El “Rigoletto” leonés

LEON, Gto. (proceso.com.mx).- – Aunque programada y prácticamente armada antes de la nueva administración de Ramón Vargas, el Rigoletto presentado los recientes 7, 9 y 11 del presente mes en esta ciudad, es oficialmente la primera coproducción de la Dirección de Ópera de Bellas Artes y diferentes estados de la República, en este caso Guanajuato.

Varias son las aristas a destacar en estas presentaciones, la primera de ellas es la continuidad operativa que está logrando, particularmente en materia de presentación de óperas completas, el Teatro Bicentenario bajo la dirección de Alonso Escalante, que lo está convirtiendo en el segundo más importante del país después de Bellas Artes. Sin olvidar, por supuesto, la labor que está realizando Jesús Suaste al frente de la ópera en Morelos, particularmente en Cuernavaca.

Lo segundo es la tenencia de una orquesta y coro del teatro, es decir, se cuenta ya con lo fundamental, dado que los elencos no necesariamente tienen que ser estables; pero sí es imprescindible para una casa de ópera que realmente merezca ese nombre, poseer su propia orquesta y coro; este último, en el Bicentenario, cuenta ya con un director titular, Antonio Espinal.

Lo tercero es el cuidado del elenco y el equipo técnico encargado del montaje, ya que no se reparó en gastos para presentar funciones que, con toda dignidad, podrían ocupar varias de las principales salas del orbe.

Una cuarta característica positiva fue que, con excepción del barítono rumano George Petean, encargado del propio Rigoletto, todos los demás cantantes fueron mexicanos, corroborando así lo que hemos sostenido por años: tenemos voces de primera línea a nivel mundial. Así lo demostraron María Alejandres (Gilda) –sin discusión la mejor soprano mexicana de por lo menos los últimos 25 años y quien, el próximo mes, septiembre, cantará el mismo rol pero con la Scala de Milán– y Arturo Chacón Cruz, tenor que viene de hacer el mismo Duque de Mantua en Francia. Los otros tres papeles principales, Sparfucile, Maddalena y Monterone fueron encarnados, respectivamente, por el bajo Rosendo Flores, la mezzosoprano Oralia Castro y el barítono Guillermo Ruiz, también mexicanos al igual que todo el resto del elenco.

En cuanto al equipo responsable de la puesta en escena encabezado por Enrique Singer, reconocido director teatral que hizo un aplaudible trabajo, se complementó con la iluminación estupenda de Víctor Zapatero, la escenografía práctica y funcional que situaba perfectamente las locaciones de Atenea Chávez y Auda Caraza, el sugestivo e igualmente funcional vestuario acoplado a cabalidad a cada personaje y circunstancia creado por Carlo Demichelis y Elena Gómez Toussaint, el imaginativo maquillaje de Cinthia Muñoz, y la realmente adecuada al tiempo que versátil coreografía de Marco Antonio Silva, todos mexicanos.

El director-concertador sí se importó, fue el maestro florentino Marzio Conti, quien fuera de unos deslices en la parte inicial cumplió con eficiencia su encomienda.

Todos los anteriores son aspectos que, a mi juicio, merecen destacarse y que, desafortunadamente, la mayoría de las veces apenas si se mencionan.

En cuanto a la primera función, corroboró con creces la calidad ya sabida de George Petean –a quien conocimos en este mismo teatro el año pasado y reencontramos en una Gala este año en Bellas Artes–, y quien nos ofreció un Rigoletto pleno tanto vocal como actoralmente.

Arturo Chacón Cruz compuso un Duque más bien irresponsable que perverso, uno de los tantos juniors que hoy impunemente insultan a quienes consideran inferiores. De grato timbre, su voz fluyó con seguridad y limpidez.

Menciono aquí que todo el elenco tuvo un desempeño profesional, decoroso y adecuado para terminar con una mención especial, la de María Alejandres, quien obtuvo la mayor ovación de la noche y que, dada la potencia y color de su magnífica voz, está dando para el mundo el resurgimiento de esas Gildas como ya no existen, pero que eran verdaderas diosas sobre el escenario en décadas pasadas. Qué privilegio haberla disfrutado.