo del sol mientras que se fue a trabajar.

Estos incidentes subieron de tono a partir de que Putin volvió en 2012 a la Presidencia de Rusia por tercera ocasión. Rusia aprobó una ley que obliga a las ONG que realicen actividades sociales y políticas, a inscribirse como “agentes extranjeros”, desatando una oleada de allanamientos en organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Las críticas a la política de derechos humanos del Kremlin por parte de los gobiernos occidentales aumentaron con la condena de las tres jóvenes del grupo punk Pussy Riot que, en febrero de 2012, durante la campaña electoral que llevó a Putin de vuelta a la  Presidencia, realizaron un show de escasos minutos en la catedral moscovita de Cristo El Salvador.

Y por último, la condena a cinco años del bloguero y dirigente opositor Alexei Navalny, acusado de corrupción cuando asesoraba al gobernador de la región de Kirov para promover las ventas de una compañía maderera.

 

La ley antigay

Las leyes aprobadas por el Parlamento ruso en junio pasado contra los homosexuales han sido el último ingrediente en este enfriamiento de las relaciones entre Moscú y Washington.

Las nuevas disposiciones prohíben “la propaganda entre menores de relaciones sexuales no tradicionales”, o que puedan causar “la impresión equivocada” de que las relaciones heterosexuales y homosexuales son “socialmente equivalentes”.

Estas leyes imponen multas que pueden llegar hasta los 31 mil dólares y facultan a la policía a arrestar hasta por 15 días y expulsar del país a turistas extranjeros que violen la ley con sus actitudes “progay”.

Distintas organizaciones de derechos humanos y de la comunidad homosexual iniciaron una campaña mundial contra estas leyes, con iniciativas que van desde el boicot al vodka hasta el boicot a los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi en 2014, por el temor a la persecución o actos homofóbicos contra turistas o atletas gay.

En Estados Unidos se ha puesto en marcha una iniciativa para juntar 100 mil firmas en una petición a la Casa Blanca para prohibir el ingreso al país de los diputados rusos Elena Mizulina y Vitaly Milonov, autores de la iniciativa.

Coincidiendo con el anuncio de la suspensión de la cumbre con Putin, Obama se sumó a la campaña de repudio contra las leyes antigay. El 6 de agosto, en el programa Tonight Show, del canal NBC, dijo: “No tengo ninguna paciencia con países que tratan a los gays o lesbianas o transsexuales en formas que los intimidan o que les hacen daño”.

Más allá del escándalo provocado por estas medidas, las principales razones de fricción están en los temas estratégicos: las negociaciones para la reducción de armas nucleares y en las álgidas discusiones sobre el establecimiento de un sistema antimisiles de la OTAN en los límites con Rusia.

Washington insiste en que los sistemas de defensa antimisilísticos que instalará en Europa no están dirigidos a neutralizar el potencial nuclear de Rusia, pero en el Kremlin no piensan lo mismo. Moscú insiste en vincular su apoyo a un nuevo plan de reducción de armas nucleares, con la no instalación de estos sistemas antimisiles, o con garantías claras de que no se dirigirán en su contra.

Sin embargo, a pesar de que la retórica sube de lado y lado, la situación no llega a parecerse a la de la Guerra Fría. “Obama ha manifestado claramente su voluntad de no generar una guerra armamentista, entre otras cosas, porque ya no existe paridad entre Estados Unidos y Rusia. Mientras que Estados Unidos gasta 39 centavos de cada dólar que el mundo destina a armamento, el presupuesto ruso de defensa no llega a 15% del de Estados Unidos”, comenta el experto Fabián Calle. “Si bien Rusia tiene muchas cabezas nucleares, no tiene la capacidad económica para sostener una escalada con Estados Unidos”, agrega.

Lo fundamental es que Washington cambió sus prioridades, ya que el centro de sus preocupaciones es China. “No podemos hablar de una nueva Guerra Fría, porque el eje de la Casa Blanca no es Rusia, cuya importancia mundial se ha reducido sensiblemente, cuya población viene disminuyendo y que depende de la venta de commodities como el petróleo y de los vaivenes de su precio mundial”, concluye el analista.

 

“Contra-reset”

Aunque la Guerra Fría terminó, sorprende encontrar que los malos de las películas de James Bond, la trilogía Bourne o Duro de Matar de Bruce Willis siguen siendo rusos.

Para los más fundamentalistas de la política estadunidense, Putin, con su gesto adusto y sus modales de judo, sería el último villano de la serie.

Pero si se tiene en cuenta el punto de vista de Moscú, con los misiles de la OTAN cada vez más cerca y con decisiones de Estados Unidos que son consideradas como una abierta intervención en la política interna, como en el caso de la lista Magnitsky, se puede entender la opinión del respetado historiador Stephen Cohen, de la Universidad de Nueva York, quien, en una entrevista publicada en Russia Today el 19 de julio dijo que Estados Unidos ha perdido varias oportunidades de establecer una colaboración con Rusia desde que la Unión Soviética desapareció hace 22 años.

“Todo lo que vemos desde entonces huele, parece y se comporta como una relación de la Guerra Fría”, dice. “Como patriota estadunidense, digo que la culpa principal, no total, pero principal, es de Washington”, que aplica la “cooperación selectiva”, es decir, “que Rusia debe hacer concesiones pero Washington no tiene que dar nada a cambio”.

En un artículo del 7 de agosto en la página web del Centro Carnegie de Moscú, Dmitri Trenin, especialista en relaciones Estados Unidos- Rusia, expuso que la cancelación del encuentro entre los presidentes Obama y Puntin se debe a razones de política interna de Estados Unidos.

“En las últimas semanas Obama ha recibido numerosas críticas de todos los sectores políticos de ser muy débil frente a Rusia. Como le es cada vez más difícil avanzar su agenda interna, en el centro de la cual está la reforma del sistema de salud, no desea ganarse más enemigos”, dijo el especialista.

Para Trenin, el reset puede ser reemplazado por algo que se podría llamar contra-reset: aplicar más presión a Rusia en distintos frentes, utilizando los Olímpicos de Sochi en 2014 como catalizadores, entre otras posibilidades.

“Todo esto pueden ser pasos simbólicos, pero marcan una tendencia que toma fuerza desde 2011, en el sentido de enfriar las relaciones de Rusia con Occidente. La decisión de Obama de cancelar la cumbre es un serio paso en ese sentido”, concluyó.