Premio bajo sospecha

A finales de 2012 y como quien busca no llamar demasiado la atención, la dirigencia de la Feria Internacional del Libro relanzó el principal premio asociado con dicha feria, organizada anualmente por la Universidad de Guadalajara desde 1987. Se trata del ahora llamado Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, el mismo que conoció su momento más bochornoso el año pasado, cuando de forma poco razonable, por no decir arbitraria y sospechosa, le fue concedido al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, tristemente célebre por firmar como suyos numerosos textos ajenos, delito por el que la justicia de su país lo halló culpable y le impuso una multa de 57 mil dólares.

A raíz de este quemón del Premio FIL, el cual han compartido los integrantes del jurado, así como los funcionarios de las instituciones y dependencias oficiales que organizan y patrocinan ese galardón literario –la UdeG, el gobierno de Jalisco, el ayuntamiento de Guadalajara, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Fondo de Cultura Económica y el Banco de Comercio Exterior, entre otras–, quienes se hallan al frente de dichos organismos oficiales acordaron que el certamen de este año se jugara con una baraja nueva.

De este modo y en un intento por disipar la sospecha de que en el Premio FIL hay o ha habido mano negra –principalmente por la presencia de personas que repetidamente han formado parte del jurado como sería el caso del profesor peruano Julio Ortega, quien en siete ocasiones ha fungido como sinodal– este año se buscó integrar un grupo de personas relacionadas con el mundillo literario (profesores y académicos de bajo perfil, en su mayoría) pero que no hubieran participado como jueces en ninguna de las 22 ediciones anteriores de este premio, dotado con 150 mil dólares, originalmente bautizado con el prestigioso nombre de Juan Rulfo, el cual perdió en 2006 por un diferendo surgido entre los organizadores del certamen y los herederos del autor de Pedro Páramo.

Aparte de esa baraja nueva, se acaban de hacer algunas modificaciones cosméticas al reglamento del premio, las cuales vienen a ser una confesión involuntaria de que en las ediciones pasadas se pudieron haber cometido toda suerte de irregularidades a la hora de elegir al ganador, a raíz de haberles dado toda clase de licencias a los integrantes del jurado, permitiendo incluso que éstos se amafiaran. Según la directora del Comité Técnico del Premio FIL, Dulce María Zúñiga, los jueces podrán seguir proponiendo candidaturas para el certamen, sólo que a partir de ahora deberán “hacerlo llenando el formulario y sometiéndolo por la vía electrónica, pues ya no se aceptarán propuestas una vez cerrada la convocatoria, ni se permitirá que se hagan en la mesa de deliberación” (Milenio Jalisco, 31 de julio de 2013).

Sin pecar de malicia, lo anterior se puede entender de la siguiente manera: que se volvió una costumbre que integrantes del jurado llegaran con sus propios gallos; que hubo casos en los que esos mismos sinodales lanzaron candidaturas de última hora, y que ha sido una práctica común por parte de los jueces literarios en turno sacar de la jugada, a las primeras de cambio, las propuestas hechas por personas e instituciones culturales del orbe latinoamericano, a fin de poder cabildear (claro que se oye más técnico decir deliberar) más cómodamente entre ellos los méritos de sus candidatos y “avalar” al ganador.

A partir de lo anterior y considerando que había venido siendo algo habitual que integrantes del jurado repitieran de un año para otro, ¿cómo no pensar que, al momento de ponerse de acuerdo sobre el ganador, se dieron enjuagues del tipo: “Ahora yo apoyo a tu candidato, pero para la próxima ocasión quiero que tú hagas lo mismo con el mío”? Sobran los casos que han dado pretexto plausible para poner en duda la probidad del certamen. Van sólo dos de ellos: en 2006 y 2007 repitieron como integrantes del jurado Julio Ortega, Gonzalo Celorio y Beatriz Pastor, y en 2011 y 2012 ocurrió otro tanto con la tripleta conformada por Julio Ortega (again), Jorge Volpi y Margarita Valencia, quienes precisamente resolvieron entregarle el Premio FIL del año pasado al insigne plagiario Alfredo Bryce Echenique, cuatacho de todos ellos.

Pero el pecado –o el eventual pecado– no sólo es de los jueces que repitieron alegremente una y otra vez, sobrepasándose en sus atribuciones, sino también de quienes los hicieron compadres, invitándolos como sinodales: los funcionarios del Comité Organizador del Premio FIL. Tales funcionarios no sólo solaparon los abusos de quienes desde 1991 habían venido fungiendo como jueces del certamen literario, sino que confeccionaron un reglamento demasiado laxo y contradictorio para un premio que desde su nacimiento ha tenido serios problemas de identidad. Éste, como ya quedó apuntado, originalmente se llamó Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, aun cuando muy pronto le fue entregado a un narrador que no era ni latinoamericano ni caribeño, sino español: Juan Marsé. Y otro tanto ocurrió en 2004, cuando recayó en Juan Goytisolo.

Luego, cuando a fines del siguiente año surgió un conflicto con los herederos de Rulfo –en opinión de estos últimos el premio se había amafiado, por lo cual exigieron que se retirara el nombre de Juan Rulfo de dicho certamen–, funcionarios de la FIL y de la UdeG buscaron la forma de recomponer un premio que nació cucho. Así surgió, en 2006, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, con la especificación de que podrían aspirar a él ya no sólo escritores de lengua castellana y portuguesa, sino también italiana, francesa, gallega, catalana, rumana y otros eventuales idiomas neolatinos.

Pero no obstante la existencia teórica de esta colcha de retazos idiomática, todos los ganadores del Premio FIL habidos hasta ahora han seguido siendo escritores de lengua española y en un solo caso de lengua portuguesa (António Lobo Antunes): los mexicanos Carlos Monsiváis, Fernando del Paso, Margo Glantz y el mexico-colombiano Fernando Vallejo; el venezolano Rafael Cadenas, y el peruano Alfredo Bryce Echenique. ¿Dónde está pues el cambio y dónde la evolución del principal premio literario de la FIL? La verdad, únicamente en la obligada mutación onomástica y en el crecimiento de su recompensa económica.

Hasta hace un par de años, el ganador recibía 100 mil dólares, monto que subió a 150 mil. A esa suma hay que agregar los gastos administrativos y de operación del premio, que rondan los 100 mil dólares y con los que, entre otras cosas, se cubren los viáticos, la transportación aérea y los honorarios de los integrantes del jurado, quienes proceden de distintos puntos del orbe. En otras palabras, el Premio FIL de Literatura es un juego ideado por funcionarios de la FIL que cada año cuesta a los contribuyentes mexicanos –y  particularmente a los de Jalisco– alrededor de 250 mil dólares.

Este año, para elegir al siguiente ganador de este oneroso juego literario y a raíz de la mala experiencia por el caso Bryce Echenique, funcionarios de la FIL y de la UdeG se sacaron de la manga, con el aval de los demás patrocinadores, una baraja nueva: el escritor mexicano Hugo Gutiérrez Vega, con quien los jeques de la UdeG mantiene desde hace años una relación clientelar (entre otras cosas, crearon en honor del susodicho una “cátedra” que lleva su nombre); el poeta brasileño Horacio Costa; la editora italiana Mariapia Lamberti, y los profesores Pascal Gabellone (Francia), Esperanza López Parada (España), Simona Sora (Rumania), y Benedetta Craveri (Italia). Cartas nuevas, pero no necesariamente mejores, para un premio bajo sospecha.