Egipto: El riesgo de ser periodista

Policías egipcios detienen a un simpatizante del expresidente Morsi en El Cairo.
Foto: AP

EL CAIRO  (apro).- De un candidato opositor que se presenta como de izquierda revolucionaria, y que va a disputarle la Presidencia del país al aspirante oficial que acaba de derrocar con un baño de sangre a un mandatario democráticamente electo, no se espera que ataque de entrada a quienes llaman a esa asonada militar como lo que es: una asonada militar.

Hamdeen Sabahi, líder del partido Corriente Popular, tercero en las elecciones presidenciales de 2012 con 21.5% de los votos, es el único político que se atreve a competir contra el hombre fuerte de Egipto, el general Abdelfatá al Sisi.

El sábado 8, Sabahi anunció su proyecto con la disposición a hacer alianzas con cualquiera, excepto con quien “considere que las protestas del 30 de junio fueron un golpe de Estado”.

Para los grupos colectivamente conocidos como los Jóvenes de la Revolución será muy difícil aceptar a este candidato con ese discurso. Les ha costado mantener su no alineación en un escenario copado por la confrontación sin cuartel entre el Ejército del general Al Sisi y la organización político-religiosa a la que éste expulsó del poder: los Hermanos Musulmanes, a la que pertenece el presidente derribado Mohamed Morsi.

Y, pese a lo que dice Sabbahi, los revolucionarios siguen llamando golpe al golpe.

No parece, sin embargo, que el régimen permita que se presente a elecciones un aspirante que se aparte un milímetro del discurso oficial de las fuerzas armadas. Mucho menos que dicho aspirante recuerde que el general Al Sisi fue ministro de Defensa nombrado por Morsi, que traicionó a éste al encabezar en su contra un golpe de Estado para después arrestarlo y luego disolver el Parlamento y lanzar una ofensiva generalizada contra los opositores, que incluyó dos grandes matanzas de civiles desarmados, con saldo de alrededor de 2 mil muertos, muchos de ellos niños y mujeres.

Para quien tenga dudas, el antecedente está a la mano: después de anular la Constitución aprobada en referéndum en diciembre de 2012 con 64% de los votos, el gobierno que surgió del golpe de Estado elaboró otra Carta Magna y la puso a consideración de los egipcios en otro referéndum, realizado el pasado 18 de enero. Quienes hicieron campaña por el “Sí” gozaron de todos los espacios en la televisión y en las calles. Fue distinto para quienes promovieron el “No”.

“Nos detuvieron el 10 de enero cuando repartíamos volantes pidiendo el voto por el ‘No’ en Garden City (un barrio céntrico de El Cairo)”, cuenta un joven de 18 años, miembro del Partido Egipto Fuerte (PEF), que prefiere no dar su nombre. “Los policías nos golpearon, acusándonos de terroristas. Me desmayé sobre la banqueta, detrás de unos autos. Supongo que se olvidaron de mí porque, cuando recuperé la conciencia, ya no había nadie. Ni los agentes ni mis amigos. Se los habían llevado”.

Por lo menos siete activistas del PEF fueron detenidos en la semana anterior al referéndum. A los primeros tres los acusaron de “tratar de cambiar los principios básicos de la Constitución mediante métodos ilegales”, a pesar de que no había Constitución. La anularon los militares. A un cuarto activista le presentaron cargos por terrorismo. A los restantes tres los fiscales los consignaron por “tratar de derrocar al régimen” y “provocar a los ciudadanos para que rechacen la Constitución”.

El PEF se retiró de la campaña y se sumó el boicot contra el referéndum al que habían llamado los Hermanos Musulmanes y los Jóvenes de la Revolución.

En esas condiciones, el documento propuesto fue aprobado nada menos que con la “cifra norcoreana” de 98% de los votos. Pero sólo participó 38% de los electores.

 

Sin opciones

 

Aún no hay fecha para las elecciones, que se deben celebrar antes del 18 de abril. Sólo Sabbahi ha dejado en claro que presentará su candidatura. El general Al Sisi declaró en una entrevista publicada el jueves 6 por un diario de Kuwait que también lo haría, pero de inmediato el Ejército precisó que, cuando su jefe estuviera listo, hará el anuncio “frente a la entidad debida, que es el pueblo egipcio”.

El sistema está trabajando para él: el presidente interino Adli Mansour invirtió el calendario electoral para que los comicios presidenciales se adelanten a los legislativos y el nuevo presidente pueda tener un Congreso a modo. La televisión divide su tiempo entre elogiar a Al Sisi y condenar el “terrorismo” de los Hermanos Musulmanes. Y las calles, postes, oficinas públicas, bancos y restaurantes están atiborrados con fotografías del militar y banderas egipcias.

No habrá más opciones para el pueblo: o es Al Sisi, montado en la maquinaria del Estado y la estructura política heredada del partido del dictador Hosni Mubarak, y con todo el apoyo de los empresarios; o Sabbahi, con un partido pequeño, escasa presencia y recursos limitados.

El líder del PEF, Abdel Moneim Abol Fotouh, es un disidente de los Hermanos Musulmanes y sabe que, aunque rompió con ellos hace más de dos años, tendría al sistema en contra, por lo cual denunció el proceso electoral como una farsa.

También el Partido Al Nour, que apoyó el golpe, es visto con desconfianza por su fuerte raíz religiosa y optó por curarse en salud: Anunció que no presentará candidatos presidenciales “en los próximos diez años”.

Los Hermanos Musulmanes es la única organización con fuerza nacional capaz de oponerse a Al Sisi, pero está desacreditada y declarada oficialmente como terrorista. Sólo la sospecha de ser uno de sus miembros es motivo de cárcel y torturas. Todos los días se informa de la muerte de varios de sus integrantes. Si un egipcio hace un cuatro con los dedos de la mano, se gana una golpiza y un arresto, pues éste es un símbolo que ha sido adoptado por los opositores al golpe y que alude a la masacre de Rabaa al Adawiya, el 14 de agosto, en la que el Ejército mató a entre mil y 2 mil civiles.

El pasado 2 de enero el árbitro de futbol Fatel al Alfi se hizo famoso porque tenía que darle cuatro minutos más al partido y optó por hacer dos signos de dos, uno con cada mano: “No hay lugar para la política en el futbol”, dijo Al Alfi al sitio web FilGoal. “Sólo no quería que me malentendieran”, explicó.

“La represión en este momento es diez veces mayor que la de tiempos de Mubarak”, dijo Abol Fotuh en una charla con Apro y otros medios, el miércoles 12. “Lo que vivimos es una contrarrevolución”.

 

“Contigo sea la paz”

 

El gobierno de Estados Unidos y de otros países asociados al de Egipto insisten en llamar “Revolución del 30 de junio” (fecha de una gran protesta popular) al golpe de Estado del 3 de julio. Su influencia sobre Al Sisi y sus generales ha decrecido: los mil 300 millones de dólares que, a cambio de darle seguridad a Israel, Washington le entrega anualmente en “ayuda militar” al Ejército egipcio, y que de vez en cuando amaga con suspender si hay “abusos a los derechos humanos”, se han hecho enanos al lado de los 12 mil millones de dólares que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (enemigos de los Hermanos Musulmanes) donaron a Egipto el año pasado.

A estos gobiernos árabes tampoco parece importarles mucho si se cometen masacres, asesinatos, torturas o abusos, incluso contra menores de edad; ni que el gobierno haya lanzado una gran persecución contra la prensa.

El martes 11 el Comité para la Protección de Periodistas publicó un informe en el que afirma que “los periodistas que se desvían de la narrativa oficial están en peligro de censura, arresto, proceso judicial o ataques físicos”.

El enemigo explícito número uno es la cadena de televisión Al Jazeera, a la que las autoridades acusan de favorecer a los Hermanos Musulmanes. El 29 de diciembre, uno de sus productores, el canadiense Mohamed Fahmy, abrió la puerta de la habitación que ocupaba con sus compañeros en el Hotel Marriot, en El Cairo. Salam aleikum (“contigo sea la paz”) le dijeron los agentes policiacos. Los hombres entraron en tropel y lo arrestaron junto con sus compañeros, el reportero australiano Peter Greste y el egipcio Baher Mohamed.

Las autoridades filtraron semanas después el video del operativo a la televisión local, ambientado con la banda sonora del thriller de Hollywood Thor: The dark world. Los momentos de tensión dramática musical coinciden con aquellos en los que la lente descubre la “evidencia” que “demuestra” sus actividades subversivas: laptop, teléfonos móviles, discos duros, libretas de apuntes, hojas de notas y una videocámara. Los medios egipcios se refieren al trío de arrestados como “la célula terrorista del Marriot”.

La policía encerró a estos periodistas en una zona de alta seguridad de una prisión. Ahí los mantuvo durante un mes antes de informar sobre los delitos por los que los acusaban junto con otras 17 personas: conspiración para “difundir noticias falsas” e “ingreso a grupo terrorista”. Los 20, se aseguró, eran empleados de Al Jazeera, pero la cadena sólo reconoció a ocho de ellos.

Las autoridades no dieron nombres ni dijeron si los demás estaban detenidos. La única pista era que dos eran británicos y había “una mujer holandesa”.

 

Huelga de hambre

 

Los hechos anteriores crearon una ola de temor entre la comunidad extranjera en El Cairo, especialmente entre aquellos cuya nacionalidad coincidía con los detenidos de Al Jazeera. La embajada de Gran Bretaña reportó que sus compatriotas estaban fuera del país. La de los Países Bajos, en cambio, consiguió que le dieran un nombre: “Johana Identity”. Esa palabra no es un apellido entre los holandeses. Pero encontraron un dato, un número de seguridad social que correspondía a la periodista Rena Netjes, cuyo nombre de bautismo es Johana. Aunque ella nunca ha trabajado ni colaborado con Al Jazeera, tuvo que esconderse durante varios días hasta que sus diplomáticos lograron sacarla del país.

A nivel individual, los periodistas en Egipto entendieron que, si el régimen es capaz de lanzarse al acoso y derribo contra una gran organización con los recursos y el respaldo político de Al Jazeera, los reporteros independientes o de medios más pequeños están indefensos. La campaña #FreeAJstaff (liberen al equipo de Al Jazeera), que inició el 3 de febrero, sólo consiguió una relajación de las duras condiciones de encarcelamiento de los tres presos.

El gobierno y los medios que le son afines mantienen una campaña de denuncia contra la prensa local y extranjera que ha convencido a la población de que los reporteros son espías, y les pide hacer “arrestos ciudadanos” de quienes parezcan sospechosos. Este reportero tuvo que escapar, el miércoles 12, de un grupo de civiles que lo acusaban de trabajar para Al Jazeera en la plaza Tahrir.

El domingo 2, el grupo Observatorio de Periodistas contra la Tortura emitió un informe en el que señala que en enero se registraron 96 agresiones contra informadores. Un promedio de tres al día. El informe denuncia que las fuerzas de seguridad están actuando contra los periodistas al grado de balearlos. De hecho, tres recibieron disparos. Además, 33 fueron arrestados, a 32 se les impidió hacer su trabajo y 31 fueron objeto de golpizas y robos.

De hecho, los periodistas extranjeros han tenido que acostumbrarse a laborar con la mayor discreción posible para evitar que cualquier viandante lo meta en graves problemas. Cuando un reportero es de piel morena y sale sin libreta o grabadora, intenta pasar desapercibido. Resulta algo más complicado si es rubio o si se es un árabe que no habla con acento egipcio. Lo peor es tener que usar un instrumento de trabajo visible.

Es el caso del fotógrafo colombiano Felipe Camacho, quien cubría una protesta el pasado 25 de enero cuando un ciudadano que lo vio con cámara quiso detenerlo. No pudo, pero gritó en la calle y se formó un tumulto.

Camacho cuenta que la policía lo arrestó y lo subió a un autobús, pero como la gente bloqueó el vehículo y trató de ingresar a él, entre denuncias contra Al Jazeera, los agentes “tuvieron miedo y se pusieron a pegarme” hasta que el vehículo pudo avanzar. Refiere que, una vez en el cuartel, bajo la suposición de que era un espía, lo interrogaron con violencia psicológica y física moderada. Recuerda que los que sufrían lo peor eran unos adolescentes detenidos “a los que hacían gritar de dolor” frente a él, para intimidarlo. Finalmente, la intervención de su embajada logró su liberación.

No hay tanta suerte entre el número indeterminado de periodistas egipcios que se encuentran encarcelados o en la clandestinidad. Uno de ellos es Abdullah el Shami, un reportero egipcio que sí trabaja para Al Jazeera, detenido el 14 de agosto, en el marco de la masacre de Rabaa al Adawiya. El domingo 16 cumplirá 193 días en prisión y 34 en huelga de hambre en protesta por su encarcelamiento.

“Sólo soy un chico de 25 años que estaba empezando una carrera en periodismo y esto me ha afectado mucho”, escribió El Shami en una carta publicada el 1 de febrero. “El precio que pago por mi libertad no es nada comparado con los colegas que han perdido la vida”, añadió.