Al Qaeda se fortalece

Fanatismo religioso.
Foto: Reuters / Ahmed Jadallah

Estados Unidos y los países europeos se negaron a entregar armas al Ejército Sirio Libre por temor a que cayeran en manos de radicales islamistas. Con ello debilitaron a los revolucionarios moderados y contribuyeron a la preeminencia militar de las organizaciones vinculadas con Al Qaeda: Jabhat al Nusra y Estado Islámico de Irak y al Sham. Éstas controlan ya amplias zonas en Siria, donde imponen el fanatismo religioso: prohíben la música, golpean a las mujeres que no se cubren el cabello, apalean a quienes fuman o consumen alcohol, y han asesinado a personas –incluidos menores de edad– por “ofender” a Alá.

CILVEGOZU, TURQUÍA.- La del predominio yijhadista en Siria es una de esas profecías que se cumplen solas: mucho denunció el régimen de Bashar al Assad, en su guerra de propaganda, que toda la oposición insurrecta estaba compuesta por terroristas islámicos, y mucho temieron los países occidentales que si les entregaban armas a los rebeldes éstas terminarían en manos de los extremistas de Al Qaeda.

Por acción, el primero, y por inacción, los segundos, ambos bandos contribuyeron a que milicias ligadas a la organización del difunto Osama bin Laden alcanzaran preeminencia, así como a que se produjera una radicalización religiosa de otros grupos que antes eran revolucionarios.

Esta situación la sufren cientos de miles de sirios que han quedado bajo el control de Jabhat al Nusra, o Frente para la Victoria, y del aún más radical autodenominado Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS) –este último es el nombre árabe para el Levante: Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel. La cuentan residentes que han conseguido escapar a Turquía a través de este paso fronterizo de Cilvegözü. Y la explica Mesar al Mislabi, un oficial del opositor Ejército Sirio Libre (ESL), que ahora se siente derrotado al mismo tiempo por el gobierno y por Al Qaeda.

Los sectores moderados del ESL han denunciado por largo tiempo que el verdadero propósito de Assad, quien el 31 de mayo de 2011 decretó una amnistía para presos políticos –los únicos explícitamente mencionados fueron los miembros de los Hermanos Musulmanes–, consistió en facilitar la liberación de estos últimos, que se radicalizaron en la cárcel y salieron para crear las facciones extremistas de la rebelión.

“Eran 11 y, junto a los emires (jefes) extranjeros, son ahora los emires sirios de EIIS”, asegura el comandante Mislabi mientras bebe té en una choza del estacionamiento de Cilvegözü. Es una prueba, afirma, de que el régimen y EIIS están confabulados, “como también lo es que en Raqqa (una ciudad mesopotámica controlada por EIIS) ellos han ocupado el edificio del gobernador y los que tenía el partido Baaz (el de al Assad); pero a pesar de que todos saben cuáles son, la aviación del gobierno nunca los bombardea, sólo ataca las zonas residenciales”.

Aunque la idea de que existe un complot acordado entre Assad y su élite de alauíes (un subgrupo de la secta chiita del Islam), por un lado, y por el otro, EIIS, que son extremistas de la secta sunita y ferozmente antichiitas, probablemente va demasiado lejos, lo cierto es que la estrategia gubernamental se ve fortalecida por las acciones de los yijhadistas, pues han creado una gran fractura entre los rebeldes, dejando enormemente debilitadas a las facciones moderadas de la revolución, que aspiraban a establecer una república laica sin Assad, y justifican la propaganda que califica a todos de terroristas.

Además, entre los miembros del desi­lusionado ESL se extiende el rencor al haber sido abandonados por quienes supuestamente los iban a ayudar desde el extranjero; existe incluso la sospecha de que en realidad Estados Unidos y sus aliados quieren la victoria de Assad, como asegura airadamente Mislabi: “(Barack) Obama y todos los occidentales nos traicionaron y nos arrojaron en manos de Al Qaeda. Nos engañaron, están al servicio del perro de Damasco (Assad)”.

Después de que el régimen hundió en sangre las manifestaciones pacíficas de la primavera de 2011, en julio de ese año se formó el Ejército Sirio Libre como paraguas bajo el que se reunían nuevos grupos armados con posturas moderadas.

La apuesta era recibir distintos tipos de apoyo militar de enemigos de Assad, como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Turquía, Arabia Saudita y Qatar, pero sólo los dos últimos países cumplieron sus promesas, aunque hasta cierto punto. Los occidentales, en cambio, mantuvieron un bajo perfil, atenazados siempre por el temor de poner armas sofisticadas en manos de terroristas: la pesadilla de un islamista derribando un avión israelí con un misil regalado por Washington provocaba pavor político.

Para Frederic Hof, investigador del Centro Rafik Hariri para el Medio Oriente (un instituto de investigación del Atlantic Council, ubicado en Washington, DC), si bien el escepticismo de Obama es comprensible, “su decisión de no hacerse cargo del proceso por el que los nacionalistas sirios debían ser armados, equipados y entrenados, sólo sirvió para profundizar los cimientos de su escepticismo original al marginar inadvertidamente a los moderados, para ventaja de los yijhadistas”.

Mientras los grupos moderados se enfrentaban al ejército de Assad en condiciones precarias, siempre a la espera de una ayuda que, a final de cuentas, jamás llegó en cantidades significativas, Jabhat al Nusra, primero, y EIIS, después, contaban con las redes de financiamiento de Al Qaeda, sostenidas por príncipes petroleros y grandes magnates del Golfo Pérsico.

Imbuidos de una profunda mística religiosa que fortalecía su motivación y su determinación de morir luchando, sus unidades militares gozaban, además, de un flujo sostenido de armas, aprovisionamiento, dinero en efectivo y nuevos reclutas provenientes del extranjero. Muchos combatientes del ESL abandonaron sus brigadas para sumarse a los extremistas.

 

Vivir bajo la muerte

 

El joven ingeniero no quiere decir su nombre ni acepta un seudónimo: “Si me pones Majmud y alguno de EIIS cree reconocer a otro Majmud, van a cortarle la cabeza a alguien de su familia… mejor así”. Él confirma lo dicho por el comandante Mislabi: en Raqqa, que es de donde ambos vinieron sin conocerse, las posiciones de EIIS no son atacadas por los bombardeos del régimen.

Raqqa fue la primera ciudad de donde las fuerzas del régimen fueron totalmente expulsadas, el 4 de marzo de este año. Debía ser la oportunidad para el ESL de demostrar cómo quiere gobernar el país. No tuvo mucho tiempo: el 14 de mayo, EIIS atacó sus posiciones y lo derrotó en 24 horas. Ahora, esta urbe de 250 mil habitantes es el mayor núcleo de población dominado por Al Qaeda en todo el mundo.

A pesar de que tiene un brazo precariamente entablillado, el ingeniero es hábil con el teléfono celular y le muestra al reportero el plano de su ciudad: el zoom nos aproxima hasta el céntrico edificio donde despacha el emir de EIIS y una plaza cercana: “Ahí asesinan regularmente a los civiles alauíes que agarran por ahí, o a soldados. Con un altavoz llaman a la gente para que vean cómo les cortan el cuello con una espada o les dan un tiro en la cabeza. Una vez utilizaron una dushka (una ametralladora antiaérea) para destrozar el cuerpo de un hombre vivo”.

Fue en ese sitio, también, donde el ingeniero recibió 90 latigazos diarios durante cinco días, castigo que unos adolescentes armados de EIIS decidieron darle a un anciano por haberlos reprendido. Para evitar que lo mataran de esa forma, el ingeniero pidió recibir el castigo en su lugar. El espectáculo de las enormes cicatrices en su espalda lacerada es doloroso. Y dice que le fue bien: “A mi hermano le cortaron una mano por haber abofeteado a uno de ellos”.

Son costumbres medievales resucitadas por fanáticos religiosos. Sus víctimas primarias son personas de otras sectas o religiones, y militares o sospechosos de colaborar con el régimen, pero en los hechos persiguen a cualquier persona que rete su autoridad.

Han prohibido la música, golpean a las mujeres que no se cubren el cabello escrupulosamente, apalean a quienes fuman. Aunque EIIS ha establecido cortes religiosas donde se deben decidir los asuntos, en la calle y en el campo sus militantes infligen castigos en el acto: así han asesinado a niños que soltaron una frase que ellos creyeron ofensiva contra el profeta Mahoma y a jóvenes por sospechas de haber bebido alcohol.

El 13 de noviembre decapitaron públicamente a quien describieron como un chiita que apoyaba al gobierno. Grabaron todo el espectáculo y subieron el video a internet, como es su costumbre. Pero alguien reconoció a la víctima –o su cabeza, que mostraron como un trofeo– y denunció que en realidad habían asesinado a Mujamad Fares, un comandante que, tras ser herido en combate, había caído en manos de sus asesinos cuando buscaba atención médica, y que pertenecía a una milicia aliada. Al comprender su error, EIIS emitió un comunicado en el que pedía “comprensión y perdón”.

Esta organización emprendió además una guerra abierta contra todo tipo de periodistas y ha ordenado a sus tropas capturar o matar a los que encuentre. No se sabe cuántos de los 30 reporteros desa­parecidos actualmente están en su poder, pero sí se conoce que ha secuestrado a tres españoles, Marc Marginedas, Javier Espinosa y Ricard García Vilanova.

El 5 de diciembre último, mientras Proceso hablaba con el ingeniero y el comandante Mislabi en el puesto fronterizo de Cilvegözü, del lado sirio se esperaba el permiso de las autoridades para ingresar en Turquía el cadáver de Yaser Faisal, un camarógrafo que trabajaba para un canal español y que había sido ejecutado sumariamente por EIIS un día antes.

Gran parte de los miembros de esta milicia son extranjeros que han visto en la guerra siria una oportunidad de hacer la yijhad, la guerra santa: algunos provienen de Medio Oriente y las cercanías (sauditas, turcos, chechenos, jordanos, libios, tunecinos…) y otros de países occidentales: franceses, británicos, alemanes, australianos y españoles, entre otros. Tienen una visión extremista del Islam que no corresponde con la que se practica en Siria, más moderada y acostumbrada a la convivencia entre pueblos diferentes.

“Cerraron los cafés donde se permitía que entráramos hombres y mujeres, clausuraron el cine, prohibieron los colores brillantes…”, lamenta el ingeniero, que ahora se ha convertido en uno más de los 3 millones de refugiados sirios. “Es una dictadura peor que la de Bashar (al Assad)”.

 

Radicalizarse o escapar

 

En general, EIIS y Jabhat al Nusra se han hecho con el control de la mayor parte del norte de Siria, donde coexisten con otros grupos armados que, salvo casos puntuales, no osan enfrentarse a ellos y que han estado reaccionando de dos formas:

Una de ellas es la radicalización, para detener la sangría de combatientes que se pasan a las filas yijhadistas. Antes, la esperanza de obtener ayuda occidental las mantenía en el sector moderado, pero ahora, estimuladas por la promesa de apoyo económico saudita, muchas de las brigadas más importantes del ESL, como Liwa al Tawhid y Liwa al Islam, lo han abandonado oficialmente para aliarse con grupos islamistas, como Ahrar al Sham, y formar, entre todos, Jabhat al Islam (Frente del Islam). Su objetivo es “derrocar el régimen de Assad” y “establecer un Estado islámico”, como anunciaron en su primer comunicado, del 22 de noviembre.

Si bien hay activistas y combatientes que no cejan, la otra reacción es el escape. El comandante Al Mislabi es uno de tantos. “Me di por vencido el día en que se conoció la defección del coronel al Okaidi”.

Abdul Jabbar al Okaidi era el jefe del Consejo Militar Revolucionario en Alepo, la ciudad más grande del país, y uno de los oficiales del ejército sirio de mayor rango que se pasaron a la oposición. El 3 de noviembre subió un video a YouTube en el que renunciaba a su puesto y denunciaba la desunión de los rebeldes y la falta de apoyo internacional.

“En realidad, nunca quisieron respaldarnos”, afirma Mislabi. “Los pocos que seguíamos creyendo que sí nos iban a dar ayuda, ayuda de verdad, no migajas, nos dimos cuenta de lo idiotas que fuimos cuando Obama, después de asegurar que iba a lanzar misiles contra Assad por haber matado a cientos de niños con armas químicas, dejó todo eso en palabras y firmó un pacto que fortaleció al régimen. Fue la última traición”.