Actualidades musicales: El “Paco” Araiza wagneriano

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Hace unos cuantos años el estupendo tenor rossiniano Francisco Araiza me comentaba que otro tenor de prestigio mundial, éste sí wagneriano, le aconsejaba que se podía abordar algunos de los personajes de Wagner pero “nunca antes de los 40”. Se daba tiempo así para que la voz tuviera la madurez para aguantar el esfuerzo que significan algunos de los personajes de don Ricardo, de quien se está cerrando el festejo por sus doscientos años de nacimiento.

Pues bien, Araiza siguió ese consejo, esperó el tiempo debido y después, con la solvencia que le fue reconocida desde sus inicios, sin perder la gracia vocal del tenor lírico, abordó los roles que implican un desempeño diferente.

De cómo este tenor mozartiano pasó a dominar su nuevo repertorio, nos ofreció una muestra espléndida el recién pasado domingo cuando con la “Gala Wagner con Francisco Araiza”, la dirección de nuestra Compañía Nacional de Ópera ahora solamente denominada Ópera de Bellas Artes, clausuró brillantemente sus actividades del año.

Acompañado por la orquesta de la ópera dirigida por Srba Dinic y dos de sus alumnos, la soprano Joo Hee Jung y el bajo barítono Alejandro Armenta, Araiza obsequió un final de año operístico que por su calidad quedará en los anales.

Un programa interesante, nada común en nuestros escenarios y en verdad hermoso -sobre todo para los wagnerianos que en mucho llenaban el recinto-, fue el escogido e integrado con: Tannhauser, del que escuchamos la “Entrada de Elisabeth”, la “Canción de la estrella vespertina” y la “Narración de Roma”. De la imprescindible Tristán e Isolda, naturalmente el “Preludio y muerte de amor” y el “Dueto de amor”. Siguió Lohengrin con el “Sueño de Elsa”, el “Preludio al acto tercero” y la “Despedida de Lohengrin”. Se cerró con “Final del acto primero” de La Valquiria, segunda parte de la enorme tetralogía El anillo del nibelungo.

Como puede verse, un programa diferente y plagado de recovecos tanto para los cantantes como para la orquesta, que deben dar no sólo los múltiples matices que el programa exige (porque una cosa son Tristán e Isolda y el Preludio a esa obra, y otra muy distinta Sigmundo y Siglinda y la música de La Valquiria, para señalar un solo ejemplo). Insisto, pues, en los grados de dificultad para la orquesta que, la verdad, no está acostumbrada a este repertorio como tampoco lo están los jóvenes que acompañaron al maestro.

No obstante eso, la wagneriana tarde dominical transcurrió con gran solvencia. En el caso de la soprano mostró su gran potencia y los avances tenidos bajo la guía de Araiza los últimos dos años. Particularmente no me encanta su timbre y creo que en más de una ocasión, sobre todo en la primera parte, dejó escapar un gritito más que un agudo, pero en la medida que avanzó el programa fue mejorando y terminó muy bien. Armenta a su vez es poseedor de una gran voz, cálida y grata, él no mostró mayor problemática técnica pero su desempeño visual fue frío y estático. Eso lo superará en la medida que más tiempo pase en los escenarios.

Capítulo aparte merece, una vez más, el ya sin duda tenor wagneriano Francisco Paco Araiza quien, sencillamente y para sintetizar, ofreció una auténtica lección de canto. Su estupenda técnica que le permite un fraseo límpido, una respiración exacta invisible e inaudible al público, el legato impecable de los graves a los agudos y de los pianos a los fortes sin ningún esfuerzo aparente, a más de su musicalidad y la interpretación propiamente dicha, fueron la demostración deliciosa para los escuchas de lo que significa el Arte del Canto.

Así pues, un estupendo cierre del año operístico que, por eso mismo, compromete a las autoridades todas a mantener y aún mejorar ese nivel y, a nosotros, a contribuir desde nuestra trinchera a que así suceda.